El maltrato no tiene ciudad

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Nacida en Madrid, pero procedente de una familia de clase trabajadora de Castilla-La Mancha que emigró, como muchas lo hicieron desde distintos puntos del territorio patrio en la década de los años cuarenta y cincuenta  a la capital de España en aras de labrarse un futuro mejor, hoy converso con Josefina (a la que vamos a llamar así en honor a Josefina Manresa: por ser el amor, la mujer de nuestro oriholano más universal y querido: el poeta Miguel Hernández. Josefina es una vecina más, una luchadora nata, una amiga, con una residente en cualquier rincón de nuestra querida Marina Baixa. Y hablo con Josefina este fin de semana, en plena ebullición del Día Internacional de la Mujer (no voy a dar datos) de violencia de género, de su truculenta historia y de su lucha igual o parecida a la de cientos de mujeres de toda España. !Les aseguro que Josefina narra en primera persona y con el corazón en la mano la vida de una mujer salida de la prisión de los malos tratos cuando su destino debía haber sido muy diferente! ¿Les suena la historia? 

Un reportaje de Belén Richarte

Josefina es la segunda de tres hermanas. Sus padres, naturales de un pueblo de Castilla-La Macha, emigraron muy jóvenes a capital de España, pese a lo cual  nuestra vecina jamás vio el más mínimo atisbo de maltrato alguno “ni de mi padre hacia mi madre, ni de mi madre hacia mi padre, mi infancia fue muy feliz. Mi padre siempre dijo que sus hijas tenían que aprender a nadar, a conducir y tenían estudiar para que no dependiéramos de ningún hombre, así sucedió”.

Familia feliz

Al llegar a Madrid, el padre trabaja de albañil y la madre limpiando, “lo pasaron muy mal, eran muy jóvenes, apenas alcanzaban los 18 años, fueron años duros para ellos” -afirma Josefina orgullosa-, “mi padre al final se convirtió en un gran constructor y mi madre tenía una empresa de limpieza”. El padre consiguió con el tiempo ser contratista del Ministerio del Aire y, posteriormente, nombrado Jefe de Obras, con lo que tenía dos trabajos al mismo tiempo. La vida le sonreía a la feliz y joven pareja.

Asegura mi vecina que de ellos aprendió a superarse y a ser una luchadora. “Cuando tenía unos 16 años, estaba en el instituto y ya me había sacado el título de Auxiliar en Enfermería, pero seguía estudiando, y pese a ser tan joven me uní a las revueltas estudiantiles y a las feministas, me enfrenté a los antidisturbios en las manifestaciones, en aquel momento era ya una joven independiente y feminista”, explica. Con 17 años Josefina se matriculó en una autoescuela, no podía esperar “ya que en febrero cumplía los 18 y me podía examinar”.

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Los difíciles 17 años. ¿Quién no ha pasado el verano de los 17 años? ¡Me hacen chiribitas los ojos sólo de recordarlo!

Josefina, como cada año a sus 17 primaveras, año 1981, pasó su veraneo en un pueblo de la Costa Brava. Cuando llegaban las vacaciones toda la familia se trasladaba a un pueblo distinto de ese lugar de ensueño que conforma la costa catalana. También todos los años acaban el veraneo en el pueblo natal de los padres de Josefina, que coincidía con los días de las fiestas y se agrupaba el resto de la familia, en especial, entorno a los abuelos. Y claro una cosa lleva a la otra y como casi todas las chicas y chicos a esa edad se creen que ya lo saben todo y son mayores para todo. Y eso le ocurrió a Josefina: “Ese año pensaba que ya era mayor y no me apetecía ir al pueblo. Además tenía organizada una excursión por Francia y Suiza, pero al regresar del viaje mi familia me llevó de inmediato al pueblo”.

Craso error. En el pueblo comenzó la pesadilla de Josefina de la que tardó  mucho más de 20 años en recuperarse y arrastra tras de sí secuelas psicológicas importantes, las físicas cicatrizan. Allí conoció a su futuro marido y maltratador. “Nada más conocerlo me gustó, era el líder de la pandilla, diferente a todos los demás chicos del pueblo. Me engañó. Pensaba que era un chaval más o menos liberal, guapo, atlético, parecía como que no encajara en aquel ambiente. Además el interés que se tomó por mí me enamoró de inmediato. Venía a verme todos los fines de semana a Madrid en tren, 250 kilómetros ida y 250 kilómetros vuelta, dormía en la estación porque el tren salía temprano de vuelta y yo a las nueve de la noche, con 17 años, tenía que estar en casa”.

 “¡Ese hombre te va a matar!”

A la familia no le gustó el novio de Josefina desde el principio. El padre intentó por tres veces que no lo se casara con él hiciera pero Josefina estaba en su nube de los 18 años, pudiéndole decir a su padre por primera vez que no. “Fue más un acto de rebeldía que una huida hacia delante, además porque soy de las mujeres que piensan que a las personas hay que darles el beneplácito de la duda. Cuando dijimos de casarnos, por cierto yo quería sólo por el juzgado pero su familia y él se empeñaron en que por la iglesia, mi padre me dijo “no te cases con ese con ese hombre porque vas a ser una desgraciada toda tu vida, dudé por un momento”, lamenta.

Ya de novios Josefina notaba alguna pequeñas “anormalidades” en su futuro marido, pero ella lo achacaba más al cambio de vivir en el pueblo a una gran ciudad sin tener a nadie en Madrid con quien relacionarse. Para aquel entonces, el futuro miembro de la familia ya trabajaba para el padre de su novia.

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Todo el dinero que sacaron de la boda, que fue un millón de pesetas de las de 1982, “se las gastó él solito, en un mes, en el juego: maquinas, partidas, etcétera”, relata mi amiga que ya, en aquel momento, compaginaba su trabajo de auxiliar de enfermería en un hospital con más estudios y especializaciones, que escrupulosamente continuaba pagándole su padre.

Un día, después de trabajar y de dormir un rato la siesta, Josefina se fué a merendar con sus hermanas y su madre. Regresó a casa sobre las ocho de la tarde y cuando llegó lo primero que le espetó su recién estrenado marido fue “¿qué pasa, qué no has tenido tiempo de hacer la cama?”. Josefina no se calló: “¡Le dije que qué se pensaba que había estado haciendo! Además él también la podía hacer ya que yo me levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar fuera y en la casa y al mismo tiempo estudiaba”. La pareja se enzarzó en una discusión que fue en aumento, hasta el punto de llegar a la agresión. Josefina relata que “me pegó una paliza horrorosa: me rompió hasta el camisón (subió una vecina a ver si me encontraba bien y le dije que todo iba bien). Después me pidió perdón, me decía que no sabía lo que le había pasado,…Yo no dije nada a nadie, pero una amiga mía, que era vecina de mis padres, me vio los hematomas y le dije que me había caído. A los pocos días me llama mi madre a ver si podía subir a casa a firmar unos papeles. Cuando llegué tenía a toda la familia reunida. Mi padre me preguntó que cómo me iba con mi marido le dije que todo iba bien. En ese momento se levanto mi madre,  me levanto la ropa y me preguntó: ¿qué es eso? Le contesté que me había caído por la escalera. Mi padre me apeló a mi mala leche, mi independencia y me pedía respuestas y, sobretodo, me dijo que él ya tenía un abogado para solicitar el divorcio. ¡Ese hombre te va a matar!”.

El caso es que Josefina estaba embarazada, pero no lo sabía nadie, estuvo una semana separada de su maltratador. Un día la llamó, quedó con él, la convenció y volvieron a intentarlo. “Ese día comenzó mi verdadera pesadilla, fue lo peor que pude hacer. Mientras que duró el embarazo, que coincidió con mi regreso a casa, él se portó genial, era como estar en una luna de miel. Comenzó a trabajar en Renfe, años antes se había presentado al examen y había aprobado, además era hijo de ferroviario”.

Pero Josefina tiene muy presente  cuando “lo trasladaron a un pueblo a trabajar y sólo venía dos días a la semana a Madrid, yo los otros cinco vivía en casa de mis padres, y bajaba a la mía los dos días que él venía. Era raro porque cuando por aquel entonces la gente me preguntaba que quería si niño o niña yo siempre contestaba lo mismo: quiero un niño porque los niños sufren menos, -y subraya- “él jamás me acompañó al médico, bueno venía conmigo pero se quedaba en el bar jugando hasta que yo salía de la consulta. Nació mi hijo, no mostraba ninguna emoción por él, siempre estaba en el bar jugando a las máquinas. Pasó el tiempo, ya tenía destino, en Madrid y a mí a los tres meses de nacer mi hijo me salió otro contrato en el hospital y lo acepte, el niño empezó a ir a la guardería, y cuando me tocaba de noche se quedaba con mis padres. No se preocupaba por su hijo para nada, ya me tenía donde él quería sumisa y obediente”.

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Sumisa, obediente y buena pagadora. Josefina tenía claro que el día que cobraba ya lo tenía encima fijo. “Me esperaba en la caja para que le diera el dinero, antes no se hacía por transferencia, yo bajaba a la hora del desayuno y, aunque cambiara la hora de bajar a cobrar, él siempre estaba allí. No tenía más remedio que dárselo, porque sino me montaba un escándalo en el trabajo. Sin embargo, yo no veía nada de su sueldo, ni lo vi en los 17 años en los que estuvimos juntos”.

Mi vecina, especializada ya en Auxiliar de Geriatría, empezó a trabajar en un Centro para la 3ª Edad, al salir del centro queda con sus padres a los que comenta que había visto “un chándal de marca, precioso para mi hijo, mi madre me dio dinero para comprarlo y me dijo, comprárselo antes de llegar a tu casa. ¡Así lo hice y nada más entrar por la puerta y él lo vio se puso hecho una fiera!” -y recuerda amargamente- “me dijo que de dónde había sacado el dinero, le contesté que era un regalo y me soltó que ese dinero se lo tenía que haber dado a él: cogió el chándal y lo corto en pedacitos, así comenzó todo”.

Josefina ya estaba harta, su hijo tenía dos años, “estaba cansada de que me dejara siempre sin dinero, que no tener ni para darle de comer a mi hijo; mis padres me hacían la compra, pero no me daban dinero para que él no me lo quitará”. Mi amiga escondía el dinero en los sitios más inverosímiles pero siempre lo encontraba y tenía que mantener relaciones sexuales cuando su maltratador lo deseara sino la violaba directamente. Una tarde a la salida del trabajo Josefina le dijo que quería el divorcio. “Él se calló, entró en el dormitorio, me hizo una maleta y me echó a la calle en pleno mes de enero y en plena la sierra madrileña, mientras me empujaba hacia fuera de casa pero yo no quería irme sin mi hijo. Me enganchó del brazo y me amenazó: mañana cuando vengas a por tu hijo con tu familia o con la Guardia Civil, ya no estará, porque lo voy a vender, ya tengo comparador, me asusté tanto que no podía moverme de la puerta de la casa. Estuve toda la noche pidiéndole perdón, asegurándole que no volvería a pasar. A las seis de la mañana me dejó entrar y me dijo: ¡A partir de ahora aquí se hace lo que yo diga!”.

Así fue, así estuvo 17 años Josefina con su maltratador, parece que el número 17 está predestinado en su vida le digo para quitarle hierro a un asunto que arrastra tras de sí. Violaciones, palizas, insultos,… “¿Dónde vas a ir tú sin mí? ¡No vales nada, ni tu familia te quiere, quien te va querer a ti!”. ¿Les suena la historia? El miedo, como la fe, lo puede todo y más si hay hijos de por medio. No se sentía segura en ningún sitio y lo peor de todo era el temor a que llevara a cabo su venganza. “No pararé hasta veos a tu hijo y a ti enterrados en una fosa en mitad del campo”.

Todo tiene un precio

Al final Josefina consiguió el divorció de su maltratador pero le tuvo que pagar cuatro millones de las antiguas pesetas para que se fuera. “Firmamos el divorcio de mutuo acuerdo, con custodia compartida, la juez me impuso que yo le tenía que pagar 150.000 pesetas de pensión porque ya tenía mi propia empresa y llevaba varios centros geriátricos, viviendas tuteladas, servicios Sad…, como eran Bienes Gananciales, se lo tenía que pagar. Además me falsificó la firma en la Seguridad Social, dio de alta a varias personas que yo ni conocía, me la falsifico en Hacienda también y en el banco, mi abogada me dijo que por ese motivo si le podíamos denunciar y además tenía cárcel”, pero nuestra vecina lo único quería era que saliera de su vida.

A los dos años de estar pagándole 150.000 pesetas al mes a su maltratador, Josefina se cansa y ve en el cierre de la empresa la única forma de no pagarle nada. Cuando su ex se entera clamó al cielo: “Llamó a su hijo por primera vez desde que nos divorciamos y le amenazó con que sino le pagaba iba a venir a quemar mi casa con los dos dentro. Mi hijo lo denuncio, en ese juicio dijo que ese no era su hijo, que no era nada de él. Me levanté y le dije a su señoría que no tenía ningún inconveniente en hacer una prueba de paternidad pero mi hijo se levantó y le dijo que no pensaba hacerse ninguna prueba, porque sabía que él le había engendrado, pero que no había sido nunca su padre, que su padre estaba sentado al final de la sala, que era su yayi, mi padre. A partir de ese momento perdimos todo contacto. Mi hijo lo veía alguna vez, pero su padre no le hablaba y él tampoco. Así siguen”.

Josefina vuelve a empezar de nuevo. Abre una nueva empresa, todo va estupendamente, hasta que llegó la crisis y que se fue todo a la quiebra. ¿Sólo la crisis? “Bueno y los pufos de mi ex que todavía tenía contraídos con diferentes entidades, que esa es otra”.

 “Una piedra en el camino…”

Continuamos conversando Josefina a ritmo de la ranchera El Rey, una canción escrita por José Alfredo Jiménez, un clásico del folclore mejicano que, personalmente me encanta porque nos cuentan historias de amores y desamores del destino pero también de la fortaleza y de la capacidad de superación del ser humano.    Y eso es lo que me cuenta Josefina en este punto de nuestro encuentro. Tras su historia de malos tratos, divorcio pagado en el año 2000 y pese a quedarse casi en la ruina saca fuerzas de donde puede y trabaja donde le sale: de cocinera, cuidando ancianos, limpiando…, pese a haber tenido cuatro empresas y dado empleo a unos 50 trabajadores, la mayoría de ellas mujeres.

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En 2014 Josefina conoce a otro hombre. Un señor divertido, alegre, que la apoyó en una época muy dura de su vida, cuando se entera de que su hijo es toxicómano (pero esa no es su historia) y en 2015 decide darle una segunda oportunidad al amor. Por supuesto sin pensar en modo alguno que iba a tener similares consecuencias. Al año de conocerse le propone venirse a vivir a nuestras tierras asegurándole que con su curriculum y experiencia no iba a tener ningún problema a la hora de encontrar trabajo. “Nos trasladamos aquí porque él había vivido por estas tierras años atrás y no dejaba de repetir que había más oportunidades. Dejo mi trabajo, que en ese momento estaba cuidando a una anciana, desmonto mi casa y nos venimos aquí. Lo único que encuentro es trabajo de cocinera, (pero lo cojo), él no trabajaba” -y sigue relatando con voz clara-, “empezamos ya con temas que yo no veía bien, pero por otra parte como no me había puesto en tratamiento psicológico de las secuelas dejadas dentro de mí por mi primer maltratador, arrastraba un lastre mental del que me costó mucho salir posteriormente. Pensaba que veía cocos donde no los había. Mi padre, muy mayor ya, me dijo lo mismo: ‘ese hombre no es bueno’.  Así fue, me obligaba a tener relaciones tres veces al día, empezó o ya lo hacia antes, no lo sé, a consumir sustancias que no debía, cometía muy malos actos, me insultaba, o sin venir a cuento tenía salidas de tono, gritos…¡Me controlaba el móvil y hasta mis movimientos en el trabajo!”.

El día 1 de enero de 2016, hay fuerte discusión familiar por la tarde, y el día 2 de enero Josefina se va a pasar la Festividad de Reyes a Madrid con su hijo y su familia. Pasadas ya las Fiestas de Navidad, el 8 de enero, nuestra vecina le anuncia que se marcha, que quiere el divorcio. Ese fin de semana consuma la agresión, la tenían, al parecer, bien estudiada.

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Al día siguiente Josefina se encuentra ya embalando todos sus enseres más preciados, aunque cuando se trasladó de Madrid se trajo consigo en un camión hasta los muebles de su casa. Todo le daba igual, en ese momento lo único que le importaba era llevarse los recuerdos de su madre, que ya había fallecido. El resto lo dejaba todo. Sin embargo, ante individuos de esa calaña los asuntos de pareja no se pueden cerrar así sin más. “Primero me quiso violar, no se lo permití, estaba de baja laboral, porque tenía una lesión en un codo y me operaban a los cuatro días. Me quitó el dinero y el móvil, pero no sabía que yo tenía otro móvil que me había dado mi hijo” -y continúa- “me rompió toda la vajilla buena que mi madre me había comprado, y que ya la tenía en cajas para llevármela, me rompió las gafas y me retorció el brazo lesionado asegurándose muy bien de lo que hacía ‘como tienes una lesión aquí no me puedes acusar de nada’, me metí en una habitación y llame a la policía, cuando ve llegar a los agentes sale al jardín pidiendo socorro y chillando mi mujer me quiere matar”.

La dejó medio ciega, es decir sin gafas, sin las llaves del coche que su padre le había regalado a Josefina para Reyes, sin móvil y sin los 2.000 euros que acababa de cobrar por la mutua. Tuvo que pedirle dinero a su hijo y que le dejara un móvil con tarjeta para llamar al 016. “Yo ya había estado en contacto con ellas días atrás y me aconsejaron bien pero también me advirtieron: puedes salir bien o puedes salir mal”.

Resultado de imagen de fotos de atardeceres en alteaFotografía de Visit Altea

Ahora Josefina se encuentra muy bien entre nosotros, vecinos y vecinas de la Marina Baixa, afirma no tener miedo de nada y ayuda a otras mujeres a salvar el duro trance por el que ella ha pasado ya en dos ocasiones. No habrá una tercera.

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