Nunca como ahora algunos periodistas famosos se convirtieron en destacados publicistas. Ignoro casos antiguos, pero conozco casos de nuestros días. Y distingo entre protagonizar spots publicitarios y algo muy distinto, hacer anuncios dentro, en medio o casi al final de los espacios informativos que tienes entre manos. Y pretenden salvar el código ético de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) colocando en un rincón de la imagen televisiva, casi invisible, la palabra ‘publicidad’.
Ramón Gómez Carrión.- No me parece moral ni conveniente, menos para el bolsillo. Considero que queda mal la imagen del periodismo. La credibilidad del informador, hombre o mujer (creo que en el periodismo, como en la judicatura hay más presencia de hembras que de varones) se pone en entredicho. A veces, sobre todo en algunos espacio deportivos, el (casi siempre la) periodista dedica más tiempo a los anuncios que a las noticias. No es infrecuente, para más inri, que un destacado jefe salga diciendo que van a dar paso a un anuncio (que debe de estar mejor pagado) antes del informativo.
El Código Deontológico de la FAPE establece unas reglas básicas para evitar el conflicto de intereses: separación estricta. Debe haber una distinción clara e inequívoca entre los hechos informativos y la publicidad o el contenido patrocinado. Por otro lado, la ‘Comisión de quejas´ de la FAPE dictaminó que “simultanear la información con la aparición en anuncios debilita la credibilidad del periodista”. El criterio general de los colegios profesionales autonómicos es que “no es admisible utilizar el prestigio periodístico como reclamo comercial si está ejerciendo activamente como informador”.
Poderoso caballero es don dinero. De pena. Casi todo por dinero. Casi no hay más dios que el dinero, el becerro de oro que moviliza a tanta gente y que Francisco de Quevedo, (con Cervantes el más grande escritor español, con permiso de Isabel Allende, la reciente Premio Planeta, a la que felicito) supo esculpir en 80 versos que podrían resumirse en los dos últimos de las diez estrofas, de las que reproduzco la primera:
“Madre, yo al oro me humillo;
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero es don dinero”.
Si malo es hacer publicidad en determinadas circunstancias, peor es para el prestigio de la profesión periodística alinearse con bandos políticos, como hemos comprobado a lo largo de muchos años (y en eso estamos) cuando en tertulias de radio y televisión nos sorprendíamos (y nos sorprendemos) con periodistas llamados, o considerados, progresistas frente a profesionales considerados conservadores. ¿Cuántos periodistas somos o intentamos ser, informadores y opinantes puros, como lo fue Manuel Chaves Nogales, un ‘monstruo’ del periodismo huido de España en plena Guerra Civil, el año 1937, y del que me impresiona lo que escribió en el prólogo a su libro A sangre y fuego? Ante el desencanto y el peligro que corría su vida por no alinearse con ninguno de los dos bandos extremistas, los nacionales de Franco y los republicanos del Frente Popular, escribe:
“Por mi condición de pequeño burgués liberal, por mi profesión de periodista y por mi instinto, yo era un blanco natural para las ejecuciones en masa. Cuando estalló la guerra civil me quedé en mi puesto cumpliendo con mi deber… Había acumulado méritos para ser fusilado por los unos y los otros”.
Manuel Chaves Nogales con su mujer, Ana Ruiz. Autor desconocido. Imagen de su Obra Narrativa Completa editada por la Diputación de Sevilla (Wikimedia).
Murió en el autoexilio, en Londres, en 1944, antes de cumplir los 47 años. Además del libro citado dejó otro: Crónicas de la Guerra Civil. Antes de exiliarse había escrito una biografía excelsa titulada Juan Belmonte, matador de toros, considerada, por algunos críticos literarios, su obra maestra. Tiempos en que los toros eran una fiesta nacional, sin distinción de ideologías ni partidismos políticos. Eso pasó a la historia.
Creo que es tiempo para reflexionar, no sólo en el seno del periodismo sino en todas las profesiones, sobre la importancia y la trascendencia de la ética. Sin olvidar a los políticos, que no son una profesión, pese a que algunos así lo crean. Igual que hay ‘artistas que venden’, hay ‘periodistas que venden’ y son famosos. Y muchos grandes profesionales. Pero hay margen para mejorar en lo que se denomina el código ético. Y concluyo: más ética periodística y de todos los que construimos España. Una llamada más que oportuna en estos momentos de precampaña para las elecciones generales, sabedor de que no servirá de nada y para nada. No tenemos remedio. Habrá que pensar en el auto exilio. Como Chaves… Nogales.