
Muchos directivos prefieren rodearse de palmeros sumisos que aplaudan cada ocurrencia antes que lidiar con profesionales con criterio que se atreven a cuestionar el statu quo o a señalar lo que necesita mejorar.
No son conscientes de que así empujan hacia la competencia a su gente y dejan a la empresa en manos de quien solo sabe aplaudir para sobrevivir.
Quien dirige compra una tranquilidad ficticia a corto plazo, eludiendo debates difíciles para proteger su ego y aplaudiendo a quien le endulza el oído, ignorando por completo que el silencio cómplice del halagador cuesta una auténtica fortuna cuando los proyectos se estrellan contra la cruda realidad del mercado.
Frente a esa dinámica tóxica, el cerebro del profesional analítico detecta que el rigor se penaliza y que la complacencia sumisa se premia, activando de inmediato sus mecanismos más básicos de reserva emocional y defensa psicológica.
El colaborador con talento comprende que su capacidad de análisis representa una amenaza para quien manda, de modo que apaga su implicación voluntaria, guarda sus advertencias en un cajón y entra en un estado de desánimo continuo que marchita su compromiso genuino.
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