El mundo es inmenso o un pañuelo

Transitamos pensando en un lugar o en una persona y el tiempo pasa sin que las circunstancias faciliten un viaje o un encuentro, imposible.

Antonio Oliver.- Salimos a ninguna parte para encontrarnos con nadie y, de pronto, una presencia no pensada, abre la puerta de los recuerdos, le da la vuelta al tiempo e ilumina con sonrisas y abrazos la escena, convirtiéndola en paradigma de la felicidad.

Así puedo describir mi encuentro con Paco Tito. Un vagón de tren, una puerta de cristal que se abre y, a la velocidad de la luz, la presencia noble, sencilla y entrañablemente humana de Paco, me despertó la memoria.

La sonrisa tatuada en la cara es el carnet de identidad, de este alquimista del barro, que me ha trasladado a una tarde de lluvia y niebla en el barrio alfarero de Úbeda.

El empedrado brillaba y las luces de la calle flotaban, como barcas frágiles, reflejadas en los charcos.

Acababa de anochecer. Era un día del mes de noviembre de 1978. Lo sé porque esa mañana había pasado algo que cambió mi vida pero, que ahora no viene al caso.

Portón de madera, luz suave en el interior y silencio acompañado por una voz leve que, desde la radio, ayudaba a componer un cuadro animado pero íntimo.

Paco me recibió, en su santuario de la calle Valencia, con la misma sonrisa con la que me ha saludado esta vez. Mirada clara y mano, que limpió con esmero antes de ofrecérmela, franca.

Tito, necesitó pocas preguntas para sumergirse en el relato pasional de su oficio, de su vida. Sus palabras, para mi fortuna, describían todo lo que fui a buscar. No puede haber acto más generoso, me lo estaba dando todo, mientras volvía a bailar, pegado al torno y a la tierra.Trabajaba como se baila, con los pies y con las manos…y con el alma.

Paco Tito, de forma pausada, reflexiva pero entusiasta también, me estaba describiendo la danza ancestral de la tradición, de las raíces árabes, de la familia, del barro y el horno; del torno y la cuerdecita, de la esponja y del amor irremediable por lo que haces.

Allí, envueltos en ocres, en blancos y verdes, con los cárdenos de Úbeda anochecida en el horizonte, terminé olvidando para qué fui y urdiendo una amistad que hoy, felizmente, hemos comprobado que sigue intacta.

La vida merece la pena si, por lo menos una vez, el tiempo te devuelve a la playa de los años, una botella de barro con un abrazo como el que me llevo hoy.