La vida no se trata de tener más, sino de sentir más

Camino todos los días.
No para llegar, sino para recordarme que estoy vivo.
Mientras camino, sonrío. Porque aprendí que la sonrisa no depende de lo que pasa afuera, sino de lo que elijo sentir adentro.
A veces me siento en silencio, sin música, sin pantallas, sin hacer nada.
Y en esos cinco minutos de quietud, encuentro más respuestas que en una semana de ruido.
Leo, sueño, río.
Me equivoco, aprendo, vuelvo a empezar.
Y cada noche, antes de dormir, agradezco.
No por lo que tengo, sino por lo que soy.
Aprendí que la vida es una escuela.
Y que los problemas no vienen a arruinarte el día, sino a recordarte que todavía estás aprendiendo.
Dejé de compararme.
Dejé de buscar aprobación.
Y entendí que la única competencia real es con la versión que fui ayer.
Nadie está a cargo de mi felicidad.
Yo elijo qué hacer con lo que me pasa.
Y en esa elección, cada día, renazco un poco más.
Porque la vida —cuando la vivís despierto— se vuelve simple:
Camina, agradece, ama, suelta.
Y disfrutá el viaje.
Porque no hay ensayo general.
Esto es la función principal.
Jorge Inda
Debe estar conectado para enviar un comentario.