REYES CABALLERO CONVERSA CON MAGDA EDITE: Actriz, pianista y creadora escénica en constante evolución

La conocí hace aproximadamente ocho años, a raíz de un casting en uno de mis proyectos cinematográficos en Navarra, donde pude apreciar de forma inmediata su versatilidad interpretativa, su capacidad para habitar el personaje y su solvencia para brillar con autenticidad en escena


En conversaciones con Magda durante años, principalmente a través de internet, he seguido su trayectoria, que no se explica desde la linealidad, sino desde la resistencia, la evolución y la coherencia artística. Nacida en Brasil y asentada en Granada desde 2017, su recorrido atraviesa décadas de trabajo en el ámbito audiovisual, la interpretación y las artes plásticas, consolidando un perfil que combina experiencia, formación y una constante reinvención.


Actriz formada en conservatorio, pianista clásica y creadora visual, Magda ha desarrollado una carrera sólida que abarca televisión, cine, publicidad y escena, participando en producciones de gran alcance en Brasil y España. Sin embargo, más allá del volumen de proyectos, lo relevante en su perfil es la capacidad de adaptación sin pérdida de identidad, una cualidad estratégica en un sector altamente competitivo.


En la actualidad, su posicionamiento se refuerza desde el ámbito académico, donde cursa un máster en Producción e Investigación en Arte en la Universidad de Granada, integrando práctica y pensamiento en un mismo eje creativo. Este enfoque le permite no solo ejecutar, sino también analizar y redefinir su propio lenguaje artístico.

Magda Edite no responde a un perfil convencional de intérprete. Su trabajo se sitúa en la intersección entre cuerpo, memoria y expresión, construyendo una narrativa donde la experiencia vital se convierte en materia artística.


Desde esta perspectiva, esta conversación no aborda únicamente una carrera, sino un proceso: el de una mujer que ha hecho del arte un espacio de permanencia, investigación y verdad.

CONVERSACIÓN CON MAGDA EDITE

  • ¿Quién es Magda Edite hoy, más allá de cualquier etiqueta artística?


Infancia sufrida. Soy una mujer sensible, perceptiva, consciente de mis limitaciones psíquicas. Me siento feliz por haber logrado muchos éxitos hasta mis 56 años. Tuve un hijo, soy madre y sé que lo he hecho y lo hago bien. Sé lo que es ser amada por un hombre, porque el padre de mi hijo —Luis de Luz, con quien estuve 20 años— me enseñó lo que es el amor incondicional.


Gané en la lotería una vez… no espero ganar dos. He tenido muchos hombres, amantes… he vivido lo que he querido vivir. He hecho televisión, cine, teatro, novela; he estado en portadas de revistas y en publicidad exterior más de una vez; participé en un reality show.


También he tenido problemas de salud, tanto físicos como psiquiátricos —depresión, neurosis depresiva— derivados de mi propia sensibilidad. Cirugías, procesos… todo forma parte.


Siento que he realizado muchas cosas. No me siento frustrada. Me quedan 30 o 40 años… y aún hay mucho por hacer: escribir un libro, actuar como protagonista en una película de terror… y más.


Salir de Brasil desde los 18 años era un deseo. Nunca sentí que fuera mi lugar. Una infancia triste, una familia disfuncional, la viudez, la inseguridad social… demasiados motivos. Nací para volar.

  • ¿En qué momento descubriste que el arte no era una elección, sino una necesidad vital?


Nunca tuve dudas de mi lado artístico. Siempre destaqué en actividades artísticas desde niña, en la escuela primaria. Era mi placer. Mis dones vienen de mi madre. Todo me sale con facilidad: es intuición, es algo innato.


Estudié piano desde los 8 hasta los 19 años. Después pasé casi 30 años sin pintar, porque estuve más centrada en ser modelo publicitaria, en mi hijo y en la interpretación. Dejé el piano y la pintura porque en un país del tercer mundo el arte no tiene tanto espacio.


A los 33 años entré en el conservatorio para estudiar teatro durante tres años. Soy actriz profesional con DRT.


En 2017 me trasladé a España y en 2021, tras dominar el idioma, decidí entrar en Bellas Artes desde cero, con más de 50 años, porque sentía que mi formación anterior en Brasil no había cumplido mis expectativas.


Aquí descubrí más de mí. Aprendí. Mi estilo —expresionista abstracto, a veces surrealista— se hizo más claro.


La soledad me empuja a pintar o dibujar. La prefiero antes que la vida social. Hay muchas cosas que no me interesan.

  • Tu obra tiene un componente íntimo muy fuerte. ¿Cómo transformas lo personal en un lenguaje que conecta con los demás?


Pinto por necesidad. Para exteriorizar. Hay cosas dentro de mí que necesitan materializarse, y ese es el medio.


No planifico. Y cuando lo intento, todo cambia. Dejo salir y voy componiendo, observando, negociando con formas y colores.


Nunca pinto para agradar. No acepto encargos, especialmente retratos. Pinto lo que siento.


La conexión con el otro ocurre en las exposiciones. Ahí está la magia: alguien se emociona, lodesea, lo compra.


Cuando me preguntan “¿qué significa?”, a veces me irrita… pero respondo:


No busques lógica en el arte, busca conexión. El arte no necesita explicación, solo un alma dispuesta a sentir.

  • ¿Qué papel juega la música —especialmente el piano— en tu forma de entender la
    emoción y la creación?


La música me cura. Es energía. La música erudita tiene un poder enorme, siempre para bien.


Hay piezas que me atraviesan profundamente, que me ponen la piel de punta… incluso me generan una sensación física muy intensa, sobre todo cuando no estoy medicada y estoy más perceptiva.

El silencio también es música. Lo necesito muchas horas al día. Mi oído no es un basurero.
Me agotan los ruidos innecesarios, las conversaciones vacías. Necesito silencio para descansar, para crear.


No soy una persona lineal ni estable. Mi proceso creativo nace muchas veces del silencio, donde los colores son música. A veces, si hay ruido, uso auriculares y me aíslo.

  • Has transitado por distintas disciplinas artísticas. ¿Cómo dialogan entre sí en tu proceso creativo?

Con el piano soy una reproductora, pero con una exigencia casi neurótica de perfección. Eso
me llevó a abandonarlo varias veces.


Sentí que el teatro podía unir todas las artes, pero trabajar con muchas personas me resulta
agotador. No me gustan las dinámicas sociales ni la falta de profesionalidad. Cuando veo errores, los señalo… y me retiro.


Estoy convencida de que la pintura será mi actividad de por vida. Aunque la deje por temporadas, siempre vuelvo. Quiero tener un espacio lleno de obra, un archivo de mi vida.

  • ¿Qué significa para ti la belleza dentro del arte y qué lugar ocupa en tu vida?


He estudiado mucho el concepto de belleza, pero es algo abierto. Lo que es bello para uno no lo es para otro.


En mi vida, la búsqueda de la belleza está en todo: en cómo me visto, cómo me arreglo… sí, puede ser algo narcisista, incluso exigente hasta lo patológico. Intento moderarlo.


También veo mucho los defectos, en mí y en los demás. La búsqueda de perfección no siempre me hace bien. Pero con la edad he aprendido a aceptar más.

  • Hablas de la libertad como eje esencial. ¿Cómo la defines y cómo la ejerces?


Descubrí que en el arte está la libertad. Es mi lugar.


La libertad no es caos, es tener un cauce. La creación es infinita, y ahí soy libre.


La sociedad tiene reglas, y eso es limitante. Yo evito etiquetas, caminos impuestos, estructuras rígidas.


Necesito silencio, distancia, no estar en dinámicas sociales que me condicionen.

Mi libertad es mi paz.


“Libertad es poco. Lo que deseo aún no tiene nombre.” — Clarice Lispector.

  • ¿Es la soledad un espacio necesario para tu creación?


Sin duda. La soledad es necesaria.


En el entorno universitario he tenido conflictos por mi forma de ser. No acepto ciertas formasde comunicación ni expectativas sociales.


No es rebeldía sin causa. Es fidelidad a mi esencia. No necesito validación externa.


Soy curiosa, observadora. Y para eso, necesito silencio.


Mi felicidad no depende de nadie. Disfruto de mi propia compañía.

  • ¿Qué buscas en ese movimiento constante entre países?


Vivir. No hay ninguna ley que diga que tengo que quedarme en un lugar.


Quiero hablar varios idiomas, conocer culturas, vivir experiencias. España ha sido una etapa, pero no es definitiva.


No es huida, es expansión. Estoy en un segundo florecimiento.


El hogar no es donde nací, es donde decido estar… o no estar.

  • ¿Qué representa para ti esa dimensión internacional?


No es un objetivo, es una consecuencia.


Pinto donde estoy y dejo algo allí. Mis obras son como hijos: los creo y los dejo ir.


La libertad es mi compañera.


Cada lugar aporta algo: la luz, la cultura, la mirada.


Ahora es mi momento. Reinventarme, expandirme.

  • ¿Qué te gustaría que permaneciera de ti en el futuro?


Deseo una casa, un jardín, perros, un taller donde pintar hasta morir.


Quizá el arte evolucione hacia lo digital, la inteligencia artificial… me adaptaré.


Quiero sentir que he vivido, que cumplí mi misión.


Que mi hijo sepa que fue amado… y que su madre fue una gran artista.


Cierro esta conversación con una profunda admiración y un cariño sincero hacia Magda Edite, con la sensación clara de que no se explica, se vive.

Su discurso no busca encajar ni ser comprendido desde lo convencional; nace desde un lugar profundamente honesto, a veces incómodo, pero siempre verdadero. En un contexto donde todo tiende a la forma, ella permanece en el fondo. Donde otros buscan aprobación, ella ejerce libertad. Magda no construye un personaje, es el personaje: una mujer que ha atravesado la vida sin filtros, con todas sus luces y sombras, convirtiendo cada experiencia en materia artística. Su recorrido no es lineal, es orgánico, y precisamente ahí reside su valor.


No solo ha construido una trayectoria, sino una forma de estar en el arte desde la verdad, la entrega y la belleza. Su camino inspira, su presencia deja huella y su mirada artística nos recuerda que crear es, ante todo, un acto de honestidad.


Magda proyecta su futuro con la misma coherencia que define su recorrido: seguir explorando, aprendiendo y expandiendo su libertad. Entre sus aspiraciones se encuentra vivir en Madrid durante uno o dos años, profundizar en el italiano con la mirada puesta en Roma, y continuar transitando distintos países como Londres o Estados Unidos. Un espíritu libre que no busca anclarse, sino encontrar en el movimiento su lugar en el mundo.


Su compromiso con el arte es absoluto: continuar pintando, dibujando y creando hasta el final de sus días; seguir vinculada a la música, al piano y a los conciertos, entendiendo la música clásica como una forma de sanación profunda. En ella, piezas como Bach no son solo música, sino experiencia.


Para Magda, arte y libertad son inseparables. Más allá de cualquier estructura o convención, su esencia se define desde la observación, el silencio y la conexión con su mundo interior. Y es precisamente ahí donde su creación adquiere todo su sentido.


Ha sido, sin duda, un privilegio acompañarla en este recorrido. Porque Magda Edite no está aquí para gustar, está para ser.

Fuente: Revista Digital Neü

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