
Ante el actual brote de peste porcina africana, una de las estrategias que está cogiendo fuerza es la de dar caza a los jabalíes. Son muchas las comunidades autónomas que incluso ya están premiando económicamente por cada jabalí muerto. Pero el jabalí es víctima, no el culpable. Una vez más, como en tantas otras cosas, se quiere eliminar al mensajero y no la causa del problema. Y todo se hace con un único objetivo: salvar a la destructiva industria del porcino y a sus horripilantes macrogranjas.
Según expertos en materia de sanidad animal, el 99% de las veces somos los seres humanos quienes transmitimos este tipo de virus entre las explotaciones. Estas fábricas de carne son casi búnkeres donde los animales malviven para ser engordados lo más rápido posible, al menor coste económico y a la mayor escala posible. Es casi imposible que un jabalí entre en contacto con los pobres cerdos que casi no ven la luz del día. ¿Por qué entonces dar caza a los jabalíes de forma indiscriminada?
Esta medida puede ser incluso contraproducente. Los animales ante la amenaza huyen y pueden llevar el virus a otros sitios y la manipulación inadecuada por un cazador de un jabalí abatido puede incluso ser la puerta de entrada del virus a las explotaciones comerciales.
Y, ¿por qué y para qué darles caza en territorios donde no está el virus? Puede que la cabaña de jabalíes sea excesiva (por el desequilibrio que hemos originado los humanos en los ecosistemas, por ejemplo, aniquilando al lobo, un depredador con devoción por los jabalíes) y se tenga que controlar su población pero, ¿se abre la veda antes de tener un buen censo? ¿No hay formas más éticas de controlar una sobrepoblación de animales salvajes y autóctonos? ¿No es también excesiva la cabaña de cerdos en intensivo en España? ¿Por qué nadie habla de esto?
El verdadero problema porcino son las macrogranjas. Esta industria contribuye de forma inequívoca al cambio climático, a la depredación del agua —de forma directa e indirecta— y su contaminación por nitratos, antibióticos y otras sustancias peligrosas, a la contaminación del aire, al cambio de los usos del suelo y la deforestación en otros países, al riesgo sanitario —por la aparición de zoonosis y por la aparición de superbacterias, debido al uso masivo de antibióticos—, así como a muchos conflictos sociales que están ocurriendo en los ya devastados pueblos de España. Y, por supuesto, a un atroz sufrimiento animal.
Fuente: Greenpeace
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