Hubo un tiempo en que vivía la empresa como si fuera mía

Hubo un tiempo en que vivía la empresa como si fuera mía.
No porque me lo pidieran,
sino porque algo en mí creía que ese era el sentido:
dar todo, sentirla propia, encenderla desde adentro.

Era más que un trabajo:
era una identidad.
El lugar donde mi propósito respiraba y mi jefe y yo hablábamos el mismo idioma.
Nos entendíamos sin decir mucho,
porque cuando hay alineación, no hay esfuerzo, hay energía.

Pero los ciclos tienen alma,
y el alma, cuando evoluciona, empieza a desentonar en los lugares donde antes era melodía.

De pronto, lo que antes era pasión empieza a sentirse pesado.
Las reuniones suenan iguales, los objetivos ya no te encienden.
Y te cuesta admitirlo,
porque una parte tuya todavía ama esa versión que fuiste ahí.

Hasta que lo comprendés.
No perdiste tus habilidades.
Solo cambió el escenario donde el alma quiere expresarlas.

La empresa no deja de tener valor.
Simplemente deja de ser tu lugar.

Y entonces llega la verdad que cambia todo:
si fuiste capaz de emprender dentro de una multinacional,
también podés emprender fuera de ella.

Porque el talento no se apaga.
Solo espera que te animes a usarlo con tu nombre en la puerta.

Jorge Inda