
La profesora Esperanza nos pregunta: A 150 años de su obra, que queda de Azorín. Qué recordamos de ese escritor que da nombre a la generación de 1898.
Mariano José de Larra va por delante. Su disparo mortal en la sien siega su vida con 27 años. Es un periodista romántico. Azorín, consciente del atraso secular de la Patria espera su regeneración. La literatura y la lengua van juntas.
Hoy ¿Quién tiene tiempo para leer los textos clásicos frente al aluvión de entretenimiento? La nubes -simbolismo- se transforman, viene y van, se disuelven en la nada y vuelven aparecer en otra esquina del cielo. Los ojos que las miran pasan, pero ellas son eternas en su eterno discurrir.
La literatura entra dentro del espacio literario, se convierte en metaliteratura. Todo parte del arcipreste, Fernando de Rojas y su Celestina, la tragicomedia de Calixto y Melibea.
Una ilusión: y si no mueren, se casan y llevan una vida feliz. Calixto, mejilla reclinada en la mano, mira estático el paso del tiempo y el devenir de su hija Alisa, que lee en el patio un libro de piedad. El texto azoriniano está trufado de palabras olvidadas de oficios desaparecidos. Todo huele a rancio, por más que Azorín recree el aroma de las rosas amarillas, blancas y bermejas.
Todo es quietud. En el aire se respira un penetrante aroma de jazmines, rosas y magnolias. Me desorienta la palabra magnolia, ya que es un árbol frondoso originario de Estados Unidos y estamos en 1499. Cita a Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, cita a Velázquez, cita a Campoamor.
La profesora, en un inciso, nos recuerda que Azorín se exiló en Francia durante la Guerra Civil pero no se imbuyó ni del surrealismo, ni del existencialismo o del Teatro del Absurdo. Azorín clásico, Azorín periodista,
Azorín dramaturgo, ¿Qué queda de Azorín…? Quizá «Las confesiones de un pequeño filósofo» que describe su juventud en el internado de los Escolapios de Yecla durante 9 años. Hay mucha obra entre la que elegir.
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