
Isabel López Villanueva.- El pasado viernes 22 de septiembre, el primer día del otoño, estación de los bellos y diversos colores, llegamos al centro penitenciario de Font Calent Alicante 1. Pertenecemos al grupo de teatro “La Torreta” de Benidorm. Al cruzar el umbral que divide la libertad, un cosquilleo se instaló entre el asfalto y mis pies. La luz de la mañana se posaba en los barrotes al margen del tiempo. El aire tibio se funde en un olor a sueños y lucha con un atisbo de locura que ablanda el corazón, despertando una angustia, que no me abandonará por algún tiempo.

Seguimos caminando entre silencio y vacío, cuando la verdad era, que el recinto está lleno de vida. Tan solo las palabras de nuestro anfitrión y acompañante Manuel Blanco, suenan como música que se pierde en las espirales grises de alambre. Atravesamos puertas eléctricas, hasta llegar al patio donde los presos realizan sus tareas, conviviendo con los trabajadores del centro, algo parecido a una escuela de amigos, esa es la sensación, como una gran familia en una ciudad pequeña, la diferencia es, que unos salen y otros esperan.
La imaginación abre a veces alas grandes como el cielo, y me hizo recordar los años del colegio, las sillas de madera, las paredes con pintadas alegóricas, el castigo cuando algún niño infringía lo prohibido, los ojos del maestro…
Al llegar al salón de actos, nos espera Encarna que nos muestra el escenario preparado para dar comienzo a la obra, cuando llegó el momento. Amablemente contesta nuestras preguntas y nos explica sus funciones y las actividades del centro. Son presos preventivos, 8 módulos de hombres y uno de mujeres.
Aquí hay mucha actividad: escuelas, talleres varios, grupo de teatro, de música, coral, pintura, deporte, manualidades etc. Tienen televisión interna conectada durante la tarde y la noche, momentos de descanso. 300 funcionarios controlan y apoyan este proyecto tan necesario como importante para la reinserción.

Da comienzo el espectáculo. La sala con capacidad para unas 200 personas, reflejaba una apariencia cálida. Todos expectantes de mujeres acicaladas como si después fuesen a salir a celebrar el éxito. Sus miradas confiadas, preñadas de espera, y en el signo de los labios, pliegues de ausencia que produjeron en mí cierta ternura.
¡No puede ser! Comienza la función, el mimo sin palabras y las palabras con mimo, camuflando la flaqueza, representamos unas obras de humor y dos poemas. Llegan los aplausos de un público entregado.
Desde nuestra atalaya, sonrisas y lágrimas se mezclaban por igual. Sentí latir mi corazón, estrecharse y encogerse luego. Al concluir el acto, abrazos y fotos, todos querían inmortalizar ese momento donde, seguramente se evadieron de la realidad, gracias a la magia de uno de los artes más necesarios: “El teatro”. Fue una experiencia enriquecedora, la posibilidad de dejar de ser uno mismo, siempre es hermosa si hace feliz a otros.