
“La paz no llega cuando se apagan las armas, sino cuando una sociedad decide que la violencia nunca volverá a ser un lenguaje posible.”

Durante más de medio siglo, España convivió con una violencia que dejó una huella profunda en la sociedad y en la historia reciente del país. Comprender cómo terminó ETA no es únicamente un ejercicio político o histórico: es también una reflexión sobre la memoria, la responsabilidad colectiva y la capacidad de una democracia para cerrar una de sus etapas más oscuras.
En España hubo un sonido que se instaló en la conciencia colectiva: el eco seco de la violencia política. Un sonido que no siempre se escuchaba, pero que todos sabían que podía volver en cualquier momento. Ese sonido tenía un nombre: ETA.
La historia de ETA no es solamente la historia de una organización armada. Es también la historia de un país que tuvo que aprender, lentamente, a convivir con el miedo y a buscar una salida a una herida profunda.
Durante más de medio siglo, España vivió bajo la sombra de un conflicto que mezclaba identidad, política, violencia y memoria. Desde su nacimiento en 1959, en el contexto de la dictadura franquista, ETA se presentó como una organización que luchaba por la independencia del País Vasco. Con el tiempo, esa aspiración política se transformó en una estrategia de violencia sistemática.Bombas en calles, coches explotando en ciudades, amenazas, secuestros, extorsión económica.
La vida cotidiana de miles de personas quedó marcada por esa realidad.
Entre 1968 y 2010, ETA asesinó a más de 850 personas. Policías, guardias civiles, militares, políticos, jueces, periodistas y también ciudadanos anónimos. La violencia no distinguía biografías ni destinos.
Pero los años fueron cambiando el paisaje.
La democracia española se consolidó, las instituciones se fortalecieron y la sociedad comenzó a reaccionar. El asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco en 1997 provocó una movilización cívica sin precedentes. Millones de personas salieron a la calle para decir algo que parecía sencillo, pero que durante años había costado pronunciar con claridad: basta.
Ese momento marcó un punto de inflexión.
A partir de entonces, la organización comenzó a perder terreno. Las operaciones policiales y la cooperación entre España y Francia desmantelaron sus estructuras. Sus dirigentes eran detenidos uno tras otro. Su capacidad operativa se reducía cada año.
Pero el final de ETA no fue únicamente el resultado de la acción policial. También fue consecuencia de un proceso político complejo.
En 2006, el gobierno socialista presidido por José Luis Rodríguez Zapatero intentó abrir una vía de diálogo tras un alto el fuego declarado por la organización. Aquella negociación buscaba explorar un cierre definitivo del conflicto si ETA abandonaba de manera irreversible la violencia.
El proceso fracasó tras el atentado en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, que rompió la confianza y dejó claro que el camino sería todavía largo.
Sin embargo, el desgaste de la organización ya era irreversible.
Años de presión policial, aislamiento político, rechazo social y fracturas internas fueron debilitando a ETA hasta dejarla prácticamente sin capacidad operativa.Incluso dentro del propio mundo abertzale comenzaron a surgir voces que defendían el abandono definitivo de la lucha armada.
Finalmente, el 20 de octubre de 2011, ETA anunció algo que durante décadas parecía imposible: el cese definitivo de la violencia armada.
- No hubo explosiones ni celebraciones estridentes.
- Hubo, sobre todo, un silencio extraño.
- El silencio de las bombas que ya no estallan.
- El silencio de las amenazas que desaparecen.
- El silencio de una sociedad que, por primera vez en muchos años, podía respirar sin
miedo. - El proceso culminó en 2018, cuando la organización anunció su disolución
definitiva.
Con ese gesto terminó oficialmente una de las etapas más dolorosas de la historia reciente de España.
Pero el final de ETA no significa el final de la memoria.
Las más de 850 víctimas forman parte de la conciencia moral del país. Sus nombres recuerdan que la violencia política nunca puede convertirse en una herramienta legítima de ningún proyecto.
Hoy el País Vasco vive una realidad profundamente distinta a la de hace treinta o cuarenta años. Las generaciones jóvenes han crecido sin aquel sonido que marcó durante décadas la vida de sus padres.
Tal vez esa sea la verdadera victoria de una sociedad democrática: no la imposición de una verdad única, sino la capacidad de cerrar la violencia sin renunciar a la memoria.
Porque el silencio que llegó después de ETA no es olvido.
Es, en realidad, el comienzo de una conversación más profunda sobre convivencia, responsabilidad y futuro.
“Las armas callaron, pero la memoria permanece: porque una democracia se mide también por su capacidad de recordar a quienes la violencia quiso borrar.”
Reyes Caballero
Fuente: Revista Digital Neü