Escribir para sanar, vivir para sentir

Escribir es sanar. Es recordar el tiempo invertido en aprender, aquellas enseñanzas recibidas en la escuela y los momentos disfrutados mientras descubríamos cosas nuevas. Es recordar a tantos profesores que, con paciencia y amabilidad, nos corrigieron y nos ayudaron a adquirir hábitos de aprendizaje, revisión y superación.

Modificar nuestros comportamientos también puede ayudarnos a sanar, porque nos permite reconocer aquello que a veces los demás perciben en nosotros y que quizá nosotros mismos no habíamos advertido. Es aprender a soltar, a vaciar la mente de rutinas innecesarias y a crear nuestros propios espacios, adueñándonos de nuestro tiempo y de nuestros pensamientos, sin dejarnos interrumpir constantemente por el ruido ajeno.

Podemos crear nuestro propio ritual: una vela encendida, una flor sobre la mesa, una infusión caliente… Pequeños detalles que nos invitan a detenernos, respirar y regalarnos unos instantes de calma.

Escribir es limpiar el alma de ideas acumuladas, ordenar pensamientos, dejar volar la imaginación y calmar la mente. Es una manera de encontrarnos con nosotros mismos, de reconocer nuestra parte más profunda y de aprender a escuchar y amar cada latido de nuestro corazón.

Cultivemos la predisposición a ser mejores cada día, sin atormentarnos por nuestros errores ni por nuestras imperfecciones. Aprendamos a tratarnos con paciencia y humildad, entendiendo que crecer también significa reconocer aquello que podemos mejorar.

Ser coherentes implica asumir nuestros errores y buscar la manera de solucionarlos. A veces, lo más sensato es avanzar con cuidado, sin prisas, respetando nuestros propios tiempos y comprendiendo que no todo tiene que resolverse de inmediato.

Aprovechemos cada día y comencemos la jornada con entusiasmo. Aprendamos a percibir la cordialidad de las personas que nos rodean, la profesionalidad acompañada de humanidad y esos pequeños gestos que hacen más agradable nuestra vida cotidiana.

Sigamos sonriendo y mostrándonos tal como somos, con naturalidad y autenticidad. Nada permanece para siempre, y quizá por eso sea tan importante elegir conscientemente nuestra manera de vivir y de estar en el mundo.

Dejémonos llevar un poco más por la vida, aceptando aquello que no podemos controlar y prestando atención a nuestro estado presente, a nuestra respiración y a todo lo que sucede aquí y ahora.

Agradezcamos las palabras, los gestos y las noticias que recibimos de nuestros seres queridos. A veces, un mensaje, una conversación o una simple muestra de cariño basta para recordarnos lo verdaderamente importante.

Porque escribir también es escucharnos, comprendernos y cuidarnos. Es detener el tiempo por unos instantes para reencontrarnos con nosotros mismos y recordar que el bienestar comienza, muchas veces, en las pequeñas cosas de cada día.

Muchas gracias y feliz lectura.

Deborah Newton Torrubia

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