La noche de las almas

Se baila al son que tocan… o puede que no, dependiendo de lo que a cada cual le plazca


Unos se dejan llevar por la corriente, mientras que otros lo hacen por su propio sentido interior.

A mi juicio, la nit d’ànimes, la Noche de las Almas, no es una fecha para la exhibición ni para la fiesta extrovertida. No hay ningún motivo que lo justifique.

Es, en cambio, un momento para recordar y vivir la presencia de quienes ya no están —los conociéramos o no—.

Sí: vivir su presencia.Una sociedad madura debería incluir, de buen grado, la conmemoración de esta parte de la existencia, porque somos fruto de los ancestros que, en un momento dado, sí que estuvieron aquí, aunque ahora no lo estén.

Ser y estar.

Y es que se es, aunque no se esté.

No obstante, quienes tenemos conciencia de sentirnos presentes los incluimos en el estado del ser, pues de ellos brotaron nuestras raíces físicas y las del alma, testimoniado por el código genético.

No reniego del presente ni del día a día en que vivo, pero me duele que se pierda nuestra tradición y que quede sustituida por un bullicio que no le corresponde.

El recogimiento se ausenta, y sin él, perdemos la magia y el misterio de esta noche, que en mi infancia aún se respiraban: sugerencias, reuniones íntimas de vecinos, conversaciones reverentes, expectantes, incluso temerosas; oraciones u otras formas de recuerdo —en suma, de abrir dulcemente el corazón—.

El ser humano también necesita eso, aunque a menudo no lo advierta, llevado por la inercia del movimiento de la vida.

Aquella actitud grave era la que alimentaba la transmisión oral de vivencias extrañas, reales o magnificadas, que circulaban de generación en generación.
Y tras el velo del cristianismo que se esforzó en reconfigurar nuestra herencia, latía la fuerza de una tradición mucho más antigua, que se remonta a la Edad del Hierro: el Samhain de los celtas, el año nuevo, el momento de la apertura de los mundos —el de los llamados vivos y el de quienes, siendo, siguen estando presentes—, el 31 de octubre.
Esa arcaica efeméride pervive aún en Galicia bajo el nombre de Samaín.

Los siglos han ido sumando experiencias, percepciones y almas a esta tradición.

Hasta que, en los años cincuenta y sesenta, ya se dejaba sentir una fragancia foránea, que después llegaría trayéndonos la seductora moda comercial del Halloween norteamericano.

La festividad sufría así su segundo maquillaje. El primero había sido el disfraz religioso que sofocó el vetusto espíritu de la unidad de todas las presencias.

Hoy, la segunda, cuyo desarrollo y hábito de consumo nos ha acercado a la tercera: la actividad comercial, la discoteca, el materialismo y, sobre todo —con gran pesar—, el olvido, o lo que es lo mismo: la desvinculación de la tradición a la que pertenecemos.

¿Qué tiene eso que ver con la Noche de las Almas?

Yo me quedo con el fragante aire de mi infancia, con las reuniones familiares, con la obra de Zorrilla —Don Juan Tenorio— como telón de fondo.

Todo está llamado a evolucionar, a menos que voluntariamente se aparte de su destino evolutivo. Pero la evolución es incluyente, mientras que la involución separa los rasgos psíquicos en los que crece el amor por la cultura y por la entidad; en una palabra: la tierra sagrada o interior que nos es común a quienes nos sentimos parte de ella.

Distanciarse de la evolución conduce, a la postre, a la pérdida del sí mismo.

Y he aquí mi contribución a nuestra cadena tradicional con una historia vivida en propia carne.

Tenía yo casi siete años. Era la Noche de las Almas.

En la sala de estar de casa estábamos mi madre, mi hermana, mi tío Pepe, algunos pocos vecinos y yo.

De pronto, mi tío se levantó y salió a la calle. Lo vi encender el mechero en la acera, buscando algo.

Mi madre, inquieta, dijo que había visto una luz llegarle al rostro.

Pepe, ateo convencido, afirmó que también la había visto, y que por eso buscaba la causa fuera, pues en algún punto debió originarse.

Días después regresó mi padre, que había estado trabajando en otra provincia.

Nos contó que esa misma noche, a esa misma hora, la correa de trasmisión de una máquina se había roto y le había golpeado la cabeza.

Lo hospitalizaron con un pronóstico inicial grave, y pidió que no informaran a mi madre hasta estar fuera de peligro.

Entonces comprendimos —o quisimos comprender— el sentido de aquella luz misteriosa.

No era el mundo de los presentes —no los llamaré muertos, porque no es esa su condición—, o quizá sí lo fuera… Pero, sin duda, tenía implicaciones psíquicas profundas, de aquellas que atraviesan la razón y se convierten en anillas de la tradición.

Roque Yvars