
Jordi Alemany.- Antes, el tiempo era nuestro. Lo sentíamos, lo saboreábamos, lo compartíamos sin la ansiedad de optimizar cada minuto.
Hubo un tiempo en el que vivíamos sin prisa. No porque no tuviéramos nada que hacer, sino porque el tiempo no era un enemigo al que debíamos vencer.
Las tardes se alargaban en la calle, entre bicicletas y porterías improvisadas con mochilas. No había que ser productivo todo el tiempo. La felicidad era sentarse en un bordillo, o en cualquier banco del parque de tu barrio a hablar de la vida, o esperar la llamada de esa chica o chico que te gustaba, pero sin desesperar, y si finalmente le «pedías salir» y aceptaba, cuando llegaba el verano comenzabais a escribiros cartas que tardaban semanas en llegar. Hacía falta tocar al timbre del portal de un amigo para saber si podía salir. No había doble check, pero tampoco dudas: si te decía que venía, venía.
Los momentos no se capturaban con filtros, se guardaban en nuestra propia memoria. Te sabías de memoria más de 20, o incluso 30 teléfonos de familiares y amigos. Las fotos eran pocas, pero reveladas con expectación días después, con la emoción de no saber qué encontraríamos en ellas. Y aunque algunas salieran movidas, eran perfectas, porque eran reales.
Los cassettes tenían banda sonora de nuestra vida, con canciones grabadas de la radio, esperando el momento exacto para pulsar “Rec” sin que el locutor hablara de más. Rebobinábamos con un boli Bic y aprendimos a tener paciencia porque el mundo no se movía a la velocidad de un clic.
Nos aburríamos. Y en ese aburrimiento nacía la creatividad. Inventábamos juegos, historias, planes sin algoritmo de por medio. La vida no era perfecta, pero tenía matices, texturas, silencios.
Hoy, todo es inmediato. Y, paradójicamente, nada nos llena. Tenemos el mundo en un bolsillo, pero sentimos que nos falta algo. Todo está al alcance de un clic, pero seguimos buscando la felicidad sin descanso.
Nos hemos acostumbrado a la prisa. A las notificaciones constantes. Nos hemos hecho adictos a la gratificación instantánea. A la obligación de estar siempre disponibles, siempre conectados, siempre “haciendo algo”.
La pregunta es… ¿haciendo qué?
No digo que lo de antes fuera mejor ni peor. Pero siento que era muy distinto. Más lento. Más humano.
Antes éramos ricos… y no lo sabíamos.
Dime, si pudieras recuperar algo de aquellos tiempos, ¿qué sería?
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