Querer también es dejar ir

QUERER TAMBIÉN ES DEJAR IR 

¿Qué nos ocurre cuando, de pronto, surgen discrepancias con amistades, familiares, compañeros de trabajo o simplemente con personas que han formado parte de nuestra vida?

Muchas veces nos alejamos o se alejan de nosotros. Las conversaciones se vuelven escasas, la complicidad desaparece y la distancia acaba instalándose sin apenas darnos cuenta. Entonces nos preguntamos: ¿Dónde ha quedado toda la energía compartida? ¿Qué fue de las horas vividas, de las confidencias, de los momentos que parecían imborrables?

Ya no somos los mismos y tampoco sentimos lo mismo hacia esas personas. ¿Debemos cuestionarnos por ello? Es normal que duela. Sin embargo, con el tiempo comprendemos que no todas las relaciones están destinadas a acompañarnos para siempre. Algunas llegan para enseñarnos, otras para sostenernos durante una etapa y otras, sencillamente, para recordarnos quiénes somos.

Las relaciones no deberían forzarse; necesitan fluir con naturalidad. Y cuando dejan de hacerlo, quizás el mayor acto de amor sea permitir que cada uno continúe su camino. Aunque permanezcamos un tiempo recordando a quienes quisimos y que, en su momento, nos regalaron sabiduría, luz o una sonrisa en los días difíciles.

Dejar marchar también es un gesto de generosidad. Es devolver al otro su espacio y su libertad, deseando de corazón que encuentre aquello que busca, aunque exista la incertidumbre de no volver a saber de él. Cada persona que pasa por nuestra vida deja una pequeña chispa: unas nos regalan certezas y otras saludables contradicciones que nos ayudan a crecer y a mirar el mundo desde otra perspectiva.

Todos embarcamos en rumbos diferentes. Sin embargo, esos mismos rumbos nos conducen a nuevos encuentros, a personas que amplían nuestros horizontes y nos enseñan que siempre es posible cambiar de dirección. Y cuando el horizonte se ensancha, un nuevo sol está dispuesto a amanecer. Lo mejor, muchas veces, aún está por llegar.

Cada amistad, cada compañero, cada familiar y cada persona conocida ha contribuido, de un modo u otro, a construir lo que hoy somos. Puede que algunas experiencias nos hayan resultado agradables y otras no tanto, pero todas nos han dejado un aprendizaje.

Por eso, cuando llegue el momento de distanciarse de alguien, siempre podremos elegir hacerlo desde el respeto, la gratitud y la consideración. Porque cuidar nuestra paz y respetar el camino del otro también es una forma de querer. Y quizás la verdadera felicidad consista en saber agradecer a quienes caminaron a nuestro lado, aunque sus huellas continúen en una dirección distinta a la nuestra.

Muchas gracias y feliz lectura

Deborah Newton Torrubia

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