
He recorrido algunas tiendas y también grandes superficies buscando figuritas para el Belén y no las he encontrado. Siempre la misma cantinela: “No tenemos; del árbol sí”. En el mejor de los casos me encuentro algún pequeño “nacimiento” pegado a un corcho simulando un lugar techado. Sé que habrá comercios que las vendan, pero apenas existen ya, pues no son tan comerciales como las del “árbol y Papá Noel”. Pero me resisto a creer que, como con otras celebraciones, nuestra tradición sea engullida por las foráneas. Por esa razón quiero dedicar unas líneas al recuerdo del tiempo en el que la navidad encarnaba el alma en la forma del nacimiento y de regalos, del todo simbólicos, traídos por los reyes Magos.
Yo vivía en Polop, en el carrer Nou. No creo que tuviera más de cinco años. Por entonces, se creyera o no en la vida celestial, en estas fechas todos parecían abrirse, predisponerse, a sentirse útiles compartiendo cierta comprensión, mezcla de alegría y sobriedad. Y eso era hermoso. Las barreras dejaban de existir para que el alma anhelante de paz, amor y comprensión, en suma, de fraternidad, pudiera anidar en cada cual.
En aquella casa había una chimenea y a su lado derecho, debajo de la alhacena, un banco de obra que mi madre mantenía limpio y blanqueado. Ahí era el lugar que destinábamos para el “naixement”. Aunque eran mi padre y mi madre quienes daban las últimas pinceladas, mi hermana y yo diseñábamos la forma, en medio de un extraño, misterioso y seductor nerviosismo.
El Belén se ponía, en lo posible, el día de la Purísima concepción, el ocho de diciembre. En mi caso, respetando la tradición, también lo pongo hoy, por este medio, en esa misma fecha para quienes me lean, incluso, para todos.
Comenzábamos por el pesebre. Y como dice el refrán valenciano, “el menester fa fer”. El nacimiento podía tomar forma a partir de algunas piedras colocadas adecuadamente para ese fin, pero yo prefería las hojas secas de “la pitera”, el agave y, cómo no, también algunos años recurríamos al cartón o al papel de embalar que, arrugándolo, tomaba la forma que queríamos.
Tardé varios años en conseguir que mi madre comprara el castillo de Herodes y cuando lo tuve casi monopolizaba mi atención sobre todo el resto de elementos. Había un río que mi hermana hacía con papel de plata, con sal o con harina, así como el efecto de la nieve sobre la tierra y, añadíamos pequeños copos de algodón y musgo natural, el que con ella iba a obtener en las acequias de riego de las proximidades de casa: toda una aventura. Un puente unía las dos orillas del río que, parecía originarse en un molino de corcho, justo debajo de una roca. Un pescador con su caña, varios pastorcillos, la hilandera, figurita de mi preferencia, la castañera, las ovejas, el pozo, el gallo, las ocas, y el pesebre con la virgen María, san José y el niño, al que daban calor un buey y una mula. Tampoco nunca ha faltado, la estrella sobre el pesebre ni el “caganer”, personificación de la alegría, de la prosperidad y de la buena estrella, pues viene a representar el abono para la tierra. Pero, sobre todo eran las tres figuras de los reyes magos, con sus simbólicos y significativos tres distintos colores las que han constituido el mayor acervo a la natividad de Jesús, y a que el alma da vida a la apariencia, siempre con una posibilidad de evolucionar: ¡discutámoslo!
Lo que ahora comento fue revelándoseme a medida que la sed de saber o mi maestra la insatisfacción me espoleaban a descubrir, algo así como, el árbol en la semilla: los significados y a desentrañarlos.
No es interesante si Jesús nació en una determinada fecha y lugar, porque a diario, y digo bien, se produce un nacimiento de esa índole. Él representa la luz que alumbra en las tinieblas del sueño en el que la humanidad andamos inmersos, y es, en el día a día del embarazo espiritual, que siempre hay una hora para que alguien la dé a luz: que la para, que nazca la conciencia. ¿Qué, es ese nacimiento? Pues el de “Sofía, si se quiere, el de la capacidad de saber por experiencia directa lo que de otro modo resulta imposible.
La representación del Belén es símbolo del propio universo interior, y los villancicos, cuyo origen es el de “villanus” en el sentido aldeano y popular, son cantos de alabanza y de agradecimiento, evocaciones de tal despertar de la conciencia, como lo vemos en uno de los más notorios de entre ellos:
Adeste, fideles, laeti triumphantes; venite, venite in Bethem.
(Venid fieles, alegres triunfantes; venid a Belén)
Pues, bien, este universo interior, aun siendo inherente en el hombre, suele desconocerlo, y sin apenas caer en la cuenta, vamos depositando en él nuestras concepciones, anhelos, esperanzas… Y, también sin conocimiento de ello se da que la bienaventuranza derrama en nosotros la ley: veámosla.
En el árbol cabalístico de la profunda sabiduría hebrea se representa el sentido de la existencia mediante el llamado Àrbol de la Vida. Tiene tres pilares sobre los que se ubican 10 “sephiras” o emanaciones de la luz del infinito. El pilar de la izquierda representa la severidad y es de color negro; el de la derecha la misericordia y es blanco, mientras que el central el equilibrio, de color rojo sangre.
Los tres reyes magos representan tres etapas fundamentales del mismo y de cada uno de los seres humanos, a condición de que se busque y se quiera. Lo ilustraremos a continuación de acuerdo al postulado alquímico. El color negro simboliza la oscuridad, la consciencia del ego. El color blanco es el resultado del trabajo por salir del negro y de su conciencia, mientras que el rojo es la fijación sublimada de la naturaleza humana. Así queda expuesta la condición del hombre y su “posible” evolución: materia grosera, materia purificada y materia sublimada.
Pero, año a año, repetimos y repetimos la puesta en escena del nacimiento de la luz, con la ayuda de las necesarias lecciones de la vida, pero sin saber bien en qué andamos metidos.
Jesús que no vino a cambiar ni una tilde de la ley, según los evangelios, trajo consigo, aunque sintetizada, la tradición espiritual de la que formaba parte, a saber, la cábala de Abraham.
Para acabar quiero presentar la propuesta alquímica que yo mismo he producido en el laboratorio y que deja fehaciente constancia de lo dicho arriba:
Un espagirista (trabajador de la alquimia vegetal) pone una hierba a remojar en un determinado líquido, el interior de un matraz, y obtiene una solución saturada. De ese matraz, merced a la destilación, el líquido pasa a otro recipiente, quedando éste separado de la hierba que le infundió su característica, su genuina propiedad. Y es a base de cierto número de circulaciones que sobre el líquido comienzan a aparecer gotas aceitosas de color rojo sangre. En esos momento, se separan los tres elementos:
La sal alquímica o el cuerpo, de naturaleza estable. Ésta, seca, sin humedad se deposita en un platillo de calcinación, se calienta vivamente hasta que se quema como el incienso, sin llama. Una humareda negra se desprende quedando ahora unas cenizas blancas, y mayor purificadas a medida que se vuelven a calentar y a majar con una mano de almirez.
El azufre o el alma particular. Es el líquido que ha recibido las virtudes o propiedades de la planta. Su naturaleza es fluídica.
Mercurio o espíritu, a menudo, la sangre del cordero. Aquí encontramos la suma de todas las gotas aceitosas y rojas que surgieron en la destilación, flotando sobre el líquido. Es de naturaleza muy volátil.
Llegamos al punto en el que hay que volver a unir los tres elementos, cenizas, el líquido y el aceite: “solve et coagula” separar y unir, reza el dicho alquímico. Hay símbolos de cada uno de ellos en internet. En la re-unión de los tres elementos en el que el proceso alquímico ha conducido la ausencia de impurezas, se vierte la ceniza en el platillo de calcinación. Luego, unas gotas del líquido las impregnan y con ello devuelven su anterior propiedad (su alma), adquiriendo una apariencia fangosa límpida y, por fin, se agrega el aceite obtenido (un perfumista, sin ser espagirista, sabe de qué estoy hablando) que, a al calor, la apariencia de barro se seca en la forma de una piedra, esto es, la piedra vegetal con todo su poder.
Negro, blanco y rojo, la ley en nuestro propio universo.
Roque Yvars.
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