Libro Recomendado de la Semana: “Yo debo de ser gilipollas” de Manuel Maestro Real

Portada libro Yo debo de ser gilipollas
Manuel Maestro Real nacido en Albacete, el 31 de enero de 1969. A la edad de 40 años, despierta en mí la necesidad de expresar mediante la escritura todas mis vivencias y recuerdos, creando así una serie de microrrelatos poéticos tan interesantes como bien acogidos. Dentro de esta sección os quiero recomendar mi último libro: “Yo debo de ser gilipollas”.

​Tras una larga trayectoria, evoluciono notablemente y, transcurridos unos años, inicio un nuevo reto, la novela erótica; un género en el que me encuentro tan cómodo que me resultará realmente fácil crear una serie de obras que me consagrarán como el autor de erótica por excelencia.
​Versátil donde los haya, seré capaz de dar una vuelta más de tuerca a mi ya recurrente imaginación y creatividad y me atreveré con el género de humor en una obra tan dispar como atractiva e insólita, YO DEBO DE SER GILIPOLLAS; un libro que no dejará indiferente a nadie al tratar aspectos de la sociedad cotidiana desde una perspectiva tan realista y cruda como humorística.
Durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre, te espero en el taller literario que tendrá lugar todos los días a partir de las 18 h. y hasta bien entrada la madrugada
en la Plaza del Castell de Benidorm.

SIPNOSIS “YO DEBO DE SER GILIPOLLAS”

Ponte tú qué a mí me da la risa, gilipollas

Uno de los fenómenos más sorprendentes de nuestra sociedad, a mi entender, es el que se da en las colas de espera que se forman en los bancos, oficinas y sanidad en general. Entre ellos quiero destacar la que se manifiesta como un expediente X en los ambulatorios.

La tragedia se masca cuando un reducido pero escandaloso grupo de personas, que en su mayoría, y no todos, se dedica a bajar todos los días a coger cita con esa pobre víctima al que llamaremos médico de cabecera. Haciéndolo de esta manera, se aseguran una silla en cuantos pasillos y salas de espera están distribuidos por estos edificios. Los hay que, cuando un ele- mento de estos llega antes que otro, se sienta y lo primero que dice al que llega como tú o yo, por un catarro incurable, es decirle que esa silla está ocupada por una vecina que baja ahora mismo.

Suelen ser muy hábiles manejando los inexistentes cuadrantes vecinales. Y tú, que no entiendes nada, te quedas con una cara de gilipollas que alucinas. Por eso yo, hoy, y a través de este patético libro, te voy a ilustrar. Además, te facilitaré las pautas
para que no sufras las consecuencias de este extraño fenómeno: tu desgraciada y desafortunada mañana en la que el calvario será tu nueva religión si eres gilipollas y repites otro día más a esas horas.

Continúo… el siguiente hueco libre es totalmente inaccesible, pues corresponde al rival de esa persona del edificio pegado al suyo y otro ser malvado de estos te dirá algo similar pero con un ligero tono de bronca para demostrar a su eterno enemigo que no cederá territorio apasillado (nueva palabreja esta última).

Y los que somos gilipollas, en vez de esperar a que salga al- guien de la consulta con una lista nombrando a los tres siguientes en entrar, vamos y la terminamos de cagar cuándo, por culpa de la bajada de defensas que traemos, arremetemos contra nuestra pobre existencia preguntando: “¿El último…?” ¿Es que somos gilipollas? Estamos muertos automáticamente y, en un orden que no acertamos a entender, estos malignos seres de pasillos improvisan un repertorio de respuestas informativas que, si en ese momento nos hacen una foto, la usarían nuestras familias para nuestra lápida. Salta entonces el o la del fondo sur: “Perdone, aquí todos venimos con hora”. Antes de resollar, dice alguien en el fondo norte: “¿Tú, qué hora tienes?”. Mientras intenta, como puede, leer nuestra mente hecha mierda, entre otras cosas porque al abrir la boca la has acabado de liar.

Antes de darnos tiempo a reaccionar, aparece alguien de entre las penumbras del pasillo arrastrando una vieja muleta, forrada prácticamente en su totalidad con vendas, que varios médicos le sugirieron hace años que abandonase, y empieza a aproximarse a ti. Ante nuestros desorbitados ojos, logramos ver con incredulidad cómo su cabeza gira casi trescientos sesenta grados para saludar a todo el mundo. Al mismo tiempo y mucho antes de plantarse a tosernos en la puta cara, ya nos está preguntando qué es lo que nos ocurre para ponerse al día con el nuevo; esto último, a mi entender, es algo verdaderamente siniestro y aterrador y te lo explico así de crudo para que luego no digas que no estabas avisado por el gilipollas que ha escrito este libro.

Para colmo de tus desgracias, el asiento de nuestra izquierda es el suyo y, al sentarse, nos da con las bolsas que trae colgando de la muleta en nuestro dañado y enfermizo cuerpo. Por fin toma asiento y a nosotros se nos escapa una leve pero triste y amarga sonrisa pensando que ya podremos por fin morirnos tirados en esa silla cuando, por sorpresa y milagrosamente, su muleta cae hacia nosotros jodiéndonos el dedo gordo del pie en el que la semana pasada tuvimos un uñero hijo puta que sigue sin curar del todo. Ese es justo el momento en el que se abre la puerta de la consulta y alguien, vestido de blanco como los ángeles, pronuncia nuestro nombre y apellidos. Saltamos de la silla cual gato al que le han puesto un petardo en el culo, pero nuestra alegría se desvanece y queda encerrada como un eco entre las paredes de ese pasillo para siempre cuando nos dicen: “Muy bien, usted tenía hora a las nueve y cuarto, pero vamos con retraso porque el médico sale ahora a una urgencia”. ¡HOSTIA PUTA, ESTAMOS MUERTOS! Ja, ja, ja. Ahora, y no me lo niegues, es cuando nos sentimos como unos auténticos gilipollas que saben lo que les espera y que no salen huyendo a la carrera, llevándose por delante a quien tenga la mala suerte de estar en medio del pasillo de charreta con alguno de nuestros opresores y compañeros de condena. Es en este punto cuando el que está a nuestro lado, el del garfio, perdón, quise decir el de la muleta, comienza a gritar consignas de guerra contra en centro médico al completo, dejándonos sordos y perdidos para siempre, siendo nuestro catarro el menor de nuestros putos problemas. El del garfio, perdón de nuevo, el de la muleta, ese que sin mover un ápice su cuerpo, gira la cabeza hacia su derecha esperando encontrar en ti al incondicional compañero de batalla envenenado con sus insultos a grito pelao y a nuestra desamparada mente, que a estas alturas se encuentra al borde del suicidio para mandarlo todo a tomar por culo, provocándonos una brutal subida de fiebre para desconectar de tan dantesco escenario de impaciencia y crueldad.

Ahora vas, gilipollas, y si tienes cojones te vuelves a poner enfermo. Pero lo más jodido de todo es que nuestro cerebro se convierte en nuestro peor enemigo al abortar la orden de esa maravillosa subida de fiebre y justo hace lo contrario, inmoviliza nuestras extremidades dejándonos parapléjicos, ahí clavados, en esa dura silla de plástico. Nuestras manos se vuelven rígidas y no atinamos a ponernos los auriculares; los temblores se apoderan de nosotros y estamos a punto de perder la visión por una repentina subida de tensión; el rojizo de nuestro rostro comienza a decolorar y pasa a mostrar un pálido tono gris blanquinoso que no pasa desapercibido a cuantos enemigos esperaban nos ocurriese para terminar de recopilar toda esa información que tanto alimenta sus mañanas de gilipollas como yo.

Y comenzamos a sentir que hemos tocado fondo, pero un fondo pacífico en el que los tiburones del Jordi ya se hartaron de mierda y no nos van a comer, prolongando con ello nuestra agonía hasta bien entradas las doce y media de la mañana. En un vano intento por salir de ahí, acertamos como podemos a llamar a nuestro jefe esperando y rogando a Dios que este nos diga que se le amontona el trabajo, que nos tomemos una aspirina, que nos dejemos de hostias y que volvamos al trabajo. Pero nuestra desdicha sigue intentando hundirnos la vida al anular con los gruesos muros de esos pasillos la cobertura del cabrón de nuestro móvil.

En un nuevo acto de valor, y esta vez sin precedentes, nos ponemos a malas penas de pie y recorremos esa milla negra que nos separa de la libertad. Acertamos a ver muy al fondo un trozo de cielo en forma de mostrador repleto de ese tipo de ángeles blancos. Y justo cuando creemos que todo acabará por fin, el del garfio, perdón una vez más, el de la muleta, que se había arrancado en una frenética cacería del acatarrado, nos da un toquecito en el hombro. Dejamos caer todo nuestro peso al suelo de rodillas, cual gladiador cuya vida pende de hacia dónde dirija el pulgar el César, y rompemos nuestras ganas de vivir por la mitad en un ahogado llanto estirando la mano tratando en vano de alcanzar el puesto de los ángeles. Pero el agresor permanece quieto, con una colosal sonrisa y diciendo al mismo tiempo: “No se vaya. Yo no tengo prisa y, si quiere, puede entrar delante de mí cuando regrese el médico”. Y optamos por salir gateando a toda velocidad mientras le gritamos al buen ciudadano: “¡QUE TE DEN POR EL CULO, CABRÓN, NO SOY GILIPOLLAS!”.

¡Ay! Es que yo debo de ser gilipollas cuando no acierto a entender por qué nos seguimos haciendo daño con estas cosas que forman parte de nuestra cultura y vida cotidiana y a las que deberíamos estar súper acostumbrados.