
Cada vez son más los pueblos del interior de la provincia de Alicante que sienten que la Diputación se ha olvidado de ellos. No es una sensación, es una realidad que se palpa en el día a día. Mientras en la costa los recursos fluyen y los proyectos se suceden, en el interior se sobrevive con lo justo, con presupuestos mínimos y con ayuntamientos que hacen malabares para seguir prestando servicios básicos.
Porque sí, hay una provincia que va a dos velocidades. Una, la de los grandes municipios, con músculo económico y acceso a fondos autonómicos, estatales y europeos. Y otra, la de esos pueblos que apenas pueden adelantar mil euros para poner en marcha un servicio de transporte a demanda —una necesidad, no un capricho— que permita a los vecinos ir al médico o al instituto.
Una Diputación desconectada del territorio
La Diputación de Alicante ha perdido la cercanía con su territorio. No conoce —o no quiere conocer— la idiosincrasia de los pueblos pequeños, sus problemas, sus ritmos, su gente. Y sin conocer, es imposible gobernar. Hablan de “lucha contra la despoblación”, pero la realidad es que no hay estrategia, ni apoyo real, ni fe en que el mundo rural pueda tener futuro.
El resultado es devastador: una provincia desequilibrada, donde unos municipios avanzan y otros retroceden, condenados a ver cómo cada año se cierran más casas, se apagan más luces y se van más vecinos.
Subvenciones que llegan cuando ya no sirven
A esto se suma un problema que, lejos de solucionarse, empeora: los retrasos en las convocatorias y resoluciones de las subvenciones de la Diputación. Un sistema obsoleto, pensado para administraciones grandes, que asfixia a los ayuntamientos pequeños.
Muchos de ellos tienen un único administrativo a media jornada. Y con ese único recurso deben tramitar convocatorias, justificar subvenciones, presentar documentación y atender a los vecinos. Cuando las resoluciones se publican tarde, todo se acumula en cuestión de semanas. Los proyectos que deberían ejecutarse a lo largo del año se concentran en tres meses frenéticos, donde no hay manos suficientes para llegar a todo.
El resultado es previsible: servicios que no se prestan, ayudas que se pierden, proveedores que no llegan a tiempo y empresas locales saturadas. Tres meses de trabajo a destajo y nueve de travesía por el desierto, un modelo que no beneficia a nadie y que castiga, sobre todo, a los pueblos más pequeños.
Menos inversión, menos futuro
El presupuesto provincial de 2025 ha terminado de confirmar la desidia por el territorio rural. La eliminación de programas como +Deporte o el Bono Consumo, junto con el recorte de cerca del 60% del plan +Cerca, supone un golpe duro para los municipios del interior. La Diputación de Alicante no ha planteado ninguna línea potente de subvenciones para hacer inversiones en nuestros municipios en el 2025.
Otro ejemplo es la eliminación de las ayudas que ofrecía el Patronato Alicante Costa Blanca a los ayuntamientos, que se ha visto suprimida, eliminando así toda posibilidad que tenían los municipios pequeños de promocionar su patrimonio, su cultura y sus recursos turísticos. Eran planes que, con sus limitaciones, ayudaban a mantener actividad económica, a generar movimiento en los comercios locales y a sostener servicios municipales. Su desaparición o reducción deja a muchos ayuntamientos en una situación crítica.
El interior no necesita caridad, necesita compromiso
Los pueblos del interior no piden caridad, piden compromiso. Piden una Diputación que entienda que el equilibrio territorial no se consigue solo con grandes obras, sino con presencia, con apoyo real y con empatía hacia los municipios más pequeños.
El futuro de la provincia no puede pasar solo por la costa. Si el interior se vacía, pierde la provincia entera: pierde historia, cultura, raíces y vida.
Quizá ya va siendo hora de que la Diputación se baje del coche oficial, pise las calles de los pueblos y escuche a quienes aún resisten. Porque sin ellos, la provincia de Alicante será solo una fachada bonita mirando al mar… y un interior en silencio.
Ismael Vidal
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