
Hay un instante —uno solo— donde dejás de ser funcional
y empezás a ser inevitable.
Ese instante llega cuando te mirás al espejo
y no te reconocés…
pero tampoco te mentís.
A mí me pasó.
No fue un día glorioso.
Fue un día gris.
Un día común donde me di cuenta de algo devastador:
No me había traicionado el mundo.
Me había traicionado yo.
Me había traicionado cada vez que dije “sí” queriendo decir “no”.
Cada vez que acepté menos porque tenía miedo a más.
Cada vez que sostuve una vida que ya había vencido.
Y ahí entendí la verdad prohibida de estos tiempos:
La gente no fracasa por falta de talento.
Fracasa por falta de honestidad consigo misma.
Tres principios que separan a los que lideran de los que sobreviven:
1. Coherencia: si tu voz interna te incomoda, es tu maestro hablando.
2. Coraje: si no te da miedo, no es crecimiento.
3. Destino: si lo evitás, te persigue; si lo enfrentás, te obedece.
Ese día no renuncié a un trabajo.
Renuncié a mi versión pequeña.
A mi historia prestada.
A mi silencio.
Y cuando uno renuncia a eso…
el mundo se abre en dos:
los que se siguen justificando
y los que se animan a convertirse.
Yo elegí lo segundo.
Vos también lo sabés.
Ya lo sentís.
Ya te está llamando.
La vida no premia al más fuerte.
Premia al más honesto.
Reinvéntate o repítete.
Pero no digas que no te avisé.
Jorge Inda
Debe estar conectado para enviar un comentario.