Una encomienda

“A veces se adelantan porque son muchos los regalos que han de llevar a los niños”, me decía mi madre cuando en la cabalgata apenas daban las ocho de la tarde. Antes de la llegada del día seis

Pasaban los días y los niños jugábamos con los regalos de los Reyes. De vez en cuando se me cruzaba algún pensamiento acerca de ellos, pero no era sino cuando comenzaba a hacer el belén cuando más pensaba en ellos, cuando más los sentía y cuanto más aparecía la curiosidad, si no, la necesidad de saber.

Y con esa necesidad a cuestas, sin saberlo, sin darme cuenta, comienza lo que ahora describo como peregrinaje interior y…

En el evangelio de Mateo se dice que unos magos llegaron a adorar al rey de los judíos. No habla de reyes magos. Y magos del griego magós, se traduce como persona sabia.

No se sabe cuántos eran los magos que le fueron a rendir honores a Jesús al que encontraron trece días, o dos años después de su nacimiento, según otros, pero dice el citado evangelio: “y, llegando a la casa, vieron al niño con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y, abriendo sus cofres le ofrecieron como dones: oro, incienso y mirra.” Esa pudiera ser la razón que indujo a la creencia de que fueron tres, porque se mencionan, también, tres presentes. Y así se oficializó, después del año 400dC. Y, dicho sea de paso, obsérvese que en Mateo se dice casa y no cueva ni pesebre.

En la tradición de algunas iglesias orientales se habla de 12 magos, haciéndolo coincidir con el número de las tribus de Israel y de los discípulos de Jesús.

Pero sin ir tan lejos, en el siglo XVII, el teólogo protestante Henry van Dyke, escribió un cuento navideño titulado el cuarto rey mago, basado en la tradición de que además de los magos Melchor, Gaspar y Baltasar, había un cuarto llamado Artabán que, en su viaje, se detuvo a ayudar a un anciano con problemas de salud y ese retraso le impidió ver a Jesús que, a su llagada ya había partido con sus padres a Egipto.

De los magos se cuenta que fueron martirizados y sus cenizas llevadas de uno a otro lugar, Constantinopla, Milán, hasta que, finalmente, fueron depositadas en Alemania, en la catedral gótica de Colonia, centro importante de peregrinación, en un impresionante relicario hecho exprofeso para albergar los restos de los tres reyes magos.

Justificativa

Hay un trasfondo tras la secuencia evangélica de los magos. El día 8 de diciembre de este año publicaba aquí, en El Calvari, una somera reflexión que titulaba “Negro, blanco y rojo” mencionando tres principios que en cábala y en alquimia tienen relevancia porque en ellos se observa el cumplimiento de la ley, o si se quiere, el desarrollo del proceso natural desde el comienzo al final del Camino. Mediante ello establecía un paralelo con la simbología de los llamados reyes magos. Recomiendo releerlo para complementar ambos escritos con sus sendas aportaciones para un mejor entendimiento. Y es que yo creo en lo que escribo porque es fruto de mi trabajo de investigación introspectiva, el cual está recalado fuertemente de la presencia de la experimentación, esto es, de mi peregrinar en pos del recóndito núcleo de mí mismo, que no difiere en absoluto del de cualquier otro congénere mío. Por eso evito decir “creo” y me inclino más por el término “experimento”, recorro o transito. Luego, cuando se da la oportunidad lo ofrezco como resultado final de la destilación del asunto investigado, por si, por azar, a alguien interesara. Y quiero añadir que, en mi caso, no profeso ninguna religión, ni camino conocido, ni me abro a creencias a priori, ni tampoco me cierro a ellas, sino que, si son de mi interés, las considero y del mismo modo que la abeja, libo de muchas y variadas flores para hacer mi propia miel. Tuvo que ser la maestra insatisfacción la que me fue espoleando hacia adelante, en la búsqueda de más, de desentrañar significados que a modo de los tesoros enterrados me auto encomendé el rigor de rescatarlos de allá donde estuvieran, siempre en el campo de mí mismo. Entonces, el peregrinaje interior, cual alfombra que se despliega al paso, va apareciendo, presentando circunstancias, produciéndose a sí mismo, en caso de estar poseído por la añoranza de Dios. En suma, el camino que recorro no lo he creado yo.

Retorno a Ítaca o retomar las primeras líneas de este escrito

Aquel niño que fui y que tengo el privilegio de seguir siendo, no habiéndolo matado identificándome con la vida en el mundo, ha aguardado mucho tiempo, muchísimo, para obtener las respuestas a sus inquietudes, esas cuyas preguntas yo me comprometí a traerle, convertido ahora en regalo de los magos, los que asumí, sin saberlo, sin darme perfecta cuenta, hasta haber encarnado en mí el cometido de ellos tres.

Ese niño era niño porque su identificación con el mundo aún no se había producido, ni éste había extendido sobre él los tentáculos y vínculos con los que succiona toda energía que produce, pues el mundo no la puede generar, y precisa obtenerla de quien sí puede hacerlo. Ese niño, todo esencia, mi “puer aeternus” ha sobrevivido a la espera de recordar quién es y para qué vino a un cuerpo. Y ahora ya está tranquilo; ya sabe.

Mi “puer aeternus” ya sabe que, como explicó Platón, del ideal descienden semillas que deben ser germinadas, cuidadas y dejadas crecer hasta su máxima expresión. Yo, a él, pues, le he conseguido sus más necesitados regalos en cuyo manuscrito se los escribí:

Amado yo. Te traigo unos regalos que, en verdad, no son tales, porque ya eran tuyos, yo tan sólo te lo recuerdo:

¡Crece!

Aquí te entrego la regia naturaleza solar, la ofrenda a la divinidad, y la serena integración en la naturaleza.

¡Crece!

Roque Yvars.