Rutas misteriosas y paisajes de ensueño en la nueva aventura de Autocaravana Vivir

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Leopoldo Bernabeu.- Empezamos a conocernos y nos gusta coquetear. Ambos coincidimos en lo que nos apetece, escaparnos. Buscamos momentos sin descanso y ponemos las excusas que hagan falta. Tenemos claro que el invierno nos apasiona y en este segundo aniversario no podíamos decaer en nuestra relación.

El cariño es algo que necesita cuidarse cada día. Autocaravana Vivir y este servidor están de nuevo en ruta. La experiencia del pasado Febrero, conociendo el interior de Gerona y sus zonas más altas, nos invitaba a repetir. Salimos el viernes a mediodía, con horas de retraso. Y es que nos cuesta arrancar, pero cuando lo hacemos nadie nos para. Nos estamos aficionando al perverso juego de vivir viajando, a golpe de escuchar a quienes lo practican, empezamos a creer en ello.

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Por fin hemos superado la barrera más difícil, esa que existe entre engañarse repitiendo “la vida hay que vivirla” y practicarlo con sinceridad. Es un placer que viajes con nosotros y nos ayudes a conocer los lugares que nuestra ilusión visita.

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En esto de viajar con la casa a cuestas, son pocos los motivos que hacen falta para echarse a la ruta, pero siempre es bueno maquillar lo que finalmente sucederá, con alguno de ellos. Estoy seguro que a mi madre, que de nuevo me acompaña, le haría mucha ilusión visitar a sus primos de Beziers, en Francia. Unido eso a que Cadaqués es un pueblecito catalán que Dalí hizo pasar a la historia, ya tenemos más que suficiente. Medimos kilómetros y los repartimos en tres capítulos, que eso de hacer demasiados tampoco es lo que prima cuando vas en Autocaravana.

El Delta del Ebro es una de esas zonas por las que habré pasado mil veces y nunca he parado. ¿Te sucede con muchos lugares? Este era el momento perfecto. Llegamos a San Carles de la Rápita oscureciendo, y según mi plan el mar me esperaba en calma. Si todo este viaje voy a dormir en sitios como la primera noche, tendré que lanzarme a escribir un libro. Con la sola compañía del cielo estrellado y el sonido de las ligeras olas del mar, desperté antes de que amaneciese para poder sentarme junto a un buen café viendo en la lejanía la famosa playa del Trabucador que da fin a la Península de la Baña, uno de esos lugares con los cuales la infinita España se empeña en demostrarnos todo lo que nos queda por ver y vivir.

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Dos horas de caminata matinal por la pequeña carretera que conduce hacia las marismas eran suficientes para convencerme de que hasta donde el camino lo permitiese, íbamos a ir rodando. Con los últimos kilómetros recorridos por la propia arena de playa y extasiados con las asombrosas vistas que esa lengua de arena construye en medio del mar, llegamos hasta allí para mostrártelo.

Hora de continuar, mis buenos amigos Arabela y Domingo, nos esperan en La Pineda, junto a Vilaseca, frente a Port Aventura, para comernos unos ricos calçots. Un mediodía familiar perfecto para reponer fuerzas y seguir el camino, aun quedaban varias sorpresas hasta alcanzar ese destino que, como excusa, ha venido de lujo desde el inicio.

Hora y cuarto de camino me dice el móvil que queda hasta Terrassa, una gran ciudad paralela a Barcelona en la que vive mi amigo virtual Carlos Dueñas, director del programa TONDI, con el que llevo tratando en Radio 4G Benidorm desde hace tres años y con el que todavía no me había dado un abrazo. Después de un buen café y una intensa charla, convertido ya en amigo real, puso otra nota de color a un primer intenso día en esta nueva aventura. Con la noche encima nuestra, me dirijo hacía ese lugar marcado a fuego entre mis planes, Verges, un pequeño pueblo del interior gerundense donde una casa llena de misterios… me espera.

La culpa la tienen mis amigos Adrián y Endika, los productores del podcast La Posada del Cuervo. Ellos pusieron el prólogo a esta locura. Leer el libro y entrevistar a su escritora, Marta Fontana, fueron la guinda a un pastel que estaba todavía por abrir. Llegué muy de noche, aparqué en un amplísimo descampado y no esperé para buscar La Casa de Verges. Cual fue mi sorpresa al llegar y ver la puerta abierta. Frío, luz medieval y ni un ángel por las calles, motivos suficientes para que se me erizara todo el vello del cuerpo. No me atreví a entrar…

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Algo que sí hice a la mañana siguiente después de recorrer doce kilómetros por senderos, ríos, inmensos prados y naturaleza en estado puro, hasta llegar a Bellcaire d´Empordà. Desayuno y ducha rodeado de decenas de anticuarios en un rastro espectacular que se cruzan en mi camino… de nuevo hasta La Casa de Verges. Os dejo el vídeo que grabé publicado en esta misma página de Facebook.

¿Te has fijado para todo lo que da proponerse una ruta?. No tardes en aprender que eso de los destinos son sólo la excusa. El viaje empieza a disfrutarse en el momento que se inicia. Tardé años en darme cuenta, aunque siempre tuve esa percepción. Es infinitamente mejor el trayecto y todos sus imprevistos, que el destino. Todavía no he llegado a Cadaqués…

De Cadaqués a Bayona, recorriendo los Pirineos franceses

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Viajar es vivir y aprender. No soy quién para dar lecciones de nada, pero así es como lo entiendo y lo disfruto. Después de aplacar mi incertidumbre visitando La Casa de Verges, el resto de excusas estaban por atender. Llegué a Cadaqués, y de nuevo mi alterada adrenalina se disparó. Esperaba encontrar un pueblo de costa, junto a Roses. Todo lo contrario. A la guarida de Dalí se llega tras serpentear kilómetros de montañas bordeando precipicios. Vale la pena. Preciosa estampa al atardecer recorriendo sus cortos y rocosos paseos marítimos, con islotes de fondo que sin ser el de Benidorm, reconfortan y evocan lugares cercanos.

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Unos jabalís me reciben, pero lo considero una circunstancia, craso error. Tras pasear las calles del antiguo e histórico Cadaqués, encontrarme a mi vuelta por agradecida casualidad el cementerio que nunca dejaría de visitar, otra importante manada de jabalís me espera a la salida. Es ya noche cerrada, ninguna broma, encima de la caja de un poste de luz me subí hasta que esos grandes y ruidosos salvajes animales pasaron. La policía local me dijo que allí eran costumbre y alucinado llegué hasta Autocaravana Vivir, donde un intenso viento me hizo disfrutar de otra diferente noche. Ninguna se parece a la anterior en esta aventura sobre ruedas que instala el hotel en los lugares más insospechados.

Al despertar, la Casa Museo de Dalí me esperaba en Portigart. Era lunes y estaba cerrada, daba igual, vi lo que quería, el prodigioso entorno donde se ubica, frente al marco que se dibuja del primer mediterráneo español, con feroz y continuo viento de levante, que da sentido a esa bohemia estampa que supongo el pintor de Figueres buscaba cuando se decidió por aquel escondido lugar.

No hay tiempo que perder, el sur de Francia nos espera. Y nada más cruzar La Junquera vuelve la magia de la incertidumbre, ¿a quien se le ocurre estrenar móvil antes de viajar?, me quedo sin datos y por momentos no se bien dónde estoy, ¡que pasada¡. A la fuerza se aprende, y eso pasó. Hora y media después, tras pasar Perpiñán y Narbona, estaba en Lespignan, uno de los dos pueblecitos a los que mis padres me llevaron hace cuarenta años, junto a Beziérs. Una sensación de felicidad e intriga subsanaba el déficit que tanto duraba. Me puse a buscar a monsieur Fernández, mi tío Alonso, primo hermano de mi madre, al que encontré, no sin alguna dificultad. Ese francés que estudié hace años resurgió de improvisto y yo mismo alucinaba al escucharme. Es como montar en bici, nunca se olvida del todo.

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Una pastilla del buen de turrón de mi amigo Kiko Sirvent hizo el resto. Mi tío se puso a cantar al verme, que felicidad. Cuatro horas de conversación y cita para el día siguiente, pues juntos iríamos a Boujan para visitar y comer con el resto de primos de mi madre… esa que nunca falla y siempre me acompaña. Despertar y recorrer los inmensos viñedos del entorno de esos maravillosos pueblecitos donde en español te comprenden casi todos, era el placer matinal que faltaba. Cubierto el expediente lo mejor estaba por llegar. Antonio, Fernando, Josie, Jacqueline, Silvie, Patrick y Alonso, me esperaban en comitiva como si fuese alguien especial. Supongo que mi madre sintió una gran felicidad, todos la besaron y la recordaron.

La aventura nunca para. Carcasona, otra leyenda de ciudad que todos recomiendan, era el siguiente de mis destinos. La silueta de La Cité, tal y como llaman a su ciudadela/ fortaleza, me impactó de tal manera, nada más entrar en sus dominios, qué a pesar del frío, las horas de actividad y los kilómetros recorridos, sólo unos minutos me separaron de salir a contemplarla. He visitado decenas de castillos en España, mejores y peores, grandes y pequeños, conservados y derruidos, pero como ese monumento Patrimonio de la Humanidad, no he visto nada igual. No estaba viendo un castillo, estaba entrando en una ciudad del medievo, con calles y casas tal como las dejaron sus antepasados. Pasear por dentro de las murallas, de noche, con viento gélido y agua-nieve, el encanto de las luces anaranjadas y en la mayor de las soledades, no tiene forma de describirse. Estuve extasiado durante un tiempo. Hablaba solo, no daba crédito. Era un espectáculo. De repente me había convertido en el invitado en medio de un pueblo medieval que dormitaba. Precioso espectáculo que no olvidaré.

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Tras dormir bajo una continua lluvia, volví de nuevo. La actividad de las calles y el impresionante cementerio a las puertas de su entrada principal, describían el perfecto sentido de la visita. Todo el sur de Francia respira vejez señorial. No son pueblos como los de la España del interior, siendo menos bonitos dejan entrever mayores vivencias. El orgullo por su bandera me daba cierta envidia….

Pero la vida no es perfecta y paseando por Carcasona, me llamó mi amiga Rosi para decirme que Carmelo había muerto. Me puse a llorar. Un matrimonio que conocí en 1.985 durante las fiestas de Benidorm y que ningún año fallaron en llamarme o venir a verme. Dos personas increíbles de Pradejón, en Logroño, que jamás olvidaré, y a las que, ahora me alegro de manera especial, hemos pasado a visitar varias veces en nuestros recorridos con Autocaravana Vivir.

Bayona estaba a casi 400 kilómetros, excesivos para un solo trayecto. Empecé el recorrido sabiendo que ningún peaje cogería. Casi 4 horas para hacer algo más de la mitad del camino. Junto a Lourdes y Tarbes he hecho noche, en un pueblecito frío cuya estampa principal eran los magníficos Pirineos que quedaban enfrente. Amanecer y seguir. Ya estoy en Bayona, esta ciudad que tantas ganas tenía de conocer, sin tener claros los motivos… o sí. Voy a ver si los descubro del todo y consigo describirlos.

Bayona en el País Vasco-francés, las Brujas de Zugarramurdi y Elizondo en el valle del Baztán.

Noche fría bajo el abrigo y la imagen de unos poderosos Pirineos que nunca había contemplado desde el lado francés. Paseo matinal de agradecimiento a quien cobijo me ofreció y camino hacia esa Bayona que afecta mi memoria, sin saber bien porque y desde hace demasiados años.

Siempre me sedujo ese imán vasco que, en mi subconsciente, se apodera de lo que nunca fue suyo… o sí. Bayona me recibe con el cielo encapotado, estampa perfecta para realzar mi ensoñación. Lugar señorial que une la historia de un envidiable empuje vasco y el emblema de quien aquello preside, el francés.

Una simbiosis que no deja de sorprenderme y a la que conforme visito más respeto, creándome cierta envidia. Un casco antiguo, presidido por su poderosa e infinita catedral, que merece la visita de cualquier que disponga de esa oportunidad. Trabajo concluido y superadas mis furtivas imágenes de un lugar que durante demasiado tiempo sirvió de zulo para quien el mal de España, que es solo una y por muchos más siglos, quiso durante demasiados años.

Autocaravana Vivir ruge conmigo. Todo nos gusta, pero amamos la soledad de la noche, el cielo estrellado, y si es junto a un lugar misterioso, miel sobre hojuelas. Zugarramurdi, pueblo de brujas y leyendas, nos espera. Había estado ya, pero nunca durmiendo junto a sus cuevas, sus aquelarres, sus calles vacías, iluminadas con tones ocres y anaranjados, y un enorme silencio sólo interrumpido por el ladrido lejano del perro de algún caserío. Tres preciosos caballos son mi compañía en esta gélida noche de montaña, ya en España, aunque tan cerca de la frontera que el roming no me abandona.

¿Por qué no volver a recorrer la gran cueva, origen de leyendas que a este precioso pueblo otorgan su fama? Es tan impresionante que es lo primero que hice al amanecer, recordando que la Inquisición hizo aquí tanto daño hace 4 siglos como fama le dio al lugar, raptando, juzgando de manera injusta y quemando en la hoguera a unas mujeres a las que se consideró brujas, que siéndolos, en absoluta eran ni malvadas ni perversas, truculentas formas de trascender la historia de manera injusta. Álex de la Iglesia dio vida a “Las Brujas de Zugarramurdi”, una gran película española que situó en el mapa del turismo a esta bella localidad del norte de Navarra, justo donde termina el Valle del Baztán y empieza el territorio galo.

Ese era nuestro próximo destino, dando solución a otra de las excusas que de inicio forman parte del subconsciente de un viaje que al final sale siempre mejor de lo previsto. Hace un par de semanas me hice con la trilogía del Baztán, las tres novelas escritas por Dolores Redondo que situaron hace diez años todo este valle en el mapa del turismo y de la intriga, terminando la noche anterior el primero de los libros. Elizondo era por tanto parada obligada. Esa es la magia de la buena literatura. Un pueblo que podría pasar como uno más de los muchos que hay por estas lindes, se convierte en un escenario que todos quieren visitar. Un juego de calles y rutas que me ha entretenido durante horas recorriendo las calles, casas, comercios, iglesias e incluso el cementerio, que son principales protagonistas de la novela en la que la inspectora Amaia Salazar resuelve, no sin 500 páginas de perfecta intriga, unos salvajes crímenes que suceden en su pueblo natal. Acabo de empezar a leer el segundo de los libros y promete tanto como el primero…

Culo inquieto con alma de baúl de la Piquer, prosigo el camino sin descanso, decidido a pasar visita a quien más lo merece, mi amiga Rosi de Pradejón, que hace dos días enterró a su marido, mi inolvidable Carmelo. No he llegado, me acabo de parar en Torres del Río, el albergue Templario La Pata de Oca, cuarta visita en seis meses, donde mi hermano Iván también me espera. Mañana cumpliré mi promesa. Mientras tanto diseño ya el viaje que empezará el próximo viernes 11 junto a mi media naranja, la gran Verónica, rumbo a Castilla y León, esa inmensa comunidad que vamos conociendo por cachitos. Estate atento porque te los iré contando y enseñando.