
No aparece en un retiro.
Ni en un video inspirador.
Aparece cuando te mirás al espejo y no reconocés al que ves.
Cuando te cansás de fingir entusiasmo.
De cumplir expectativas que ya no te pertenecen.
De llamar “seguridad” a lo que, en el fondo, es miedo.
El propósito no llega con aplausos.
Llega con silencio.
Con vacío.
Con esa incomodidad que te obliga a elegir entre seguir dormido o despertar de una vez por todas.
No está en cambiar de trabajo, ni de ciudad, ni de pareja.
Está en cambiar de verdad.
El día que te animás a ser quien sos, el universo te aplaude en silencio.
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