
Durante años creí que mi crecimiento dependía de rodearme de las personas correctas.
Después entendí algo mucho más incómodo.
Mi crecimiento dependía de aprender de las personas incorrectas.
De las que me frustraban.
De las que me decepcionaban.
De las que no cumplían su palabra.
De las que me criticaban.
Porque cada una de ellas me mostraba algo.
No sobre ellas.
Sobre mí.
Si alguien me generaba enojo, había algo para observar.
Si alguien me generaba miedo, había algo para trabajar.
Si alguien me generaba admiración, había algo para desarrollar.
La mayoría vive mirando hacia afuera.
Los recursivos usamos lo que ocurre afuera para evolucionar adentro.
Esa es la diferencia.
Por eso cuando alguien te juzga, la pregunta no es:
«¿Quién se cree para hablar así?»
La pregunta es:
«¿Por qué esto me afecta?»
Porque ahí está el aprendizaje.
Ahí está el recurso.
Ahí está la evolución.
La vida no te envía personas para castigarte.
Te envía maestros con distintos disfraces.
Algunos llegan como oportunidades.
Otros llegan como conflictos.
Y casi siempre aprendemos más de los segundos.
Por eso hoy ya no me interesa entender por qué alguien actúa de determinada manera.
Me interesa entender qué vino a enseñarme.
Porque el día que convertís cada experiencia en aprendizaje…
dejás de ser víctima de la vida.
Y te transformás en el autor de tu próxima versión.
Un recursivo no pregunta «¿por qué me pasó?».
Pregunta: «¿para qué me pasó y qué recurso puedo descubrir en esto?»
Jorge Inda