Nadie te lo dice, pero crecer tiene un precio

Nadie te lo dice,
pero crecer tiene un precio.

Y no es el esfuerzo.
No es el tiempo.
No es el miedo.

Es la soledad.

Porque cuando empezás a evolucionar,

incomodás.

Incomodás a quienes te querían predecible.
A quienes necesitaban que no cambies demasiado.
A quienes se sentían tranquilos
mientras vos jugabas en pequeño.

Entonces aparecen las frases:

“Estás distinto.”
“Antes no eras así.”
“Cambiaste.”

Y tienen razón.

Cambiaste.

Porque seguir siendo el mismo
cuando tu vida te pide expansión,

no es lealtad.

Es autoabandono.

Pero lo verdaderamente incómodo es esto:

Muchos no extrañan a tu “vieja versión”.

Extrañan la versión tuya
que no los confrontaba con su propia mediocridad.

La versión que no les recordaba
sus sueños postergados,
sus excusas elegantes,
sus miedos maquillados de lógica.

Crecer rompe vínculos.

No porque te volviste arrogante.

Sino porque dejaste de encoger tu luz
para que otros no se sientan incómodos en la sombra.

Y ahí entendés algo que lo cambia todo:

No estás perdiendo personas.

Estás perdiendo compatibilidad
con vidas que ya no son tu destino.

Evolucionar no siempre se siente bien.

Pero quedarse pequeño
siempre termina doliendo más.

Si esto te incomodó, perfecto.
La expansión nunca fue cómoda.

Jorge Inda