
Las personas buenas existen. Las personas creativas, sensibles y generosas también. Nuestro planeta está lleno de seres maravillosos, y seguirán naciendo personas capaces de desarrollar la virtud, la paciencia y una manera diferente de mirar el mundo: más humana, más equilibrada, más respetuosa y llena de armonía y generosidad.
El avance de la humanidad no depende únicamente de los descubrimientos, la tecnología o el progreso material. También reside en nuestra capacidad para mejorar como personas, comprender a los demás, reconocer nuestros errores y aprender a soltar aquello que nos hace daño. A veces acumulamos emociones, preocupaciones y pensamientos que nos bloquean y nos impiden disfrutar de la vida con serenidad. Sanar comienza cuando nos permitimos mirar hacia dentro, comprender lo que sentimos y dejar de cargar con aquello que ya no nos ayuda a crecer.
La felicidad, en ocasiones, se encuentra en las cosas más sencillas: no hacer absolutamente nada durante unos minutos, contemplar el cielo, escuchar el sonido del mar o sentir la brisa en la cara. No siempre necesitamos conseguir algo, correr o demostrar nuestra valía. También merecemos descansar, respirar y disfrutar del simple hecho de estar vivos.
Cumplir nuestros objetivos es importante, pero hacerlo respetando nuestros propios ritmos lo es todavía más. Necesitamos pausas, descanso y momentos para reencontrarnos con nosotros mismos. Mirarnos al espejo, observar nuestros ojos, nuestra nariz, nuestra frente y sonreírnos con cariño puede parecer un gesto insignificante, pero también es una forma de recordarnos que merecemos respeto, comprensión y amor. Creer en nosotros mismos no significa ser perfectos, sino aprender a aceptarnos con nuestras virtudes, nuestras limitaciones y todo aquello que todavía estamos aprendiendo.
Sanar las emociones también implica dejar de juzgar a las personas por su aspecto físico, sus orígenes o sus ideologías. Significa abrir nuestra mente, escuchar opiniones diferentes y comprender que nadie es dueño absoluto de la verdad. Podemos discrepar sin despreciar, expresar nuestras ideas sin herir y defender nuestros valores sin dejar de respetar a quienes piensan de otra manera. La convivencia mejora cuando sustituimos los prejuicios por la curiosidad, la crítica destructiva por el diálogo y la intolerancia por la empatía.
Tener sensibilidad y corazón hacia las personas más vulnerables es otra manera de sanar el mundo. Aprender a hacer el bien, evitar causar daño y no rendirnos ante las dificultades son pequeños pasos que pueden transformar nuestra vida y la de quienes nos rodean. La bondad no siempre necesita grandes gestos: a veces basta con escuchar a alguien que lo está pasando mal, ofrecer una palabra amable, acompañar en silencio o tender una mano cuando más se necesita.
También podemos sanar a través de la gratitud. Recordar con cariño a las personas que ya no están físicamente entre nosotros, agradecer su compañía, sus consejos, su alegría, su humanidad y su sabiduría nos permite conservar vivo aquello que nos regalaron. La ausencia puede doler profundamente, pero el amor compartido deja una huella que permanece en nuestra memoria, en nuestros valores y en nuestra manera de tratar a los demás.
Otro aprendizaje fundamental es vivir en el presente. Con frecuencia, nuestra mente se queda atrapada en lo que ocurrió ayer o se adelanta a lo que podría suceder mañana. Mientras tanto, el momento actual pasa sin que apenas lo disfrutemos. Escuchar nuestro diálogo interno, reconocer nuestras emociones sin castigarnos por sentirlas y observar qué necesitamos en cada momento puede ayudarnos a recuperar el equilibrio.
Cuando una tarea nos sobrepasa, podemos hacer una pausa, respirar, caminar, escuchar música o dedicar un rato a una actividad que nos aporte alegría y bienestar.
Dosificar nuestras obligaciones, respetar nuestros descansos y dejar espacio para aquello que nos hace bien son formas sencillas de proteger nuestra salud emocional. Y si el sufrimiento persiste, pedir ayuda también es un acto de valentía: no tenemos por qué recorrer solos todos los caminos difíciles de la vida..
Cuidar nuestras emociones es también una forma de cuidar la vida. Porque cuando aprendemos a tratarnos con más cariño, a comprender al otro y a disfrutar de las cosas sencillas, contribuimos a construir un mundo más amable, más consciente y más humano.
A veces, para seguir adelante, no necesitamos correr más. Necesitamos detenernos, respirar profundamente y recordar que también tenemos derecho a vivir en paz.
Muchas gracias y Feliz lectura
Deborah Newton Torrrubia