Los incendios de antes no eran como los de ahora

Fotografía de El Confidencial

“Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema”. Este eslogan posfranquista para concienciar al personal de que el monte es de todos, caló, y mucho, en la mentalidad de los españoles. La frasecita famosa forma parte desde tiempo ha de mi imaginario, y del colectivo. Por ello me cojo unos rebotes del carajo cada vez que enchufo la tele y veo que media España está ardiendo. Y la otra media está en “estambay”.

Saz Planelles.- Y con las imágenes de las llamas retrocedo sesenta años y comienzo a comparar. Porque antes también había incendios. Pero desde luego no eran como los de ahora. Ni duraban tanto. Si acaso, unas cuantas hectáreas calcinadas. Llevamos más de 200.000 en lo que va de año. Cualquier tiempo pasado fue mejor. Antes los incendios eran igualmente virulentos, pero no duraban más de dos o tres días. Y eso tirando de largo. Sonaban las campanas de los pueblos próximos a un incendio y todos se afanaban en llegar al monte como fuera. Los vecinos dejaban sus cuitas para trabajar codo con codo para vencer al fuego. Con picos, palas y ramas. Ese era el material contraincendios. Los vecinos (ahora se llamarían efectivos) ataviados con una camiseta de tirantes, un pañuelo estilo “cowboy” como bozal contra el humo y un pañuelo encasquetado a la cabeza con cuatro nudos en sus puntas para mantenerlo sujeto al cuero cabelludo. Nada de trajes ignífugos, ni cascos de astronauta para proteger la cabeza, ni por supuesto bombonas de oxígeno. Tampoco había UME, pero los soldados de reemplazo, de campamento o maniobras por la zona, colaboraban como el primer guardia civil o policía municipal. No eran “efectivos”, pero su trabajo era efectivo y en poco tiempo se vencía al fuego.

 Sí, los incendios de antes no eran como los de ahora. No sabíamos de categorías de incendios de sexta generación sin haber pasado por el segundo, tercero, cuarto y quinto. Ni había puesto de mando avanzado ni otras modernidades por el estilo. Lo más, el comandante de puesto de la Guardia Civil del pueblo más afectado por el incendio, que además solía ser un sargento, que subido a un Land Rover modelo tartana, megáfono en mano se desgañitaba a grito “pelao” dando órdenes al viento. Sobre todo al tío Antonio, que años ha que dejó atrás los 60: “Antonio, me cago en la madre que te parió. Sal de ahí que como cambie el viento te atrapa. Y tú ya no estás para correr una maratón ladera abajo”. Y el tío Antonio, haciéndose el sordo como una tapia, o quizá lo estuviera, arreciaba con la rama dando mamporros a las llamas.

Pues eso, que los incendios de antes no eran como los de ahora. Ni aparecía un helicóptero con un chef estrella Michelín para hacer la comida a los “efectivos”. A media mañana, los Ayuntamientos de la zona, las esposas y novias de los ahora llamados efectivos, e incluso el párroco del pueblo con las beatas, hacían bocadillos de chorizo y jamón de la última matanza, proveían de frutas, melones y sandías, que entonces estaban baratas, y agua e incluso alguna bota de vino de tapadillo y en la furgoneta del tío Genaro se subía la comida al monte en llamas. Momento que aprovechábamos los chavales para colarnos en la furgoneta y llegarnos hasta allí para ayudar, aunque lo que de verdad hacíamos era estorbar. Hasta que alguien nos descubría. “¿Pero qué cojones hacéis aquí? ¡Veros p´abajo!”. Queríamos ayudar. Cogíamos agua para hacer que hacíamos algo hasta que alguno en lugar de pegar con la rama a la llama nos arreaba en las costillas para que tiráramos camino abajo. Los no “efectivos” de entonces eran personas efectivas con nombres y apellidos. “Paco, haced un cortafuegos ahí abajo que las llamas tiran p´a tu bancal”, decía el sargento de la Guardia Civil. Claro que el no cambio climático también mataba, como ahora, pero entonces en todos los pueblos de la “contorná” sabíamos por quién doblaban las campanas.

Los incendios de antes no eran como los de ahora. No había olas de calor, ni ciclogénesis explosivas, danas, filomenas, gotas frías, templadas o mediopensionistas. Pero en invierno hacía un frío de cojones y en verano un calor que te cagas. Y como la Naturaleza es caprichosa, a veces en pleno diciembre los chavales nos bañábamos en Madrid en el Manzanares o en el Canal de Isabel II, y en ocasiones hasta mucho después del 40 de mayo no nos quitábamos el sayo. No teníamos cambio climático, pero sí algo parecido cuando en Córdoba en agosto llegaban a veces a los 50 grados.

Los incendios de antes no eran como los de ahora. Ni duraban más de tres días. Tampoco había muchos medios aéreos. Cuando el avión cisterna, uno solo, ahora llamados hidroaviones, llegaba al lugar de los hechos, era un clamor y un espectáculo verlo soltar el agua. Y quien tenía la suerte de verlo cargar en el pantano de la zona ya tenía una batallita para contar a sus nietos.

Algo estamos haciendo mal. En pleno siglo XXI, con drones, satélites que detectan el aumento de calor sobre la tierra, que fotografían desde no sé cuántos kilómetros de altura a un tío cagando, que fotografían la matrícula de un Toyota desde el espacio, que prevén el calor y el frío, las tormentas secas o mojadas desde una semana antes, no sean capaces de detectar las causas, anticiparse y poner remedio para que los incendios no duren más de tres días, es que algo estamos haciendo mal.

Antes también debía haber tormentas secas y rayos incendiarios. Pero para nosotros, el monte se quemaba por descuidos, porque dejábamos una botella cuyo culo hacía de lupa con el sol y quemaba el monte. Y, sí, había algún pirómano “sonao” al que la Guardia Civil le echaba el guante en dos días. Los focos de inicio los teníamos de uno en uno, no arrancaban en cuatro puntos a la vez. El fuego aparecía en cualquier lugar, no sólo en zonas generalmente batidas por los vientos. Tampoco existían los molinos eólicos para generar electricidad. Ni necesitábamos grandes extensiones deforestas para instalar huertos solares. Ya te digo, los incendios de antes no eran como los de ahora. Ni las necesidades.

Pero sigo pensando que algo estamos haciendo mal. El perverso tardofranquismo creó el ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza), encargado del cuidado de los montes y la fauna ibérica. Afortunadamente, por franquista, se lo cargaron en cuanto pudieron. Pero desde el ICONA se pagaban peones para limpiar el monte en invierno para que ardiera poco en verano. Hacer cortafuegos y mantenerlos limpios. Y a los peones del ICONA se sumaban las ovejas del tío Ambrosio, que remataban la faena dejando los cortafuegos más limpios que la patena. Los movimientos ecologistas de la época eran los agricultores, ganaderos y cazadores, que además se encargaban de mantener con agua las piletas artificiales para que el ganado salvaje pudiera abrevar en agosto. Y el monte se mantenía en invierno para que no ardiera en verano. No había Agenda futurista 2030. Sólo agenda del día a día.

Ahora, con ese falso proteccionismo del no menos falso ecologismo de salón, que impide arrancar una mala hierba, un cambio climático no distinto al de antes, un amariconamiento conservacionista de la fauna autóctona y los movimientos verdes políticos de despacho… estamos como estamos. Desde luego, los incendios de antes no eran como los de ahora. Creo que algo estamos haciendo mal.