La cigarra y las hormigas o la Europa del Norte y la del Sur

Europa del sur vs Europa del norte - ForoCoches

Francisco Amillo.- Hace unos 2.600 años que Esopo, en la antigua Grecia, recopiló una serie de relatos. Fueron puestos por escrito por autores posteriores y tuvieron gran difusión. En ellos los protagonistas suelen ser animales y finalizan con una reflexión moralizante, dejando patente su intencionalidad didáctica. Estos relatos se denominan fábulas y su final es la moraleja.

Las fábulas de Esopo fueron muy populares en el mundo clásico, el medieval y el moderno. Fueron adaptadas a otros idiomas por Fedro (latín), Jean de La Fontaine (francés, siglo XVII) o por el alavés Félix María Samaniego en el siglo XVIII. Las Fábulas de Samaniego fueron en mi infancia una lectura escolar muy frecuente.
Estos autores dan su versión pero yo os pongo la clásica por ser menos  conocida:«Durante el invierno las hormigas conservaban el trigo tierno. En cambio una cigarra hambrienta les pedía comida. Pero las hormigas le dijeron: “¿Por qué durante el verano no recogías también tú comida?” Y ésta dijo: “No estaba ociosa, pues cantaba al son de mi música.” Y ellas tras reírse le dijeron: “Pues si cantabas en las horas de verano, en las de invierno baila.”
La fábula enseña que en toda circunstancia no conviene que uno se descuide, para que no se lamente ni corra riesgos».
Está claro que las hormigas no ayudaron a la cigarra. Esperaron a que muriese y se comieron su cadáver. Cuentos y fábulas solían tener finales duros, como la vida.
Esta fábula se ha utilizado para explicar la actual situación de la Unión Europea dividida entre las cigarras del sur que piden ayudas y las hormigas del Norte, remisas a hacerlo. Las hormigas dicen que las cigarras despilfarraron en épocas de bonanza y por tanto se tienen merecida su situación actual, imputable principalmente a su imprevisión.
Para entender este fenómeno conviene repasar brevemente sus antecedentes. El siglo XXI empezó en España con una situación expansiva extraordinaria. El crédito fluía a raudales. Si te comprabas una casa el banco te prestaba casi todo su valor e incluso más, hasta para los muebles. No sólo había préstamos hipotecarios sino para casi todo, desde creación de empresas hasta gastos de consumo: coches, viajes, etc. Vivíamos en el país de Jauja, donde era fácil conseguir lo que se deseaba, hasta operaciones de cirugía estética. La construcción era el motor de la actividad económica y el crédito barato su combustible.
La crisis del 2008 cortó de repente el hasta entonces inagotable chorro del crédito. Los precios inmobiliarios se desplomaron por falta de demanda y las empresas constructoras paralizaron su actividad. El desempleo alcanzó cotas que no se conocían desde hacía muchos años. España fue un país duramente golpeado por esta crisis pero no el único ya que estábamos acompañados por los que las hormigas del norte denominaron PIGS (cerdos), acrónimo de Portugal, Ireland, Greece, Spain. Según las hormigas habían despilfarrado recursos, habían vivido por encima de sus posibilidades y ahora debían pagar por ello. Las hormigas se olvidaron de que fueron ellas las que habían inyectado una buena parte del crédito que les ofrecía dos retornos importantes: los intereses y la compra de productos industriales. Los PIGS habían sido un excelente mercado para los productos de las hormigas. En España en aquellos años un signo externo de progreso eran los automóviles alemanes de gama alta, Mercedes y Audi sobre todo.
Ante la crisis mundial las hormigas sólo pensaron en el corto plazo y exigieron recuperar sus préstamos. No se les ocurrió ayudar a las cigarras a reconstruirse para que en el futuro siguieran siendo compradores de sus productos. Los rescates que ofrecieron estaban condicionados a una política de austeridad que garantizara la devolución de los créditos. En España, en 2011, forzaron al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a reformar el artículo 135 de la Constitución española estableciendo la estabilidad presupuestaria y que el pago de la deuda pública fuese lo primero a pagar frente a cualquier otro gasto del Estado en los presupuestos generales, sin enmienda o modificación posible. Afortunadamente la entrada en vigor de parte del artículo se demoró hasta 2020 y con la COVID-19 sigue en el aire. De todas formas se priorizó el rescate de las empresas sobre las ayudas a los ciudadanos. La SAREB y los rescates de entidades bancarias son dos ejemplos.
Las hormigas obligaron también a hacer recortes en el gasto público que afectaron los sueldos de los funcionarios, de las pensiones, a la educación, a las prestaciones sociales, etc. Fue una política que algunos denominaron “austericidio” porque exigió enormes sacrificios a la población, reduciendo la clase media, incrementándose los índices de pobreza y aumentando la desigualdad social, o dicho de otra manera: los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres. El país que más sufrió con esta dureza fue Grecia. Las disculpas posteriores de algunos dirigentes de la Unión Europea y de Ángela Merkel no evitaron ese sufrimiento.
Volviendo a España me parece importante destacar que la Unión Europea exigió recortar gastos en Sanidad. Eso supuso reducir las plantillas y mantener un exceso de profesionales en interinidades de muchos años. Los sanitarios españoles están muy mal pagados en relación a los europeos. Los recortes implicaron también una reducción del número de camas de hospital y de UCI y unas listas de espera desproporcionadas. El descenso en el gasto público sanitario se inició en 2009 y siguió hasta el 2014. A partir de entonces fue aumentado hasta que en 2019 se recuperó la situación anterior aunque si se tiene en cuenta la inflación la subida es menor. Junto a los recortes se produjo la privatización de la gestión de algunos hospitales públicos y eso no fue imposición europea sino ocurrencia de políticos nacionales encabezados por Eduardo Zaplana, acusado actualmente de los delitos de blanqueo de capitales, malversación y prevaricación.
Mientras en España recuperábamos poco a poco la inversión en sanidad, las hormigas del Norte seguían mejorando su sistema sanitario con personal mejor pagado, más numeroso y con más camas de hospital y UCI.
Y en esas circunstancias sobrevino la COVID-19. En nuestro país en las primeras semanas de la pandemia, el sistema sanitario colapsó en al algunas comunidades autónomas que registraron cifras muy altas de mortalidad. No fuimos los únicos, ya que Italia y Francia también la han sufrido muy intensamente. Se podría añadir Gran Bretaña, pero como ya está con un pie fuera de la Unión Europea, no le afecta el debate que se ha suscitado en ella.
Las hormigas quieren ayudar a superar la crisis económica con créditos mientras que las cigarras quieren ayudas a fondo perdido. Volvemos a la situación anterior aunque con una Alemania más proclive a acercarse a la petición de las cigarras.
No comparto que algunos países del norte quieran apretar las tuercas financieras a los tres países mediterráneos. Deberían pensar que constituyen un mercado de 114 millones de habitantes que van a dejar de consumir sus productos en un momento de crisis mundial; los países de fuera de la Unión Europea no van a sustituir la demanda de españoles, franceses e italianos.
No comparto esa posición pero la puedo entender: defienden sus economías nacionales porque anteponen su nación a la Unión Europea. El europeísmo está en crisis, otra consecuencia de la anterior crisis económica.
Lo que no puedo entender de ninguna manera es que haya españoles que defiendan a las hormigas y piensen que esta crisis no está causada por la COVID-19, sino por nuestro despilfarro.
Ni yo ni miles de valencianos hemos despilfarrado en Terra Mítica, la Ciudad de la Luz, el aeropuerto del abuelito, ni en autopistas sin coches, ni en la Fórmula Uno. Tampoco nos hemos quedado con dinero de la Cooperación ni hemos cobrado comisiones por recalificaciones, contratos con información privilegiada etc.
La inmensa mayoría de los ciudadanos no somos directamente responsables de esta situación pero la sufrimos. La Comisión Europea recordaba en mayo de este año que España es el país europeo con las prestaciones por hijo más bajas de la UE y advertía que la crisis por el coronavirus podría aumentar la pobreza en el país, especialmente entre las familias con niños, cuya protección social es muy limitada. Según el INE, España es el sexto país de la Unión Europea con mayor tasa de pobreza, con un 21,5% de habitantes en esa situación (Encuesta de Condiciones de Vida del INE de 2018). Entre ellos hay un 12,3% de personas que trabajan pero a las que su empleo con remuneración muy baja no les permite salir de esa pobreza.
¿De verdad se puede defender que son ellas las responsables de esta situación y que no se merecen la ayuda de la Unión? Una ayuda que no debe ser altruista sino interesada: la recuperación económica favorece a todos, a los que ayudan y a los que reciben la ayuda. No se trata de ser altruistas sino de ser prácticos. Y en cuanto a los españoles deberíamos trabajar juntos para conseguir las mejores ayudas posibles. Esta crisis, sobrevenida cuando aún no nos habíamos recuperado de la anterior, está causando mucho paro y mucha necesidad. Eso nos perjudica a todos.