
Marisa Ayesta.- Hace unos días se marchó José Manuel Zaragoza, un buen hombre, y lo escribo sin ligereza, a conciencia. No de todos nosotros se pueden decir estas dos palabras. Siempre de buen humor, hasta cuando venían torcidas.
Amaba a su mujer, su “Ilu”, con toda el alma, y a sus hijos, que, se le notaba cuando hablaba de ellos, eran su orgullo. Amaba a su padre y a su madre, a la que le gustaba contar sus cosillas del día a día cuando la visitaba. Amaba, así, en general, porque ese pecho tan grande escondía un corazón aún más grande y nadie le era indiferente. Y a nadie dejaba indiferente. Vivía con una pasión y una energía inagotables.
Estrechaba lazos con una bondad y una simpatía desbordantes traspasando lo profesional, porque no sabía hacerlo de otra manera. Dejaba huella por donde iba, ya fuera en el MOE, en el Club Deportivo Barrio Obrero donde fue director, en la Cofradía de El Cristo «El Morenet» y la Hermandad de la Santa Cruz donde intensamente y con gran fe vivía la Semana Santa, en los políticos, autoridades, periodistas, en sus amigos y familares… Huella de la buena, de la indeleble.
Amaba a su patria, aun con sus cosas malas, hasta el punto de no importarle morir por ella y a la que servía a diario desde el Mando de Operaciones Especiales donde era uno de sus pilares y donde no me cabe la menor duda que le van a echar muchísimo de menos por su capacidad resolutiva y su versatilidad. Y por todo él. Su trayectoria al servicio de España pasa por misiones nacionales e internacionales sirviendo a los suyos, a nosotros, y defendiendo los intereses y valores de nuestro país en el exterior. Estaba orgullosísimo de lo que hacía, de su trabajo y de ser militar.
Con la APPA tenía una excelente relación. Adoraba a la presidenta, Rosalía Mayor, y fue de los que se movió para ayudar al general Almenta a proponerla como embajadora de la Marca Ejército. Daba igual lo que le pidiéramos desde la sede, si podía hacerlo, no lo dudaba y todo eran facilidades, tanto si se trataba de unos expositores como de organizarnos el protocolo de asientos en nuestra gala ‘Off The Record’ a la que le encantaba asistir.
Era la personalización del servicio, sin aspavientos, porque era lo que le gustaba hacer. Le divertía considerarse “el perraje” porque de sobra sabía lo que valía lo que hacía, lo que valía su persona y lo que valía su trabajo y despreciaba otras consideraciones humanas más superficiales. Le bastaba con sentirse bien consigo mismo, que no es poco. Y así vivió, por elección, sirviendo hasta morir.
Era un hombre religioso, de los de misa y sin complejos. Muy “capillita”, contaba, con esa capacidad de burlarse de uno mismo que solo tienen los que saben muy bien quiénes son. Decía un sacerdote que conozco que si tú vas a misa a acompañar a Jesús en su muerte, Él estará también acompañándote a ti en la tuya. Y así ha sido con José Manuel. Lo creo. Ha pasado de hablar con Dios de tú a Tú a mirarle directamente a los ojos y bañarse definitivamente en su Amor Eterno. Ese es el consuelo que nos queda a los que tenemos fe, que está con Dios. Y lo que es más, que seguirá, con esa eficiencia rápida, que todo lo abarcaba y que le caracterizaba, cuidando a su mujer y a sus hijos, y a sus amigos y compañeros, que consideraba hermanos, desde el Cielo.
Lo vamos a echar muchísimo de menos, porque siempre estaba ahí. Va a ser difícil hacerse a la idea.
Ha sido un orgullo y un honor conocerte, querido Whisper. Descansa en paz.
















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