
No fue valentía.
Fue agotamiento.
De fingir sonrisas, de sostener estructuras,
de pertenecer a un mundo que a cambio me pedía mi alma.
Recuerdo ese día.
El reloj marcaba la hora de siempre,
pero el tiempo no.
Había algo distinto en el aire,
como si la vida me susurrara:
“o te elegís, o te apagas.”
Entonces no renuncié a un trabajo.
Renuncié al personaje.
A la versión de mí que sabía cumplir,
pero había olvidado sentir.
Y sí, tuve miedo.
Miedo a perder seguridad, prestigio, mirada ajena.
Hasta que entendí que nada de eso era mío.
Lo único realmente mío
era la paz que sentía cuando elegía con el alma.
Ese día no cambié de rumbo.
Me recordé.
Y volví a casa.
Desde entonces aprendí que
el éxito no es llegar lejos,
es llegar entero.
Cuando la vida te pida una decisión,
no elijas lo que te dé miedo perder.
Elegí lo que no podés dejar de ser.Activar para ver una imagen más grande.
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