Nadie te va a decir esto de frente, así que lo hago yo

Nadie te va a decir esto de frente, así que lo hago yo.

No estás mal.
No estás perdido.
No estás roto.

Estás anestesiado.

Te levantás, cumplís, resolvés, sostenés, decidís, firmás, avanzás.
Todo funciona.
Demasiado bien.

Tan bien…
que ya no sentís nada.

Y eso es lo más peligroso.

Porque cuando alguien está triste, se nota.
Cuando alguien está en crisis, se ve.
Cuando alguien está roto, pide ayuda.

Pero cuando alguien está anestesiado…
nadie sospecha nada.

Ni siquiera vos.

Seguís adelante por inercia.
Sonreís cuando corresponde.
Decís “todo bien” con una naturalidad perfecta.
Te acostumbraste a ese vacío elegante que no hace ruido.

Y un día pasa lo inevitable:

Lográs algo importante…
y no te pasa nada.

Ahí empieza el verdadero problema.

Porque cuando el logro no te mueve,
ya no es un problema de metas.
Es un problema de alma.

Yo estuve ahí.

No me sentía mal.
Eso era lo aterrador.
Me sentía… normal.

Normalmente vacío.
Normalmente cansado.
Normalmente desconectado.

Y entendí algo brutal:

👉 Hay gente que no está viviendo…
👉 está sobreviviendo con buen perfil.

Ese día supe que podía seguir así toda la vida.
Cumpliendo.
Funcionando.
Sin hacer ruido.

O podía romper lo único que realmente estaba intacto:
la imagen de mí mismo.

Elegí romperla.

Y duele.

Duele admitir que la vida que construiste con orgullo
ya no te representa.

Duele aceptar que no estás huyendo del fracaso…
estás huyendo de una jaula dorada.

Duele descubrir que no te falta éxito…
te falta verdad.

Si este texto te da bronca, genial.
Si te incomoda, mejor.
Si te dan ganas de cerrarlo rápido, perfecto.

Porque entonces no te tocó el texto.

Te tocó algo adentro.

Y eso, cuando pasa,
ya no se puede desleer.

Jorge Inda