Escuchar nuestros impulsos

Vivimos tan deprisa que, muchas veces, reaccionamos antes de pensar. Un impulso, una palabra, un gesto o una emoción pueden hacernos responder de una manera que, apenas unos minutos después, lamentamos.

Por eso, ante un impulso, quizá el mejor regalo que podemos hacernos sea detenernos. Desviar la mirada hacia algo cercano: un paisaje vestido de árboles, una melodía que nos acaricie el alma, el sonido del mar o cualquier imagen que nos devuelva la calma. Solo entonces podremos preguntarnos si aquello que estábamos a punto de decir o hacer habría construido un puente… o habría levantado un muro.

Escucharnos a nosotros mismos es un aprendizaje lento. Requiere paciencia, humildad y voluntad. Pero ese pequeño ejercicio puede ahorrarnos muchos disgustos, malentendidos y enfados que, con frecuencia, nacen de una reacción precipitada.

Es curioso cómo, precisamente con las personas que más queremos, solemos bajar la guardia. La confianza nos hace pensar que todo está permitido y, sin darnos cuenta, pronunciamos palabras o tenemos actitudes que terminan dejando heridas invisibles. Después llegan el remordimiento, la incomodidad y ese diálogo silencioso que mantenemos con nosotros mismos, preguntándonos por qué no supimos callar a tiempo.

Dominar nuestros impulsos no significa reprimir lo que sentimos. Significa dar espacio a la reflexión antes de que la rabia o el enfado tomen el timón de nuestra vida. Porque una palabra dicha desde la serenidad siempre tendrá más fuerza que un grito nacido de la ira.

Y cuando el día comienza a despedirse, llega el momento de acariciar el alma. De permitir que los pensamientos entren y salgan sin aferrarnos a ellos. De agradecer la fortuna de haber visto a las personas que queremos, de haber sido un poco más amables con nosotros mismos y con quienes nos rodean, y de habernos regalado un instante tan sencillo como compartir una conversación con una buena amistad frente al mar, mientras la vida continúa su camino.

Al final, son esos pequeños momentos los que permanecen en la memoria. No las prisas, ni las discusiones, ni las preocupaciones que tantas veces ocupan un lugar inmerecido en nuestro corazón.

Señoras y señores, la vida está hecha de instantes sencillos. Y, paradójicamente, son ellos los que no tienen precio. Aprendamos a detenernos, a escucharnos y a valorar aquello que, por cotidiano, a veces dejamos de ver.

«Y ahora, si les parece, regalense   unos minutos de silencio. Escuchen el latido de su corazón. Tal vez descubran que las mejores respuestas siempre estuvieron ahí, esperando a que les concedieran un poco de tiempo.»

Quizá ahí reside el verdadero secreto de la felicidad!

Muchas gracias y feliz lectura.

Deborah Newton Torrubia