
El problema es que funcionan.
Funcionan para tranquilizarte.
Funcionan para justificarte.
Funcionan para dormir tranquilo.
Pero tienen un costo silencioso:
Tu vida.
Hace poco hablé con un hombre muy exitoso.
Un cargo alto.
Un gran sueldo.
Una carrera que muchos admiran.
Desde afuera parecía que había ganado.
En un momento de la conversación se quedó mirando la mesa y dijo algo que no esperaba:
“Jorge… siento que llevo años posponiendo mi vida.”
No estaba perdido.
No estaba quebrado.
No estaba fracasado.
Estaba cómodo.
Y la comodidad es uno de los lugares más peligrosos para un ser humano.
Porque cuando estás incómodo, cambiás.
Pero cuando estás cómodo…
te acostumbrás.
Te decís que ahora no es el momento.
Que primero hay que ordenar otras cosas.
Que más adelante lo vas a hacer.
Y así pasan los años.
Yo también conocí ese lugar.
A los 42 años renuncié a una multinacional.
No porque tuviera todo claro.
Sino porque había entendido algo que me inquietaba demasiado:
Seguir viviendo una vida correcta
cuando sabés que no es tu vida,
también es una forma de fracaso.
Hoy veo esto todos los días.
Personas brillantes.
Capaces.
Con talento de sobra.
Pero esperando el momento perfecto.
Y el momento perfecto tiene una mala costumbre:
Nunca llega.
Las excusas hacen fácil el hoy.
La disciplina hace posible el mañana.
Pero el verdadero cambio empieza cuando te animás a hacerte una pregunta incómoda:
¿Estoy viviendo la vida que quiero…
o la vida que aprendí a justificar?
Jorge Inda