
Uno de los mayores errores que cometen muchos jefes es creer que delegar es, simplemente, asignar tareas.
No lo es. Delegar es decirle a alguien: confío tanto en ti como en mí.
Y ahí empiezan los problemas, porque muchos jefes no delegan, no por falta de capacidad en su equipo, sino por falta de confianza en sí mismos. Temen perder control. Temen que algo se haga distinto a como lo harían ellos. Temen que, si delegan, y la persona en la que delegan lo hace bien, les robe protagonismo. Y, sin darse cuenta, terminan asfixiando al equipo con microdecisiones que tienen como único objetivo su supervivencia.
Y el problema es que, cuando un jefe convierte la no-delegación en un hábito egoísta, su equipo deja de pensar. Piden permiso para todo. Se vuelven dependientes. Y el talento que podría crecer, se encoge y la desconfianza inunda el sistema.
Y es que, delegar consiste en crear condiciones para que otros puedan crecer sin pedir permiso. Y cuando eso no ocurre, la organización lo acaba pagando en forma de mediocridad.
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