«La Transición no deseada»

Diario de un Peregrino: San Juan de Ortega – Tardajo 36 kilómetros

Son tantos los momentos que describe mi mente a lo largo de cada jornada, que se hace imposible predecir, con ciertas garantías, de que manera y con que contenido se va a ilustrar el reportaje que cada día me he comprometido, conmigo mismo, escribir mientras hago el Camino de Santiago.

En mi octavo día, hay algo que puedo confirmar. Los mejores momentos de cada jornada se viven al amanecer, cuando sales a caminar. Podría parecer que no es plato de buen gusto despertarte antes de las seis de la mañana, un día tras otro, pero no es así. Es tan placentero que ni uno solo he llegado a escuchar el despertador del móvil. Esa herramienta con tan pocos años de existencia y que a todos nos ha cambiado la vida. Sirve para todo, incluso para hablar. ¿Es curioso verdad?. Supone mi válvula de escape cada noche, dormirme escuchando un podcast de misterio es, además de una maravillosa estrategia, la solución perfecta para no escuchar los ronquidos de nadie. No sería justo obviar que en esta primera semana y, a pesar de haber compartido habitación con hasta 50 peregrinos, no ha habido ningún león de zoológico.

A lo que iba. Levantarse temprano y enfrentar el Camino de noche o con el alba, es otro aprendizaje. El esfuerzo no se negocia y aquí no cuadra eso de levantarse a las tantas, como debería sucedernos en la vida misma.

Dormí anoche en una lugar en mitad de ningún sitio, mágico, silencioso, agradable y rodeado de gente que hace grande la experiencia. Llegué a San Juan de Ortega realmente reventado, después de sobrepasar los Montes de Oca a horas bastante impropias con ola de calor incluída. La culpa es sólo mía. Hoy digo que fue una gran elección y que las cosas pasan por algo. San Juan Ortega es un lugar al que volveré.

Coincidir ahí, de nuevo, con Sonia y Felipe, un curioso y bien avenido matrimonio que, entre otras cosas, se hicieron con «Los Misterios de la Incertidumbre», mi libro, nada más conocerme, hizo la tarde mucho más llevadera. Él hace el Camino para ver donde llegan las cartas que reparte y ella para oler los perfumes de las botellas que entapona. La noche ha sido muy agradable para todos. A las seis en pie, ellos se quedan en Burgos para regresar a su Cataluña de adopción. Yo sigo ¿hasta dónde?, pues no lo sé. Me conozco y es precipitado aventurarme. Son varios los veranos en los que hubiera quedado mejor si no hubiese hablado tanto.

La salida nos deparaba la agradable sorpresa de tener un bar abierto al salir por la puerta del Claustro. La amable chica que nos atiene se levanta a las 4.30 para abrir una hora después, aún viviendo a más de 25 kilómetros, en Burgos. Un aplauso. No pasa nada si no se puede, pero es muy de agradecer empezar