Cine Club Mediterráneo: «Veredicto final» con Paul Newman

La ley protege a los débiles

Las leyes siempre se crearon para proteger al débil del poderoso, por eso han de respetarse y son iguales para todos. «Veredicto final» (The verdict, 1982) disponible en varias plataformas, es un trabajo prodigioso del maduro Paul Newman que no necesitaba ser joven y guapo para asombrarnos con su talento, como un abogado cuya vida entera es una derrota.

Nominada para cinco Oscars, con un estupendo guión del dramaturgo David Mamet, que luego se pasaría a la dirección, y basada en una novela de Barry Reed, Sidney Lumet construye un film admirable, lúcido y emotivo. “Veredicto final” supuso para el cineasta un reencuentro con algunos aspectos de “Doce hombres sin piedad”.

Las primeras imágenes nos describen a Frank Galvin (magistral Paul Newman), un fracasado y patético abogado de Massachusetts, alcohólico y divorciado que se dedica a visitar parientes de difuntos en cuerpo presente, fingiéndose amigo y dejando su tarjeta con el fin de captar clientes, pues debe recurrir a esa pueril argucia, ya que en los últimos años los pocos casos que defendió fueron lamentables fracasos. Pero a Frank se le presenta una oportunidad de recuperar su dignidad moral (aunque al principio se le ofrezca sólo como una forma de ganar dinero), su único amigo, Mickey Morrisey (extraordinario Jack Warden), pone en sus manos un caso de negligencia médica.

Tal negligencia se tradujo en la incapacidad de una joven para siempre de toda vida consciente, Frank tras la visita a la postrada joven, decide renunciar a la indemnización a la familia, para llevar a juicio a los médicos responsables y al hospital dependiente de la curia católica de Boston.

Estamos ante el análisis de un proceso de lenta autoestima que llevará al perdedor y desahuciado abogado desde la derrota personal y moral hasta la asunción de la certeza que le proporciona lo correcto de su proceder.

El oficio de Lumet no se limita sólo a una correcta narración y a un funcional empleo de la sintaxis cinematográfica, sino que, mucho más allá, construye alrededor de su personaje central un universo hecho de retazos melancólicos: sus ratos bebiendo en el bar mientras juega al Pinball, la soledad sólo compensada con la ayuda de Mickey, su cochambroso y destartalado despacho, y la foto de la mujer que le abandonó.

Película de resonancias pictóricas – el cromatismo de Caravaggio ha influido en la concepción estilística del excelente operador Andrzej Bartkowiak –, la sordidez y tristeza de los decorados ofreciendo una gama de colores ocres y marrones, en días invernales con la ciudad nevada de fondo, reflejan el ambiente depresivo y la angustia de Frank que va enfrentarse a un poder fáctico y hegemónico, influyente sobre la justicia y dominado por el dinero que puede influir decisivamente en los medios de comunicación y pagar al mejor equipo de abogados encabezado por Ed Concannon (genial James Mason), que viste trajes caros, astuto y refinado, altivo y presuntuoso, “no hagas preguntas si no conoces las respuestas”, tan amoral como manipulador y tramposo. Pero no todo es preocupante, Frank ha conocido a una misteriosa y atractiva mujer (Charlotte Rampling) que despierta esperanzas afectivas en el abogado.

Los acusados de la negligencia son médicos de prestigio respaldados por la hipócrita institución católica que tratan de ocultar el escándalo. Pero bajo el melodrama emotivo y redentor, subyace una diatriba contra un sistema judicial opaco y burocratizado, y la fe inquebrantable en la institución del jurado popular.

Ciudadanos corrientes que representan a la justicia que emana del pueblo, que deben analizar unos hechos gravísimos, haciendo justicia para paliar el mal irreparable, gracias a las personas de buena voluntad. Galvin vivirá momentos de zozobra que aguantará estóicamente, porque sabe que el caso es la última oportunidad que le queda para recuperar su autoestima y rehabilitarse como profesional. Resulta inquietante el retrato de la institución judicial.

Un juez que no es imparcial, odia a Frank como representante de la acusación, es vago en su noble deber “este juicio nunca debía haberse celebrado”, y desprecia al jurado como representante del pueblo, seducido por la gula (siempre le vemos comiendo), además se permite la mezquindad de favorecer a la nutrida defensa para perjudicar al desvalido. Sólo nos queda confiar en la lucidez ecuánime y sabia de esos doce hombres y mujeres justos, el jurado popular.

Fuente: Facebook Cine Clásico