Benidorm es, para el imaginario colectivo, la ciudad del sol perenne y el brillo de la luminosa luna en las mágicas noches. Es el «Paraíso del Mediterráneo», un faro de ocio y vanguardia. Sin embargo, cuando llega la primavera y el calendario litúrgico marca la Semana Santa, esta ciudad universal experimenta una metamorfosis profunda y conmovedora. En Benidorm late un corazón antiguo y sagrado que emerge con fuerza, demostrando que su identidad no es solo turística, sino profundamente espiritual.
La Semana Santa en Benidorm no es un evento más en la agenda; es la manifestación de su alma mística. Es el momento en que la comunidad se detiene para confrontar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, un misterio que, como bien señalaba el teólogo Karl Rahner, «no es algo que se resuelve, sino algo en lo que uno se sumerge». En Benidorm, esa inmersión es colectiva y palpable.
Las procesiones no son meros desfiles; son oraciones itinerantes. Cuando la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno o la Virgen de los Dolores recorre las calles, el contraste es sobrecogedor. El silencio respetuoso de miles de fieles se impone.
La cuidadosa labor de las cofradías ,cada nazareno, cada vela y cada paso llevado a hombros es un acto de amor y penitencia. Es la «mística de un Benidorm Universal fervoroso « convertida en un esfuerzo titánico y colectivo. Benidorm demuestra que, incluso en la «ciudad de la luz», la luz más potente es la que emana de la fe.
En la Semana Santa de Pasión, en Benidorm, en la contemplación del Cristo Crucificado, en la cruz se condensa todo el dolor del mundo, pero también toda su esperanza. Como escribía San Juan de la Cruz, «al atardecer de la vida, nos examinarán en el amor», y es ante la cruz donde ese examen cobra todo su sentido humano y divino.
En el corazón de la liturgia de Benidorm, este cuarteto resuena como un homenaje a ese sacrificio supremo:
Cristo en la cruz es vida y es consuelo
Cristo es el buen camino para el cielo.
no hay, alma, otra vía ni otro sendero,
en la cruz está el amor verdadero.
MANUEL GARCÍA GIL