HAY UN INSTANTE EN LA VIDA QUE NO SE CUENTA.
SE SOBREVIVE

El mío ocurrió una mañana gris.
No había tormenta.
No había caos.
No había nada… y ese fue el problema.
Caminé hacia el edificio donde “tenía éxito”.
El mismo edificio donde aplaudían mi nombre,
donde entregaba resultados,
donde era “alguien”.
Pero ese día sentí algo que nunca había sentido:
la puerta giratoria giraba… y yo no.
Era como si el mundo avanzara
y yo estuviera clavado en un personaje que ya no me representaba.
Me quedé parado en la vereda.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Y ahí pasó:
me cayó encima la vida que estaba evitando mirar.
No era cansancio.
No era estrés.
No era incertidumbre.
Era una verdad brutal:
si seguía un año más ahí adentro, perdía para siempre la oportunidad de convertirme en quien realmente era.
Ese día no renuncié a un trabajo.
Renuncié a mi silencio.
Renuncié a mi miedo.
Renuncié a la versión que la empresa amaba
y elegí la versión que yo necesitaba.
Y te voy a decir algo que nadie se anima a admitir:
No es el trabajo lo que te rompe.
Es la incoherencia.
No es la presión.
Es el precio de sostener una vida que ya no coincide con tu alma.
Cuando entendés eso, hay dos caminos:
repetirte…
o reinventarte.
Yo elegí lo segundo.
Y por eso hoy mi voz, mi nombre y mi mensaje llegan donde llegan
sin haberlo buscado:
porque la vida siempre responde a quienes se animan a escucharse primero.
Ese día, a los 42… dejé de ser un personaje.
Y empecé a ser una fuerza.
Jorge Inda
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