
Peter Lindsay Weir (Sídney, 21 de agosto de 1944), director de cine australiano. Muy reconocido por ser el director de películas como «Gallipoli», «Único testigo», «Master and Commander», Gallipoli, «El show de Truman» y ésta que paso a reseñar como tributo a este gran cineasta.
«El club de los poetas muertos» (Dead Poets Society. 1989) disponible en varias plataformas, es un conmovedor drama humano que analiza la educación y sus discutibles criterios para aplicarla. Mi gratitud a todo maestro o profesor docente, más aún, cuando observamos que no se les respeta como merecen.
El profesor es, junto a nuestros padres, el que nos da la educación y el conocimiento, del que aprendemos toda la sabiduría y la cultura en nuestra adolescencia y juventud, qué mejor tributo que recordar esta grandiosa película imperecedera cuya filosofía es encontrar «Alguien que izase las velas de nuestro barco encallado para atrevernos a navegar libres por el mundo antes de terminar criando malvas». Todo un clásico de los años 80.
Peter Weir dirige un film valiente y emotivo, fascinante y envolvente, escrita autobiográficamente por Tom Schulman, una reflexión sobre la docencia y las rígidas y obsoletas normas que regían en las escuelas de élite privadas de finales de los cincuenta en los Estados Unidos: Tradición, Honor, Disciplina y Grandeza. Son los lemas de la escuela Welton en las montañas de Vermont. Una diatriba sobre las consecuencias de la llegada de un nuevo profesor (ex alumno de la institución) con ideas distintas, poco tradicionales, pero pragmáticas e ilusionantes, de amor a la vida, aprovecha el momento (carpe diem) convicción y lucha por ser uno mismo contra las imposiciones o los prejuicios de la sociedad.
“Coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta”. Estos versos del poeta Robert Herrick (1591-1674), son recitados por el profesor John Keating (un grandioso Robin Williams). Un hombre que ama la docencia, transgresor y romántico que adora la poesía. El cineasta se preocupa de dejar bien claro que Keating no es un contestatario ni un subversivo. La estructura narrativa contrapone una primera parte vitalista y optimista, en la que los alumnos y el profesor viven una pequeña utopía de libertad a una segunda más amarga y lacerante. En este sentido toda la película puede entenderse como una dialéctica entre el individuo y las instituciones (familia, colegio) que no es sino la tensión entre la libertad y el poder del orden establecido.
Una película visualmente espléndida, admiramos ese otoño de bosques rojizos precursores de una quimera, las noches brumosas en las que se reúnen los chicos en el refugio de los poetas muertos, más que por leer poesía es el gusto por lo prohibido, el frío y blanco invierno, la nieve que simboliza el dramatismo, la amargura de los sueños destruidos y las causas perdidas. La historia presenta un mosaico variado de personajes estudiantiles: el creativo, el empollón, el introvertido, el “manitas”, encarnado por un espléndido plantel de actores jóvenes capitaneados por Ethan Hawke.
El estudio de la poesía (la literatura, el arte… “lo aleatorio”) queda contrapuesto a las ciencias prácticas como la economía y la medicina. Y en esa contraposición Keating enseña a sus alumnos que “las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo”, en mi opinión propone una cultura renacentista. Hay una reivindicación de la belleza, la pasión y el romanticismo, que es la razón que hace vivir la vida más intensamente a las personas. Es más, el estudio se puede convertir en un placer, en un disfrute que compromete a la persona y está cercano a sus intereses. En definitiva un film que invita a vivir intensamente cada minuto de nuestra existencia y propone que la vida se convierta en una aventura extraordinaria. Y aunque las normas estrictas sentencien al «iluso» profesor, la semilla ha germinado en el cerebro y los corazones de sus alumnos… «¡Oh, capitán, mi capitán!», se alzan desafiantes ante la autoridad intransigente.
Fuente: Facebook de Cine Clásico
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