Epidemias, pandemias y estupidez humana

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Paco Amillo.- La grandeza de la Historia es que nos ayuda a no repetir los errores de nuestros antepasados. En el siglo II d.C. el poderoso Imperio Romano fue invadido por un enemigo despiadado.

Utilizando la red de calzadas, el mejor sistema de comunicación que la humanidad había conocido hasta entonces, se extendió por todos los rincones del Imperio y lo castigó sin piedad durante quince años. Las legiones romanas, que durante siglos fueron la más poderosa máquina militar del mundo, fueron diezmadas por este enemigo. En realidad fueron ellas las que lo trajeron desde Oriente. El enemigo era la peste Antonina (165-180) también denominada peste de Galeno por ser este médico el que la describió. Hoy día sabemos que fue una pandemia de viruela o de sarampión, no de peste. Posteriormente, en el siglo siguiente hubo un rebrote, la peste de Cipriano (desde el año 251 hasta el 270). También fue de sarampión o viruela aunque hoy día los expertos se inclinan por la viruela.

Al durar tantos años sus consecuencias fueron tremendas. Las pérdidas demográficas fueron cuantiosas, especialmente entre los elementos productivos: campesinos, artesanos y esclavos. El comercio se contrajo hasta el punto de caer en la autarquía. Esta crisis económica supuso un espectacular retroceso cultural y artístico. El antiguo esplendor de la cultura clásica se perdió para siempre. Desde el punto de vista social se produjo una enorme polarización con un reducido grupo de personas ricas y poderosas y una mayoría de campesinos pobres que darían origen posteriormente a los siervos feudales. La clase media desapareció. Desde el punto de vista político la actuación fue desastrosa. En vez de incentivar la producción y el comercio para generar riqueza sólo se recurrió a subir los impuestos a los pocos productores que quedaban. El resultado fue mayor hundimiento de la economía y la recaudación fiscal bajó tanto que el Estado fue incapaz de hacer funcionar las instituciones. Hubo golpes militares y guerras civiles que acrecentaron el descontrol, las revueltas sociales y crearon muchísima inseguridad. Los romanos, en vez de combatir la plaga y la crisis subsiguiente, se dedicaron a guerrear entre ellos. Al final la solución fue la autodestrucción: dividieron el imperio en dos Estados independientes, uno con capital en Roma y otro en Constantinopla. El Imperio de Occidente fue invadido por pueblos germánicos que las legiones ya no podían contener. En el siglo V desapareció y se fraccionó en numerosos reinos que vivieron desconectados unos de otros. La unidad de Europa se perdió. Las antiguas calzadas, que habían favorecido los intercambios económicos y culturales, quedaron en desuso. La pobreza, el hambre, el bandolerismo, la ignorancia y la ausencia de cultura fueron la tónica de ese período. Ante la crisis, los hombres se dedicaban a expoliarse unos a otros en vez de colaborar para salir de ella.

Pero poco a poco la situación fue mejorando. A mediados del siglo VI el emperador Justiniano quiso aprovechar la coyuntura favorable para reconstruir el antiguo Imperio Romano. No pudo. Estalló una gran epidemia de peste, esta vez sí que fue peste, causada por la bacteria Yersinia pestis. Su impacto demográfico fue muy grande: entre el año 541 y el 750, la población mundial perdió entre 25 y 50 % de sus efectivos. Y nuestros antepasados europeos volvieron a actuar como siempre obteniendo el resultado de siempre: un nuevo período de pobreza e incultura muchísimo más duro y largo que el anterior. Duró unos 400 años.

En Europa la recuperación fue lenta. Empezó a partir del año 1000 con mejoras en la agricultura, renacer del comercio y de la artesanía acompañadas por un crecimiento demográfico que estimulaba la economía. Surgieron las ciudades y en ellas la riqueza propició la aparición de escuelas y universidades, protagonistas del renacer científico y cultural. En este último aspecto sus mejores exponentes fueron los estilos Románico y Gótico.

Pero en 1348, traída por barcos mercantes, la Peste Negra entró en Europa. Se difundió rápidamente por las rutas comerciales terrestres y llegó a todos los países. Se cebó en las ciudades donde el hacinamiento humano favorecía su difusión. En ellas la mortalidad fue altísima, de más del 50 % y en algunas hasta el 75 %. En los pequeños núcleos rurales, alejados de las vías de comunicación y con escasa población, apenas hubo contagios.

La crisis económica subsiguiente a estas pérdidas demográficas se intentó solucionar por la vía tradicional: robar a los vecinos. Las guerras fueron constantes. En España tenemos la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, la Guerra de los dos Pedros, que causó graves daños personales y materiales en ambos reinos. Benidorm, que no había sufrido la epidemia, sí que sufrió por este conflicto y es muy probable que perdiera una parte de su población; al menos eso parece deducirse de las recaudaciones fiscales. Fuera de España no se comportaron mucho mejor: entre las muchas guerras destaca la de los Cien Años, que en realidad duró 116. Podría seguir con el catálogo de estupideces humanas porque los rebrotes de la peste en el siglo XVII provocaron más de lo mismo: muchas guerras, entre ellas la sangrienta de los Treinta años. La humanidad no había aprendido las lecciones del pasado.

¿Qué pasará hoy día? Superaremos la pandemia, eso es totalmente seguro. Cada día conocemos mejor al SARS-CoV-2 y al final tendremos vacunas que nos inmunizarán. Que sepamos afrontar adecuadamente la crisis económica ya no lo es tanto. Tendremos un aspecto positivo respecto al pasado: no buscaremos la solución en las guerras, al menos a corto plazo. Pero en nuestro país ¿sabremos resolver los problemas económicos y sociales que ya han surgido? ¿Aprenderemos a no seguir con la confrontación y sí con la colaboración? Es mucho lo que está en juego…

Imagen: Orihuela durante la Guerra de los dos Pedros, un triste recuerdo de la crueldad y estupidez de los humanos.