
Las mujeres no solo participan en la cultura: la sostienen, la expanden, la encarnan.
Recuerdo el Ateneo antes de comprenderlo.
Era una niña cuando crucé por primera vez sus puertas, de la mano de mis padres o de mis tíos, ya que hubo temporadas en las que vivía con ellos en Madrid. No sabía exactamente qué significaba aquel lugar, pero sentía que allí ocurría algo importante. No era un espacio cualquiera. Había un silencio distinto, un murmullo contenido, una densidad en el aire que no se explicaba, pero se percibía.
El Ateneo de Madrid no se imponía. Se insinuaba.
Recordaba de niña las majestuosas escaleras, los pasillos, la solemnidad de las salas. Recuerdos lejanos de observar a los adultos hablar con una intensidad que me fascinaba. Yo no entendía las palabras, pero intuía el peso de lo que allí se decía. Era como si cada conversación perteneciera a algo mayor que quienes la pronunciaban.
Con el tiempo, ese lugar dejó de ser un misterio para convertirse en refugio.
Volví siendo ya mujer. Y volví con preguntas, con inquietudes, con una necesidad profunda de entender el mundo desde la cultura. Y en ese tránsito hubo encuentros que marcaron mi camino.
Conversaciones con Luis García Berlanga que no fueron solo diálogos, sino verdaderas aperturas. De su mano recibí una Mención de Honor en el V Concurso de Trabajos Periodísticos sobre el Zapato Femenino, en el año 2003, por mi artículo “El manipulador, manipulado”. Aquel reconocimiento, otorgado en el marco de la Fundación del Museo del Calzado, no fue únicamente un premio: fue una legitimación silenciosa, una señal de que mi mirada tenía un lugar.
Recuerdo ese momento no como un logro aislado, sino como una confirmación. Berlanga no solo avalaba un texto, abría una puerta. Su presencia, su pensamiento, su manera de entender la creación, me situaban en una línea donde la literatura y, más tarde, el cine, dejaban de ser aspiración para convertirse en territorio.
Fueron momentos donde la palabra adquiría cuerpo, donde la narrativa se hacía imagen, donde la mirada se volvía herramienta. Todo ocurría con una naturalidad luminosa, como si cada conversación contuviera una enseñanza no explícita, pero profundamente transformadora.
Aquella mención de honor no fue un punto de llegada. Fue un punto de inflexión.
Porque en ese reconocimiento se condensaba algo más que un premio: se activaba una conciencia. La de formar parte de una tradición cultural exigente, crítica, libre. La de entender que la creación no es un acto individual, sino un diálogo continuo con quienes han pensado antes.
El Ateneo dejó de ser memoria para convertirse en presente. Y después, en escenario.
Hubo un momento en el que fui protagonista, y el Ateneo se convirtió en el escenario de una de mis sesiones fotográficas eróticas, en su biblioteca, suntuosa y aristocrática. Apenas conservo recuerdos nítidos de aquella sesión; probablemente se realizó sin autorización. Sin embargo, las imágenes permanecen: poderosas, bellas, inéditas. Como un gesto íntimo de diálogo con el espacio, con su historia, con su carga simbólica.
Presentar allí mi libro Reina de Reyes en 2023 no fue un acto más. Fue cerrar un círculo invisible. Volver al lugar donde, sin saberlo, había comenzado a formarse una parte esencial de mi identidad. Sentir que aquellas paredes que me habían observado de niña ahora acogían mi propia voz.
Pero es ahora, en 2026, cuando me hago la verdadera pregunta. Y entonces lo entiendo: mi historia no empezaba en mí. Venía de ellas.
Entre tantos nombres ilustres, entre tanta erudición, algo empezó a incomodarme. Una ausencia. Un vacío difícil de justificar. ¿Dónde estaban las mujeres? ¿Quiénes habían sido? ¿Qué lugar habían ocupado realmente en ese espacio que tanto había significado para la cultura española?
Y entonces comenzó la búsqueda.
Una búsqueda que no era solo histórica, sino íntima. Porque al indagar en aquellas mujeres, en sus vidas, en su presencia en lugares como el Ateneo, entendí que no estaba mirando hacia el pasado, sino hacia el origen de muchas de las libertades que hoy habitamos.
Mujeres que no solo estuvieron.
Mujeres que sostuvieron.
Mujeres que pensaron, organizaron, enseñaron, cuidaron… y transformaron.
Y fue ahí, en ese cruce entre memoria personal e historia colectiva, donde el Ateneo dejó de ser únicamente un lugar.
Se convirtió en una revelación.
Madrid, 1937. La ciudad resiste mientras el ruido de la guerra intenta imponerse como único lenguaje. Y, sin embargo, en los salones del Ateneo de Madrid, en las Casas del Pueblo, en escuelas improvisadas, en centros obreros y en espacios como la Residencia de Señoritas o el Lyceum Club Femenino, ocurre algo que no puede bombardearse: la construcción de una conciencia.
Allí están ellas.
No como acompañantes, sino como protagonistas de una transformación silenciosa. Mujeres jóvenes que han comprendido que la cultura no es un lujo, sino una herramienta de emancipación. Que alfabetizar, organizar, cuidar, debatir y crear comunidad es también una forma de combatir.
Se las llamará después “mujeres rojas”. Pero antes de ser etiquetadas, fueron estructura.
Tejieron redes donde no las había. Sostuvieron barrios enteros cuando el Estado se descomponía. Llevaron libros a manos que nunca habían leído. Enseñaron a escribir a mujeres que por primera vez podían nombrarse a sí mismas. Organizaron talleres, encuentros, espacios de diálogo. Acompañaron a madres, a viudas, a niñas. Construyeron comunidad en medio del miedo.
No eran figuras visibles en los grandes discursos, pero sin ellas no habría habido discurso posible.
En ese tejido estaban también quienes hoy conocemos como las Trece Rosas. No como símbolo aún, sino como vida en marcha.
Sus nombres y apellidos siguen siendo una forma de presencia:
- Adelina García Casillas
- Julia Conesa Conesa
- Blanca Brisac Vázquez
- Carmen Barrero Aguado
- Virtudes González García
- Ana López Gallego
- Dionisia Manzanero Salas
- Luisa Rodríguez de la Fuente
- Martina Barroso García
- Victoria Muñoz García
- Elena Gil Olmedo
- Olga Ramos Sanguino
- Pilar Bueno Ibáñez
Tenían nombres, tenían proyectos, tenían futuro.
Y tenían una labor.
Porque no solo estaban vinculadas a estructuras políticas juveniles; estaban insertas en un ecosistema cultural y social donde la mujer empezaba, por fin, a ocupar espacio propio.
Se movían en:
- Casas del Pueblo, donde se impartían clases, se organizaban debates y se
alfabetizaba a mujeres trabajadoras - Centros culturales y bibliotecas populares
- Redes de apoyo sanitario y alimentario
- Agrupaciones juveniles y femeninas
- Talleres de formación y espacios de discusión sobre derechos, educación y
autonomía
Allí se hablaba de algo que hoy parece evidente, pero entonces era revolucionario: la mujer como sujeto libre, con pensamiento propio y capacidad de decisión. No redactaban tratados teóricos, pero practicaban la igualdad cada día.
Esa fue su verdadera conquista. Transformaron lo cotidiano en político. Convirtieron el cuidado en estructura social. Abrieron grietas en un sistema que las quería invisibles. Demostraron que la cultura podía salir de las élites y convertirse en herramienta colectiva. Y lo hicieron sin ruido. Sin protagonismo. Sin saber siquiera que estaban escribiendo historia.
Después vino la represión. La detención. El señalamiento. El juicio sin defensa real. Y finalmente, la ejecución.
Hay algo que no puede quedar fuera de este relato. La represión contra estas mujeres no fue solo política. Fue profundamente simbólica. Fue un castigo dirigido al cuerpo, a la identidad, a lo que representaban.
A muchas de las llamadas “mujeres rojas” se les rapaba el pelo. No era un gesto arbitrario: era la eliminación visible de su feminidad, de su dignidad, de su presencia pública. Era marcar, señalar, convertirlas en ejemplo.
Se les administraba aceite de ricino, forzándolas a la humillación de la defecación pública. No era un castigo físico únicamente. Era un acto de deshumanización.
De exposición. De control. Se las acusaba de ser republicanas. De ser maestras. De pensar. Y al escribir esto, no puedo evitar reconocerme en ellas. Siempre me he sentido una mujer republicana.
La violencia que ejerció el régimen Franquista no fue neutra. Fue una violencia sexuada. Dirigida específicamente contra mujeres que habían ocupado espacios de autonomía, de cultura, de palabra.
Porque controlar el cuerpo de la mujer era controlar el relato. Y controlar el relato era controlar el país. Lo que se intentó no fue solo silenciar una ideología.
Fue borrar un modelo de mujer.
Pero incluso ahí, en la humillación pública, en la violencia ejercida como espectáculo, hay algo que no pudieron destruir: la conciencia que ya había sido despertada.
Pero reducirlas a ese final sería traicionar lo que fueron. Porque antes de morir, vivieron con una intensidad política, cultural y humana que sigue interpelando.
El intento fue claro: borrar. Borrar sus nombres. Borrar sus ideas. Borrar la posibilidad de que otras mujeres siguieran ese camino. Y, sin embargo, no lo consiguieron. Porque lo que dejaron no fue solo memoria. Fue estructura. Fue ejemplo. Fue una forma de estar en el mundo.
Hoy, cuando volvemos a aquellos salones del Ateneo, ya no vemos solo un edificio. Vemos una red que sigue latiendo. Vemos a mujeres que, sin saberlo, cambiaron el lugar de todas.
Estas mujeres no solo participaron en la cultura. La sostuvieron. La expandieron. La encarnaron. Y gracias a ellas, la historia ya no pudo volver a ser la misma.
El camino que hoy seguimos transitando, a veces sin ser conscientes de su origen. Sus voces, silenciadas durante décadas, resurgen hoy en otras voces. Sus actos, aparentemente invisibles, se reconocen ahora como estructura. Su legado ya no es memoria aislada: es continuidad.
El pasado no ha terminado. Se ha convertido en presente. Y este es el mío. Y el de todas las mujeres que seguimos luchando.
Fuente: Revista Digital Neü