Samos. Lugo. Hoy

Elena era una «Abuela Universal». Mujer de hierro y alma. Corazón, ternura y vitalidad. Desde que la conocí, hace más de 30 años, he sentido al verla un abrazo permanente. El recuerdo de Amalia y Ana, mis abuelas

Elena madrugaba, para bordarse una sonrisa en la cara. Tenía su alma en su armario, pero siempre repartía serenidad y esperanza. Me queda la sensación consoladora de haberla visto hace muy poco y, de alguna forma, habernos despedido sin saberlo pero felices y contentos por volver a encontrarnos. Consuelo débil, pero guardo cálido y lo noto ahora, el último abrazo.

El comedor de «A Pontenova» siempre es un lugar entrañable…Maito, Rosa, Iría, antes Marquitos, pero cuando Elena aparecía y dejaba a cada uno un gesto, un consejo, una caricia…entonces sentías que estabas como en tu casa.

Han sido muchos años y ahora lo único que tengo es un nudo en la garganta y un agradecimiento eterno.

Gracias Elena. Si lo que me decía mi madre es cierto, nos veremos. Si es sólo lo que yo creo, gracias de corazón. He sido muy afortunado porque me has dado mucho cariño, muchos consejos y mucha alegría. Voy a guardar siempre una memoria de cosas imposibles de explicar con palabras. Gracias de corazón querida Elena