
Por la claraboya que había encima de la puerta de atrás se proyectaba una sombra cada vez que apagaba la luz del pasillo.
—Son hojas de un pedazo de rama del árbol del almez que hay en la calle de arriba.
Las farolas que alumbraban la calle llevaban hasta el pasillo de la casa, tenuemente, su luz. Y en volandas hacían llegar la sombra del almez.
—Con más de cinco años que llevo aquí y aún no me había dado cuenta de este capricho de la casualidad.
Después de dejar en la cocina los platos de la cena, se detuvo justo en el límite con el pasillo y observó la sombra. Debía hacer viento, porque aquellas hojas de oscuro y sombrío gris, pintadas en el suelo, se movían agitadamente, casi con violencia. Allí se encontraba él, en la puerta de la cocina que da al pasillo, contemplando los miles de movimientos diferentes y también repetitivos de las oscuras hojas sin ser, sin entidad, sin la vida que confiere el árbol, llegadas hasta su casa por un designio, tanto del alumbrado público, también sin ser y sin vida, como de la oscuridad.
—Hay que ver el modo en el que pueden meterse en mi casa vanos seres, que ni siquiera sé si existen.
Por la mañana, después del desayuno, pasó la escoba por la casa y, al llegar al pasillo —el que lleva a la puerta de la cocina y a la de atrás—, recordó las sombras de la noche anterior. No había rastro de ellas. Parecía que se habían ido o que aquella conjunción de cosas sin ser había sido arrastrada por las tinieblas de la noche hacia su propio seno.
—Claro. Es que la luz extingue lo que no es.
Pero, acabadas de pensar esas palabras, ocurrió que, cuando el recorrido del sol había llegado a cierto punto, las volvió a introducir en su casa, esta vez con mayor claridad y definición.
—¡Vaya! Prefería las de la noche: sombras entre sombras, dudas, fantasmagoría, misterio y libertad de imaginación.
Sin apenas darse cuenta ni tener conciencia del paso del tiempo, se vio cenando, y con la cena, los platos en la cocina y él detenido en el umbral del pasillo, contemplando las hojas del almez que hoy parecían amables, como si le hablaran. Aquel hombre prestó atención, pero, ¡ah!, no había mensajes ni comunicación alguna. No obstante, permaneció atento a las sugerencias de aquel suceso sombrío.
La noche volvió a pasar, y de nuevo llegaron las sombras, cada vez más nítidas. Desde la cocina, en el mismo límite del pasillo, el hombre parecía absorto viendo el lento y dulce movimiento de las oscuras hojas. Allí, entre la puerta de la cocina y el pasillo, sin atreverse a interponerse entre los elementos que daban movimiento a aquel escenario, iba perdiendo el sentido de la realidad. Cada vez se sumergía más en las formas que la oscuridad sugería, hasta fundirse con la naturaleza del fenómeno.
De pronto recordó que era hora de acostarse, y apenas se vio en la cama pensó que tal vez ya fuera de día. Se levantó y, efectivamente, la luz traía, nuevamente, las sombras de las hojas del pedazo de rama del almez, extendiéndolas por el pasillo. Eran sombras demasiado vivas que remitían a la vida misma, a recordar que la luz y la vida son, mientras que la noche y las tinieblas no.
Entonces decidió desestimar aquel suceso. Había tomado partido: prefería la tenebrosa oscuridad nocturna. Así que esperaría la llegada de la noche. Pero la noche no llegaba y el resplandor diurno lo inquietaba. Hacía fuerza tratando inútilmente de que éste se alejara y diera paso a la oscuridad. Pero no: las cosas acontecían con o sin la participación del deseo humano. Todo sucede y el hombre nada puede hacer, excepto responder a la vida más inteligentemente, si trata de no cambiarla, porque, en realidad, no puede hacerlo.
Se desesperaba y comenzó a cobrar esperanzas cuando llegó la tarde. Pero también la tarde transitaba con demasiada parsimonia. Sin embargo, acabó pasando, y llegó la noche.
Cenó el hombre. Llevó los platos a la cocina y, a la salida, como las veces anteriores, se detuvo a ver las sombras. Era extraño. El primer día parecían mostrar violencia, pero los siguientes ganaron calma y amabilidad; en cambio, hoy le aterrorizaban, le erizaban la piel y le ponían los vellos de punta. Se mostraban amenazantes. Parecía que tenían boca y ganas de morder, de infectarle con sus bocados. Se presentía el frío de la muerte en ellas.
No se atrevía a pisar el pasillo, por temor a que sus pies fueran atrapados. Entró en la cocina, tomó la escoba y comenzó a barrerlas hacia la calle. Las sombras se resistían. Gruñían, gritaban e, incluso, pronunciaban palabras de seducción. Él seguía barriendo, pero al llegar al límite del corredor, en el umbral de la puerta, las sombras se escapaban de la escoba y volvían a entrar, a ocupar el pasillo. Pensó en las sombras del día y quiso que éstas llegaran, pero aún quedaban demasiadas horas hasta el amanecer. Así que no le quedaba más remedio que luchar contra ellas, alejándolas de la puerta de la cocina, hacia la calle.
—Mañana cortaré el árbol y de ese modo no volverán a entrar las sombras.
Aquel hombre mantuvo una lucha despiadada con las sombras, agotadora, extenuante, hasta que acabó desvanecido en el suelo.
La policía, por quinto día consecutivo, entró en el hospital pidiendo información sobre lo ocurrido. En la sala de espera donde se encontraban familiares y vecinos informaron:
—Hacía semanas que decía que le molestaban las sombras del almez que llegaban a su casa. Hace cinco días cogió la motosierra y lo cortó, con tan mala suerte que le cayó encima llevándole a este estado.
La policía se dirigió a los facultativos y preguntó sobre el estado del paciente, a lo que respondieron:
—Parecía que luchaba por su vida. Hoy, después de presentar un oscurecimiento del semblante, ha caído en la oscuridad de un coma profundo.
Allí, el hombre, en lo más hondo del coma, seguía luchando por zafarse de las sombras, pero éstas le dijeron:
—Justo es que muera quien mata.
Roque Yvars
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