Diario de un peregrino:Nájera – Grañón. 28 kilómetros

Si observo con el detenimiento que ofrece el Camino todo lo sucedido en estos seis días, que bien podría confundir con seis mundos, concluyo en que la vida es un continuo aprendizaje. Ni la edad ni la experiencia son nunca suficientes como para desechar esta universidad de la vida en la que siempre se aprende algo nuevo. Más bien al contrario, se termina cumpliendo ese proverbio que nos recuerda que «se quiere cuando ya cuesta que se pueda, habiendo dejado escapar el haber podido cuando no se quiso»
Apenas he rebasado ese primer ecuador de 200 kilómetros del Camino, y ya empiezo a entender que la búsqueda interior es la clave de este examen que persigue cultivar la espiritualidad. Es lo que imaginaba y lo que quería, aquí y ahora empiezo a dar Fe de la conquista y bien que lo agradezco. Caminamos como peregrinos en busca de Santiago evocando la misma eternidad que a nuestros antepasados les ofreció el «finis terrae» que allí se encontraban y que aún sefuimos admirando entusiasmados. Ese lugar desde el que ya no se podía caminar más. Buscamos dar un giro a nuestra existencia y lo adornamos con el cumplimiento de alguna promesa. No son contradictorias propuestas pues andan cogidas de la mano.

En pleno agosto y durante esas noches de paz y tranquilidad, en las que miramos al cielo estrellado buscando las lágrimas de San Lorenzo, salimos al encuentro de nuestra purificación. Necesitamos la transformación que nos permita entender que se puede vivir de otra manera, más tranquilo, separados de lo material, al reencuentro de uno mismo, de aquello que fuimos en nuestra infancia, mucho antes de contaminar nuestro espíritu con las más simples y abyectas carencias humanas.

Y afrontamos el Camino de Santiago con miedo, dudas e incertidumbres, pero en pocos días convertimos la ruta en el hogar compartido. Vemos como brota la riqueza de la amistad, el valor de lo sencillo, el poder vivir con lo justo, sin miedo a la austeridad, huyendo del consumo establecido que adultera nuestra existencia económica y social, empezando a destrozar nuestro Camino interior sin miedo. Hay que seguir avanzando, dando un giro radical.

Nos hablamos durante horas en silencio con esas palabras que dan voz al corazón y que ni siquiera creíamos que existieran. La emoción al recordar a los nuestros, pensar en los errores cometidos y ese sinfín de expectativas, ilusiones, esperanzas y buenos deseos, nos hacen crecer en días, lo que no habíamos conseguido en años. Somos la reencarnación de aquellos primeros peregrinos que se guiaban hasta Santiago por el Camino de las Estrellas, iluminados tan solo por la Vía Láctea. Hoy no somos tan distintos como nos quieren hacer creer.
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