
Uno de los perfiles que más desgasta a un equipo es el jefe que trabaja dieciséis horas al día y lo cuenta como un mérito.
Llegas a casa a las nueve con la cabeza embotada, abres el portátil en la encimera mientras se calienta la cena y miras el correo mientras te cuentan cómo ha ido el día. Cada vez que vibra el móvil das un respingo, y si te sientas media hora en el sofá sin hacer nada te entra una culpa que no sabes explicar. Nadie se declara adicto al trabajo: uno se declara comprometido, responsable y exigente consigo mismo.
Cuando nadie lo para, el cuerpo vive en alerta todo el día. Duermes peor, estás más irritable, te cuesta concentrarte y cada vez necesitas más ir desbordado para sentir que vales algo. Y tu equipo copia lo que ve: si el jefe contesta a las once de la noche, nadie se atreve a desconectar a las siete. Las vacaciones se convierten en semanas de trabajo desde otra ciudad, y la gente buena empieza a pensar que ese ritmo no va con ellos.
¿Cuándo fue la última vez que pasaste un domingo entero sin mirar el correo?