La conquista de la serenidad nos trae salud y felicidad

La conquista de la serenidad nos trae salud y felicidad

“Aprender a vivir de modo que mi existencia alcance la plenitud a la que está destinada, es algo que no depende de circunstancias cambiantes, depende de mí”

Leopoldo Bernabeu.- No resulta nada fácil ponerse a escribir sobre los sentimientos que describen la voluntad de las personas. Llevo años intentando descifrar algunos de ellos y casi nunca soy capaz de encontrar el mismo final. Sé que el mundo es hoy mucho mejor que hace años, ni siquiera es necesario retroceder siglos. La esperanza de vida es mucho mayor, la mortalidad infantil ha descendido, las guerras van desapareciendo y se ha multiplicado por mil el número de personas que se pueden permitir viajar al menos una vez al año. El mundo mejora, aunque casi nadie lo crea. Frente al pesimismo más polarizado, cada vez más pensadores recuerdan que la humanidad vive cada vez mejor y defienden eso que se ha dado en llamar “el valor creativo del optimismo”.

¿Y entonces, por qué da la sensación cada vez que vemos y leemos los medios de comunicación, que el mundo se acaba cada día?. Es una respuesta que requiere y necesita más de estudios sociológicos y psicológicos que de las meramente habituales. Los seres humanos somos como nos enseñan, como nos vamos acostumbrando. Son tantos años viendo y leyendo las desgracias que suceden a nuestro alrededor, aumentadas a cualquier lugar de la tierra gracias a la era internet, que las noticias positivas no nos llaman la atención, casi ni nos afectan, pasan desapercibidas. Es mucho más propenso a concentrar nuestro interés cualquier atentado, accidente o guerra, que el éxito en la erradicación de una enfermedad mortal o una simple, pero magnífica, actuación musical o interpretación de una obra cultural.

Cuando traslado estas profundas reflexiones al área política es cuando de verdad se produce un choque de trenes interno que me genera, a partes iguales, ilusión y frustración. Una ilusión basada en esos intensos momentos en los que me veo capaz de aportar a la sociedad que me rodea lo mejor de mí, poniendo a disposición de mis vecinos todo lo que sé y he aprendido, haciéndolo con sumo gusto y disfrutando mucho con el sólo hecho de percibir que se me entiende y que en cualquier momento podría llegar a conseguir ese romántico objetivo. Algo tan altruista como dedicar unos años de mi vida al prójimo. ¿Qué es sino lo que han hecho a lo largo de la historia esas miles de personas que con su quehacer y su capacidad han dirigido la humanidad hasta el día de hoy?. Dedicarse a la política debería ser tan saludable como a cualquier otra actividad y que en absoluto fuera una situación de riesgo. Es más, en mi particular visión de las cosas, creo que debería ser incluso una obligación por la que todas las personas que han demostrado capacidad en su vida profesional, probaran al menos una vez en su vida.

Pero también una frustración cuando percibo el odio que esa misma ilusión supone en algunas personas que tienen por único objetivo, hacer todo el daño posible con el único fin de que esos sueños no se lleguen a realizar. Y aunque soy consciente de que forman parte de los valores de la vida la venganza, la envidia, el odio y una serie de conceptos que nos hacen retroceder como sociedad, nos enfrentan y nos envilecen sin ningún fin ni ningún sentido práctico, más allá del propio hecho de generar malestar, también es momento de aplaudir a esa gran mayoría que lucha porque estos pocos no se abran hueco ni echen raíces sobre las nuevas generaciones.

Es obvio que las malas noticias irrumpen como un drama, mientras que las buenas van generándose poco a poco y no parecen hechos noticiosos, por lo que a todos nos toca unir esfuerzos y luchar por aquellos que deciden dar un paso adelante y exponerse al grave riesgo en el que se ha convertido querer dedicar un tiempo al servicio a los demás. La sociedad civil tiene la obligación de trabajar para que nuestra clase política, esos a los que cada cuatro años damos nuestra confianza, trabaje por el bien común y cejen en el ataque desmedido y despiadado al adversario. Debemos aplaudir a todos y cada uno de nuestros vecinos que, a pesar de tener una vida laboral y familiar, y seguro que con tantos problemas como cada uno de nosotros, deciden apostar por aparcar todo eso y dedicar un tiempo a intentar mejorar el entorno en el que viven. Es injusto y no deberíamos contribuir al menosprecio hacia esos que deciden dar un paso tan importante y tan arriesgado para su propio futuro. Y en cambio sí debemos mostrarnos como seres racionales y educados y cortar de raíz aquellos insultos que, por temor al propio futuro que algunos acomodados sienten, se dirigen contra esas personas, sean de la ideología que sean. Sabemos lo que hay, no lo que podría haber.

Es desolador comprobar que los españoles figuramos siempre entre los más pesimistas en los test sobre los problemas del mundo, cuando está demostrado que nuestra vidas son más largas, seguras, saludables, felices, pacíficas y prósperas, que la mayoría de nuestros vecinos del planeta. No nos conduce a ningún lado seguir dramatizando cuando seguimos progresando, ayudémonos con nuestro propio modelo de vida, empezando por ser más positivos con todo lo que nos rodea y aplicando esa máxima a nuestros más cercanos. El hecho de que nuestra renta crezca menos no es un motivo, como indican los parámetros, para ser más pesimistas que las de menores ingresos, que viven, se conforman y disfrutan mucho más con mucho menos. Hay que separarse de lo tóxico, el constante rechazo social provoca que nuestra opinión anule los datos frente a lo que creemos, algo que afecta a todas las ideologías. Debemos practicar un cambio paradigmático para disfrutar más de la vida, practicando la conquista de la serenidad, esa fuerza del corazón y de la mente que nos trae salud y felicidad.