
Llega un día en el que abrimos los ojos y observamos a nuestro alrededor. De pronto, descubrimos que ya no nos integran en determinados grupos, que han dejado de contar con nosotros y nos sentimos abandonados, rechazados. Entonces aparecen las preguntas: ¿Qué habré hecho yo? ¿Por qué ya no me incluyen en sus planes?
Comenzamos a sentirnos responsables. Revisamos nuestras actitudes, nuestras decisiones, nuestros gustos, aquello que nos atrae y aquello que hemos elegido dejar atrás. Aquellos grupos en los que antes sentíamos que éramos importantes, donde nuestra presencia parecía imprescindible, ya no cuentan con nosotros.
Y duele.
Pero, poco a poco, ante ese dolor, comenzamos a reconstruir nuestra vida. Volvemos a nuestra esencia, a nuestra verdad, a nuestro propio reconocimiento y a nuestra valía, comprendiendo que no necesitamos la aprobación de los demás para saber quiénes somos.
Algunas personas contarán con muchos recursos y otras apenas tendrán apoyos. Pero todas podemos hacernos una pregunta: ¿Qué significa realmente ser estigmatizado? ¿Y qué valoramos como sociedad cuando decidimos mirar a alguien de una determinada manera?
Vivimos en un mundo en el que preguntarnos por el sentido de la vida puede parecer extraño. A veces sentimos que debemos seguir determinados patrones, cumplir ciertas expectativas y encajar en modelos que otros consideran adecuados. Cuando pensamos diferente, cuando nuestras elecciones no coinciden con las de los demás o cuando simplemente dejamos de responder a aquello que se espera de nosotros, podemos sentirnos apartados, juzgados o excluidos.
Y con los años, quizá esa sensación se hace más presente. La edad, los cambios, las circunstancias de la vida o simplemente el hecho de no cumplir determinados requisitos que nuestra sociedad parece idolatrar, pueden hacernos sentir invisibles.
Pero quizá ha llegado el momento de mirar las cosas desde otra perspectiva.
No podemos vivir pendientes de lo que los demás piensen o sientan acerca de nosotros. Nuestra misión es agarrar con fuerza y con amor nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma, y adentrarnos en ese lugar auténtico que todos llevamos dentro: nuestro mundo interior.
Un lugar con olor a hogar.
Un espacio donde siempre somos bienvenidos. Donde existe la honestidad y la sinceridad. Donde podemos ser nosotros mismos y donde se respeta a cada persona por lo que es, no por lo que tiene, por su edad, por sus decisiones o por aquello que los demás esperan de ella.
Allí descansan nuestras tristezas y nuestras alegrías. Allí aprendemos a escucharnos y podemos volver a encontrarnos.
Y entonces aparecen también las pequeñas maravillas de cada día…
Una persona disfrutando de la orilla del mar. Unos niños y niñas jugando con sus colchonetas y riendo a carcajadas. Las olas rompiendo suavemente sobre la arena. La brisa acariciando nuestro rostro. Un cielo azul y despejado.
Son instantes sencillos, pero tienen un valor enorme.
Nunca deberíamos olvidar que vivir intensamente el presente también significa aprender a disfrutar de esas pequeñas cosas que nos recuerdan que estamos vivos. Estemos acompañados o estemos solos, siempre podemos detenernos, mirar a nuestro alrededor y descubrir alguna belleza que nos devuelva la esperanza.
A veces necesitamos aparcar durante un tiempo aquello que nos preocupa e invertir en nosotros mismos. Estar con nosotros. Cuidarnos. Escuchar nuestro latido.
Porque detenernos también es necesario.
Permitirse estar a solas con uno mismo, conocerse y contemplarse con absoluta sinceridad es un acto de valentía. Una persona no debería huir eternamente de sí misma, porque tarde o temprano todos nos encontramos cara a cara con nuestros miedos, nuestras incertidumbres y nuestras preguntas.
Y quizá sea precisamente entonces cuando comienza algo nuevo.
Lentamente llegarán respuestas, nuevas perspectivas y aprendizajes que nos ayudarán a seguir adelante. No se trata de tener una vida perfecta, sino de aprender a vivirla con mayor comprensión, con más amor hacia nosotros mismos y, también, hacia los demás.
Porque quizá, al final, la verdadera victoria frente al estigma no sea conseguir que todos nos acepten.
Quizá sea aprender a aceptarnos nosotros.
Y recordar que la bondad, la comprensión y el respeto siempre estarán por encima de cualquier etiqueta.
Muchas gracias y feliz lectura.
Deborah Newton Torrubia








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