Los españoles no tenemos quien nos defienda

Los españoles no tenemos quien nos defienda

Leopoldo Bernabeu.- ¿Cuántos españoles habrían pronosticado la Guerra Civil unos años antes de que se produjera?, supongo que muy pocos y miedo me dan los que si lo hubieran hecho, porque quizás fueran los ideólogos. ¿Cuántos años duró la guerra y sus consecuencias?, eso sí lo sabemos, cuarenta años. En España estamos viviendo un tiempo convulso que divide a la sociedad en dos. Los que ven venir la catástrofe pero no creen que pueda volver a repetirse algo tan bárbaro, y los que directamente pasan de todo. Hay muchos resúmenes posibles, pero el mayor de los problemas es que quienes están al frente de la actual deriva, no vivieron aquellas consecuencias ni son conscientes de la magnitud de sus decisiones.

Ni en la peor de sus pesadillas, socialista alguno de bien, habría podido pensar que repescar al zaherido Sánchez para la secretaría general de su partido, significaría encontrarse ellos unos años después en la actual situación. Pero la realidad de hoy es la que es, negarla es de necios y esquivarla de cobardes. El estado del bienestar que tantas generaciones de sufrimiento costó alcanzar, objeto de deseo perseguido por quienes quieren perpetuarse en el poder, nos ha aborregado en exceso. Es tan cómodo vivir en la España de hoy, que sólo a partir de los efectos de una pandemia es cuando empezamos a darnos cuenta de que esto se puede ir al garete y repetirse el blanco y negro con dos rombos.

Entre el surrealismo y la ciencia ficción sería como describirían los políticos de la transición, de todas las ideologías, lo sucedido hace dos semanas en el Congreso de los Diputados, donde el 85% de los representantes del pueblo no se opusieron al “ordeno y mando” de manera gratuita a los dos perturbados que nos gobiernan y dirigen al país hacia el abismo. Más de 300 parlamentarios, muy bien remunerados eso sí, que han dejado a los pies de los caballos a los millones de españoles que les confiaron su voto y que al parecer no han tenido bastante con las decenas de tropelías y embustes que esta pareja de trastornados nos ha endosado durante el primer embarazo del coronavirus, el primer parto de su legislatura y los muchos meses de cornudo noviazgo con los que nos obsequiaron. El poder y el dinero les trasforma la realidad.

En España nos hemos quedado sin oposición y hay que volver a agradecer al señor Casado su incomprensible y desleal actitud con los españoles, y a la señora Arrimadas la negación de todos y cada uno de los fundamentos de su partido. Un Partido Popular que sólo sabe decir No a quien defiende España pero le deja gobernar en tres comunidades autónomas, y se pone de perfil cuando Franquito Sánchez decide suspender el Parlamento durante seis meses. Y a la señora Arrimadas, apoyando a un partido sostenido por independentistas y pro-etarras, que borra el español como lengua principal del Estado, pretende sacar a la calle a aquellos golpistas contra los que luchó Albert Rivera y que piensa apoyar unos presupuestos a todas luces irreales, sentencia definitiva de las próximas generaciones.

En sólo dos semanas de carta blanca y manga ancha, el dúo Sanchinflas y Coletavirus se ha sacado de la chistera un ministerio de la verdad para controlar la información, y una ley que permite a todos los nacionalistas, decidir sin normas legales ni juristas que molesten, que lengua se estudia en cada comunidad. Anulan de golpe dos principios universales de la Constitución, la libertad de expresión y el español como lengua vehicular.

No es de extrañar que en la última encuesta de intención de voto el PP suba sólo de manera testimonial y Cs ni siquiera eso. Con lo que está pasando hoy en España y con una oposición fuerte y capaz, las encuestas tendrían una descripción muy distinta. Da igual que estés entre la mitad de españoles a los que todo da igual o la mitad que se preocupa y vive asustada, la realidad es que ciudadanía se ha quedado huérfana de representantes políticos que les defiendan, otro de los logros del ya incalculable equipo de ideólogos de Moncloa, éxito Redondo.