La mar de naufragios: el naufragio del Crucero Reina Regente

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Fotografía de foronaval.com

Comienzo hoy una serie de relatos que esporádicamente iré publicando en este medio con la denominación “La mar de naufragios”. Como nadie dudará por el título de que va el tema, evitaré aclaraciones innecesarias y farragosos preámbulos y presentaré la primera historia, que no es otra que la del Crucero protegido Reina Regente.

Batiste Mas.- Construido bajo la no muy acertada dirección del por entonces reputado ingeniero naval británico Sir Nathan Barnaby, la desdichada historia de este buque comienza el día de Año Nuevo de 1888 cuando los astilleros escoceses James & Goerge Thomson  de Glasgow hacen entrega del crucero a la Armada Española.

España ya no era el imperio colonial que había sido y aunque conservaba parte de sus colonias había perdido prestigio militar y peso económico internacional. El poderío naval español estaba falto de buques modernos, rápidos, bien armados y sobre todo con el suficiente radio de acción que requerían sus alejadas colonias. El Reina Regente, en teoría tenía todo esto y algo más, sus 80 m de eslora y 16 de manga de acero dulce, eran toda una innovación para la época. Pese a estar mecánicamente a las últimas de la época, para mayor seguridad aún perfilaba un doble aparejo de vela auxiliar. La construcción de buques en madera forrada con blindaje empezaba a pasar a la historia.

Reina Regente (1888) - Wikipedia, la enciclopedia libre
Fotografía de Wikipedia

Su potente maquinaria de casi 12000 caballos debía proporcionarle 20 nudos de velocidad (que nunca llegó a alcanzar) y desplazar sus 4664 tn sin la menor dificultad. Con una autonomía económica 12000 millas, no iba a tener nunca problemas para carbonear y alcanzar con facilidad cualquier colonia de ultramar, en teoría era capaz de andar más de medio mundo sin carbonear (repostar). Estaba destinado a ser la Joya de la Corona de la Armada y restituir parte del crédito perdido por España, al menos en su vertiente militar. Su formidable armamento, que le proporcionaba una verdadera tormenta de fuego, fue también parte de su perdición, la mala distribución de sus cañones y el excesivo sobrepeso de estos, hacían sus cualidades marineras muy desfavorables. Durante sus travesías, estos errores de construcción fueron descubiertos y denunciados por sus diversos comandantes, pero las recomendaciones hechas a este respecto no fueron tenidas nunca en cuenta.

La cuenta atrás de su fatal desenlace comienza el 9 de marzo de 1895 a las diez de la mañana. El Regente zarpa rumbo a Tánger con la misión de devolver al embajador de Marruecos, que había precipitado su vuelta debido a un incidente diplomático. Acabada la misión y tras recibir órdenes, al parecer algo confusas, suelta amarras rumbo a Cádiz para unirse a una parada militar en honor a la botadura del crucero Carlos V, era el domingo 10 de marzo.

Ese día el barómetro no presagiaba nada bueno, acusaba un notable descenso, el cielo estaba totalmente cerrado, el oleaje enorme y el viento huracanado.

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Tras zarpar rumbo a Cádiz se detuvo a vista de la costa, algunos testigos dicen haber visto deslizarse a un buzo por la borda, se desconoce si para efectuar trabajos de inspección o mantenimiento, o por otros motivos, nunca se sabrá si esto tuvo repercusión en la tragedia sufrida posteriormente. Esta fue la última vez que se le vio desde tierra. En alta mar fue avistado por última vez por los buques vapores Mayfield y Matheus, ambos también en dura lucha contra la furia del mar, pero al contrario que estos, el Regente nunca alcanzó tierra firme, nunca se volvió a saber más de él ni de su tripulación. El tremendo huracán que azotaba el sur peninsular con vientos de más de 150 km/hora, los ya mencionados varios defectos de fabricación y la apresurada salida de Tánger sin tener en cuenta el mal tiempo, precipitaron su hermosa silueta hacia lo más profundo del mar.

Con la fe y el ánimo de encontrar supervivientes, se procedió a su búsqueda durante días, buques de guerra, mercantes y otras embarcaciones, registraron hasta el agotamiento la zona donde se suponía había zozobrado, Cabo Trafalgar. Cádiz esperó en vano al orgullo de la escuadra de instrucción.

El Regente se llevó consigo a toda su tripulación, 372 hombres, más los que se unieron en Tanger, 34 soldados de Infantería de Marina con 8 oficiales y suboficiales. Si a estos números le restamos 2 marineros que perdieron el barco en Tanger, las cuentas nos proporcionan la aterradora cifra de 412 muertos. Un buque de guerra está preparado para combatir y está justificada la muerte en combate, pero en un temporal es una muerte que ningún marino desea que le ocurra.

La Armada Española procedió durante varios días a su búsqueda con la esperanza de encontrar supervivientes, no hubo suerte, todo fue en vano, entre la tripulación se encontraban cuatro marineros de Torrevieja, José Aguado, Juan Pérez, Vicente Perelló y Manuel Inglada. El trágico destino de estos dio lugar a la composición de la Habanera “El Naufragio del Reina Regente” de Ricardo Lafuente que se puede escuchar en Spotify.

Como en tantas otras tragedias siempre queda algún atisbo de fortuna. Se cuenta una historia al respecto de un perro que un navío ingles rescató en alta mar a la mañana siguiente del naufragio cuando se mantenía a flote sobre una plancha de madera. Se dice, que pasado cerca de un año, cuando dicho navío se dirigía a aligerar su carga en Sevilla y a la espera de que le autorizaran el paso por el Guadalquivir, estando fondeado frente a Sanlúcar de Barrameda el perro aprovechó para lanzarse al agua y nadar hasta la costa sin que los marinos ingleses pudiesen evitarlo, ganada esta, emprendió camino por las calles de Sanlúcar hasta llegar a la casa de uno de los oficiales desaparecidos en el naufragio, frente a la puerta empezó a aullar hasta que esta se abrió y salió el padre del marino, ambos se reconocieron y fundieron en un mar de caricias y lametones. Al parecer este animal formaba parte de la tripulación del Regente como mascota y este oficial era el encargado de su cuidado y custodia. No se sabe si el relato del perro sucedió en realidad o es una hermosa leyenda, pero en Sanlucar la gente lo cuenta con sentimiento y convencimiento. Yo prefiero creerlo.