440 días después

Leopoldo Bernabeu.- 10.560 es la cantidad de horas que un político de Benidorm ha tenido que estar mordiéndose la lengua hasta decir basta, o incluso, decir Gracias. Porque el tiempo, esa infalible arma que todo lo cura y todo lo calma, también sirve para cambiar perspectivas. 63 semanas en las que se habrá cocido en todas las temperaturas, demasiadas veces con el fuego a toda potencia sin poder evitar que se quemaran las reflexiones, y 14 meses después dando las gracias porque haya sido el fuego lento quien haya ganado esa siempre injusta batalla.

Lorenzo Martínez, cocido en el bálsamo de fierabrás, habló ayer, y lo hizo donde tocaba y cuando tocaba. En el salón de Plenos del ayuntamiento de Benidorm, esperando religiosamente al turno de ruegos y preguntas y después de haber superado el calvario al que se le ha sometido. Sólo el tiempo nos dirá si es una etapa cerrada de manera definitiva, y no solo judicial. Porque esa es la clave de esta y tantas otras historias de características calcadas. Esas que sirven como prueba del delito, como prueba de la contradicción humana elevada al cubo.

Somos los mismos, siempre somos los mismos, los que primero nos quejamos porque no existan personas capaces que quieran ocupar puestos de responsabilidad dentro del mundo de la política, y luego matamos a cualquiera a las primeras de cambio, sin contrastar, sin preguntar… Es obvio, resulta evidente, nadie puede ya disimular que los medios de comunicación, de los que me avergüenzo en demasiadas ocasiones, servimos como vehículo conductor para ejercer como terrorífica pena de telediario al servicio de un colectivo político podrido a más no poder. Pero ¿de qué nos quejamos?, si ponemos lo más torpe, lo más perverso de una sociedad al cuidado de nuestro futuro, el resultado no pude ser otro.

¡Pues que se presenten los mejores!, pensarán algunos. Y ya tenemos el maldito gato que se muerde la cola, la rueda viciosa sin fin. Nadie va a querer jugarse su reputación si ni siquiera respetamos la presunción de inocencia y creamos juicios mediáticos paralelos inmediatos. Nadie, sólo aquellos que en su vida profesional no han demostrado nada, algunos incluso porque nunca la han tenido. A esos no les importa el que dirán, nada tienen que perder, y es fantástico cobrar por no hacer nada.

En el caso de Lorenzo Martínez, ya sobreseída su causa después de un calvario que para él y su familia habrá sido eterno, todavía espera sentado a la puerta de su casa que alguien le pida perdón, que alguien le diga “lo siento”, pero él seguirá ahí sentado porque sabe que, tarde o temprano, pasará los cadáveres de quienes la vida a de terminar poniendo en su sitio. La pesadilla girará en la conciencia de aquellos que tanto daño personal han hecho… de lo contrario, directamente no son personas, sino alimañas.

Es perverso, deleznable, insufrible… lo que en este país hacemos por sistema con todo aquello que huela a político. Soy consciente de que la culpa de unos cuántos recae en sentencia para todos. Pero entonces no nos quejemos. Son demasiados los casos de justicia lenta que han acabado con la vida, en todos los sentidos, de muchos de ellos. Una resolución judicial favorable, no quiere decir que el estigma social que se ha creado se resuelva con las mismas garantías, es algo que ya hemos visto. ¿Vale la pena arriesgar tu patrimonio y tu honor para que esa sociedad a la que te entregas te lo agradezca así?