Playas, ríos, castillos, montañas y embalses en nuestra nueva ruta en Autocaravana Vivir

Y justo un mes después de haber retornado al hogar con las alforjas del espíritu llenas de imágenes tras un gran viaje por tierras francesas, Autocaravana Vivir nos devuelve la virtud de acoger kilómetros con el mismo cariño que otros acogen sueños dispares.

Con ruedas nuevas y una puesta apunto que tiene que durar varios años, ahora los culpables de nuestro éxodo son los cambiantes días de sosiego, algo estresados a última hora, que a la trabajadora de la casa su empresa le debe.

Y aunque las fechas se han movido más que los precios, el pasado viernes 16 fue testigo de que no había marcha atrás. Y claro, como sigue sin haber nadie que nos demuestre que después de esta vida hay otra, y convencidos como estamos que lo nuestro es conocer todo el mundo que el tiempo y la economía nos permitan, nos enrolamos sin demora en busca del texto y las fotos que han de ilustrar una nueva aventura sin capítulos por definir.

Después de varias semanas diseñando la ruta que por los mejores castillos del Valle del Loira nos tenía que llevar, los avatares del destino nos recortan los días a la mitad, por lo que deja de tener sentido una ruta de tantos kilómetros en tan corto espacio. La Autocaravana es un hotel con parada donde los sentimientos te indiquen, pero también es paz y tranquilidad allí donde decidas residir sin cargas. Enero, o quizás febrero serán los testigos de un viaje todavía por hacer. La ruta se inicia también hacia el norte porque los rituales están para ser respetados, y es que María Jesús, la jefa del barrio de Campanar en Valencia, nos recuerda que nuestra primera estación es siempre para recoger su recién hecha tortilla de patatas, a la que siempre acompaña de unos riquísimos filetes empanados.

Y aunque en esta ocasión el Loira no va a ser, otro castillo de ensueño nos espera en el camino. De momento, y con ese objetivo a la vista, Vinaroz, esa tierra que dicen está llena de ricos langostinos y que sirve de frontera para separar dos comunidades, nos ofrece un envidiado solar frente a su mar que nos acoge con el aire perfecto para dormir esa primera noche que sirve para reencontrar las sensaciones que sólo puedes entender cuando la vivas, de sentirte el dueño del mundo, con sólo poder parar junto al mar con los mismos bolsillos que un obrero y el fugaz poder de un magnate.

El radiante sol que nace del mar nos advierte de oportunidades que no se deben perder. Una caminata de dos horas recorriendo los extremos de unas playas, casco urbano y urbanizaciones de un Vinaroz que mira a la par hacia el Delta del Ebro y Peñíscola, es la mejor medicina para rejuvenecer los pulmones de cualquiera que necesita el elixir de la desconexión. Ese sol recién nacido que se mezcla con el suave oleaje matinal y el olor a mar que se advierte junto al sonido de las gaviotas y el despertar de la ciudad, permite recobrar la esperanza en una sociedad que no lo tiene todo perdido, a pesar de las mil barbaridades que los humanos nos lanzamos a diario. El desayuno en Autocaravana Vivir aderezado con el mejor embutido de mi amigo Alfonso Lara, es el complemento perfecto para seguir avanzando, ahora en dirección hacia esa lengua de mar que desde San Carles de la Rápita te conduce hasta la playa del Trabucador, donde unas sugerentes vistas en mitad de una península que amenaza con olas salvajes a la izquierda y la paz de la laguna a la derecha, sólo pueden ser bien digeridas con un rico helado que ayude a disfrutar de tanta felicidad. Estamos en la desembocadura del río más caudaloso de España.

Es hora de emprender el vuelo y hacia el norte que seguimos. Adentrados ya en la provincia de Cataluña y conscientes de que Roses, otra equis en nuestro señalizado mapa, queda aún bastante lejos, decidimos que Sitges puede ser un buen punto intermedio. Y aunque hay que reconocer que son muchos los destinos que todavía han de mejorar muy mucho la colaboración con un el turismo más creciente en Europa, allí que dormimos.

En un lugar menos bonito que Vinaroz, pero lo suficientemente cerca de la costa como para poder recorrer parte de la costa del Garraf y descubrir que la noche había sido festiva en la ciudad. El paseo marítimo de Sitges refleja la mezcla de añoranza por un pasado de lujos que intenta con fuerza seguir aferrándose a un presente más moderno, sobre todo en dirección hacia Vilanova.

Los cabezudos más madrugadores nos sorprenden por sus angostas calles avanzando lo que sin duda va a ser un domingo festivo, que nosotros no veremos, porque seguimos la ruta hacia el norte, haciendo parada, por descarte, en la espectacular Tossa de Mar, quizás el mejor descubrimiento del viaje. Una pequeña población enclavada entre carreteras que serpentean la costa y cuyo castillo es de obligada visita. Una fortaleza junto al mar que esconde preciosas vistas, alguna increíble cala y un faro que, junto a su poderosa oferta gastronómica y comercial, bien merece el respeto de una visita prolongada.

No llegamos a Roses porque un río con magia pegado a Sant Pere Pescador atrajo a la Autocaravana como si de un imán se tratase. Somos adictos a los paisajes que se acompañan de verde y azul, ese que ofrecen todos los ríos y muchos mares. Allí detuvimos el reloj y sacamos las sillas para disfrutar de algo tan sencillo como ver transcurrir el agua junto a los cañaverales a la par que el vuelo de los patos o el curioso salto de los peces. La mañana siguiente tenía un secreto guardado, y es que las extensas playas del parque natural de Aiguamoll del Empurdá son el reflejo del mejor de nuestros sueños cuando de vez en cuando creemos aterrizar en el paraíso. Lugar elegido para celebrar campeonatos del mundo de wind surf, la extensión de sus arenales y la paz de sus alrededores te embriagan hasta hacerte creer que estás solo en este mundo. Aunque sea por un momento, vale la pena vivir ese… esos momentos.

Ahora sí, Francia nos abre sus puertas a través de la Junquera. Y nos acoge con el cariño que cualquiera de sus impresionantes áreas de servicio te puede ofrecer para descansar y planificar. Una buena comida y algo de descanso y hacia Carcassone por el interior, recorriendo los infinitos viñedos que atestiguan el porqué de la calidad y la historia de sus vinos. Decenas de kilómetros rodeados de los múltiples colores que la viña te ofrece recién estrenado el otoño, hasta que la mágica Ciudadela te embriaga desde lontananza con sus torreones, anunciando tu llegada, cual príncipe de cuento, a la grandiosa Carcassone.

Viajar también es aprender, y la mejor lección de esta última epopeya sobre ruedas, es la inmensa diferencia que existe a la hora de conocer un mismo lugar dependiendo del momento elegido. Aquí estuve el febrero pasado y descrito está mi sentimiento en este mismo Facebook. Era de noche, hacía mucho frío, lloviznaba y no había un ángel por las calles. Sólo las luces medievales de la Cité fueron testigos de mi visita. Me quedé tan impactado que estuve meses describiendo aquel misterioso momento a Verónica, la misma que al visitarlo ahora, a mediodía, con calor y con numerosas personas abarrotando sus calles, no terminó de entender mi peculiar sonambulismo. La Cité era la misma pero el clímax distinto. Otra lección al saco de la experiencia.

La mañana nos recordó que acabábamos de inaugurar el otoño. Y con el premio del mejor sol del año, pusimos rumbo hacia Andorra. Treinta y cinco años después de haber ido hasta allí con mi madre, la emoción de saber que lo haríamos a través de la frontera francesa, y el convencimiento de que el recorrido sería inolvidable, fueron los motivos que nos previnieron sobre unas emociones que estaban por llegar. Si el camino desde Perpignan hasta Carcassone fue para enmarcar, la distancia que separa la Cité de la pequeña nación pirenaica, quita la respiración. Paisajes excavados entre montañas que van agrandando sus anchuras para guiarte junto al cauce de sus ríos mientras asciendes tantos metros como grados baja la temperatura.

La entrada en Andorra por Pas de la Casa evoca el inicio de un país que está sabiendo sacar el máximo provecho a sus posibilidades. Los kilómetros que te llevan hasta Andorra la Vella, que no son pocos, confirman lo descrito. Una nación en la que no hay casas de juego, prostíbulos, ni delincuencia, y que se ha convertido en el paraíso del esquí en invierno y el senderismo y las compras el resto del año. En el Campin Valira, recomendación de nuestro amigo Maxi, nos recibe Emilio con tal elegancia que nos hace sentir como en casa. Él mismo se encarga de señalizarme la ruta que he de hacer a la mañana siguiente, un camino de piedra esculpido en la ladera de la montaña junto al agua de un canal, que te permite disfrutar de las mejores vistas de la ciudad. Pero antes, esa misma tarde, un gran encuentro nos espera. Nos volvemos a encontrar con mi hermano Nelson, el padre de mi ahijada en República Dominicana, a quien no veía desde hacía varios años y a quien el destino me unió hace 27 años en uno de mis viajes por aquel maravilloso país caribeño. Después de una charla de varias horas y de despedirnos hasta pronto, un recorrido por la ciudad nos hace recordar a los dos momentos inolvidables. Aquí estuve yo con mi querida y añorada Mamá y Verónica en su viaje de fin de curso.

Necesitamos volver a encontrarnos con la soledad de la naturaleza y el embalse de Mequinenza parece una buena opción. Nos recibe con el cauce muy vacío en su parte más alta y muy lejos de hacer honores al nombre por el que se le conoce, Mar de Aragón. Decidimos entonces ir hasta Caspe, otro de esos lugares por los que he querido pasar en alguna ocasión y ahora se nos brindaba la oportunidad. El embalse nos ofrece un lugar paradisíaco al borde mismo de sus bajas aguas, con Autocaravana Vivir situada en lo alto de un peñasco que nos regala el mejor atardecer del viaje y una noche de oscuridad absoluta con su mejor presentación: satélites pasando, aviones que se esmeran por sorprendernos con sus juegos de luces y unas cuantas estrellas fugaces de última hora. Hacía tiempo que no veíamos con tanta claridad la Osa Mayor.

Después de disfrutar la mejor noche de la semana, decidimos que era hora de volver al inicio, pues todavía recordábamos la calidad del único baño de este viaje el primer día en la playa de Vinaroz. Eso sí, disfrutando de una nueva ruta para Autocaravana Vivir que nos permitió el lujo de pasar por Morella, un cuidado pueblo del interior de Castellón, pendiente en nuestra hoja de vida, y que nos dejó boquiabiertos al visitar su intrincado castillo, perfectamente restaurado, con las inigualables vistas que desde lo más alto te conducen al maestrazgo al tiempo que los buitres bordean con sus inmensas alas y pasan tan cerca que casi podrías tocarlas. Y aquí estamos de nuevo, en Vinaroz, junto al mar, salteando las horas de sol para bañarnos y las de lluvia para refugiarnos en nuestro hotel de cuatro ruedas.

Ha sido una experiencia más, ninguna es igual, en la que también he disfrutado mucho al escuchar en BOM Radio Benidorm las voces de mis compañeros Joan Cintas y Alicia Cueto, que me han proporcionado la tranquilidad de ver como dos profesionales han sabido conducir la emisora en mi ausencia y certificado, por si alguno de vosotros no lo tenía ya claro, que de imprescindibles está lleno el cementerio, uno de mis lugares favoritos pero que en esta ocasión no he tenido tiempo de visitarlos. Hasta pronto.